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El Partido Comunista chino (PCCh) acaba de cumplir 105 años de existencia. Lo hace con un tremendo signo de interrogación sobre lo que es su principal producto, el régimen imperante en la República Popular China. ¿Cuán comunista es realmente China hoy?

La larga y zigzagueante trayectoria de aquella organización política es bien sugerente. Tras haber alcanzado el poder en 1949, hizo de su país la segunda potencia mundial. Su PIB es superado sólo por EE.UU. En octubre pasado, llevó a cabo un impactante desfile militar exhibiendo misiles balísticos intercontinentales con ojivas nucleares. Sus rovers se desplazan por la superficie de Marte y de la Luna, mientras que su estación espacial ha marcado varios hitos científicos. Sus grandes empresas dominan vastos sectores de la economía mundial; mayoritariamente los textiles y los electrodomésticos. El número de sus mayores empresas es levemente inferior al de las grandes corporaciones estadounidenses. Sus gigantes tecnológicos son líderes mundiales en rubros punta. Sus plataformas comerciales manejan el grueso del comercio electrónico mundial y sus bancos están entre los más poderosos del mundo. En fin. El listado es largo, macizo y contundente.

Sin embargo, esta China actual exhibe poco o nada de lo que imaginaron los cincuenta fundadores del PCCh en ese ya muy lejano 1921, cuando, en la clandestinidad, se reunieron en la ciudad de Shanghai, para dar vida a un órgano político inspirado en Lenin. El líder ruso había logrado pocos años antes derrocar el breve régimen post-zarista instalando una economía centralizada y la dictadura del proletariado.

Tal cual fue visualizado por Kissinger, China, a través de su turbulenta historia, estaba llamada a reconfigurar el escenario internacional. A ser un rule maker.

En materias militares y de inteligencia su apuesta se llama “Diálogo de Wanshou sobre Seguridad Global”, donde este año logró reunir a más de 30 países. Todo bajo el lema confuciano “la sabiduría busca armonía, no uniformidad”. Ese y otros encuentros de alto nivel indican un cierto esfuerzo para que su ascenso evite aquello que puso en boga el académico Graham Allison; la ya famosa “trampa de Tucídides”, rescatada por el propio Xi Jingping durante la reciente visita del Presidente Trump a Pekín. Podría ser que la China de Xi pareciera haber llegado al umbral de conocer sus límites. Allí donde ya no se puede crecer sin ver las vulnerabilidades globales, como la baja en la fecundidad y el consiguiente envejecimiento de la población mundial, imprevistos climáticos y otros de naturaleza transfronteriza.

A estas alturas no es un misterio que su veloz carrera para alcanzar a EE.UU. como primera superpotencia y su empecinamiento por ser líderes en inteligencia artificial, tecnología 6D, ciencias básicas, seguridad energética y otras áreas está generando suspicacias y no pocos problemas; hacia afuera y hacia adentro. 

Por eso, la efeméride muestra un país mucho más fracturado de lo previsto por los fundadores del PCCh hace 105 años. China es el segundo país con más millonarios del mundo (superan los 6 millones, según numerosos estudios); justo detrás de EE.UU. Los sectores más acomodados envían a sus hijos a colegios privados, se atienden en clínicas privadas y viven en sectores segregados del resto.

Se convirtió en una sociedad de consumo, algo enteramente opuesto a lo que querían los fundadores del PCCh y -se supone- aspira todo prócer del comunismo. 

La clave de este enorme salto fueron las reformas de Deng Xiaoping, el líder que en muy pocos años desmontó la maquinaria estatista pasiva de Mao y desató una de las revoluciones privatizadoras más grandes de las que se tenga registro.

En lo político, Deng dejó en los libros de historia las demenciales ideas de Mao, como “El Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural Proletaria”. El primero provocó la muerte de al menos 40 millones de personas en apenas cuatro años. El segundo significó cárcel y “campos de reeducación” para otra cantidad monstruosa de personas.

Mao había manejado el país siguiendo sus famosos adagios. Dos fueron los que generaron las mayores pulsiones políticas de aquellos años: “seamos todos pobres” y “fuera la cultura burguesa”. El resultado, una pobreza y marginalidad a niveles que aún hoy se miran con suspicacias por sus dimensiones colosales. Sin embargo, mirado en retrospectiva, lo peor de aquellos años fue el haber sembrado en su gente una mentalidad y actitud estáticas ante el devenir.

Con Deng, en cambio, la élite china supo resolver “su gran problema”, parafraseando al físico teórico David Deutsch. Terminó con la colectivización y la centralización de la economía.

Sin embargo, pese a estos avances inéditos (y en tan pocos años), el abandono de las ideas maoístas no convirtieron al PCCh en un partido en el sentido occidental. A poco andar dejaron en claro que su sistema político no se volvería pluralista. Seguiría en el hermetismo profundo. Ese silencio les lleva, por ejemplo, a no hablar de segregación, aunque no es un misterio que la élite se concentra en la etnia Han.

La estructura del partido sí cambió. Sociológicamente. Ya no sólo sus dirigentes, sino el partido entero, se ha gerontocrizado. Casi el 29% tiene más de 60 años y sólo el 13% tiene menos de 30 años.

En sus 105 años, el PCCh ha servido como laboratorio a escala mundial. Construyó un modelo capitalista distinto, donde el Estado es un agente económico activo. No sólo como productor, subvencionador e inversionista; también como vigilante de los espacios privados. Una vigilancia que, en la versión del Presidente Xi, será el gran motor hacia ese sueño de ser la gran superpotencia mundial. Como se puede apreciar, pese a sus particularidades, la historia del PCCh representa una larga marcha (siguiendo los adagios de Mao) para viajar del capitalismo… al capitalismo.

La idea, inevitablemente, ejercerá embrujos en otros partidos comunistas. El capitalismo ha triunfado y el modelo chino sugiere adaptarse. 

Esta metamorfosis muestra algo bastante peculiar. Una tecnocracia articulada con el partido, que navega por aguas paralelas. Una especie de technopols, pero dentro del partido, adaptando el concepto del estadounidense Jorge Domínguez. 

Esa es la gran lección extraída de la URSS de Brezhnev, de la Cuba de Castro, de la Rumania de Ceauscescu y similares, donde los gobiernos terminaron licuados por el partido a niveles que hacían indivisibles las funciones. Una confusión de roles que se mostró sumamente nociva.

En suma, son 105 años de metamorfosis, que han dado con un modelo que representa un enorme desafío para las democracias liberales.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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1 Comment

  1. Un modelo extraño que no tiene 105 años, así como hoy no más de 35…..muy joven, habría que ver si implosa con la URSS……..

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