Con treinta y nueve grados, el sol termina de achicharrar los techos de zinc de las casas que resistieron el fuego. El trabajo está hecho: columnas de humo surgen desde la tierra quemada; en las raíces de los árboles se anidan cenizas vivas, y las pavesas, contenidas por bomberos y pobladores, esperan el viento para volar. Somos testigos del escenario más parecido al infierno en la tierra. Cada verano, arden miles de hectáreas entre la quinta y décima región. Hay imputados, recriminaciones cruzadas y tragedias, mientras muchos de sus habitantes se preguntan cuándo será su turno. En lo que antes era verde y amarillo, y hoy es negro y desgraciado, demonios se alimentan del sufrimiento humano. Nada de esto es casual: en Chile se crearon las condiciones para que el fuego se repita.
La vida en el campo, incluso antes de los incendios, siempre ha sido difícil. Se recorren largas distancias y se planifica la vida con mala conectividad, pésimos caminos y servicios escasos. En algunos sectores el acceso solo es posible con vehículos de tracción cuádruple. Son las posibilidades (y elecciones) de muchos habitantes que, desde hace décadas, han custodiado estos parajes. Aunque la modernización los ha coimeado con nuevos bienes, estas personas se han resignado a perder su identidad. Pero cuando el fuego llega, esa antigua fragilidad se vuelve extrema: si ya era complejo obtener educación formal, salud y alimentos, los incendios han endurecido la lucha por preservar sus opciones de vida.
Ofrecer alternativas a esta realidad es difícil. El territorio quemado es diverso y desigual: el campo de Ránquil no es la parcela de Puerto Varas. No obstante, hay una verdad común que incomoda y que debe asumirse para pensar ambos escenarios: el centro y el sur se van a seguir quemando en los próximos años. La sequía continuará, los pastizales brotarán y los pirómanos y los asesinos seguirán haciendo de las suyas. Ese círculo vicioso no es espontáneo, pues es incentivado por condiciones estructurales que transformaron la tierra en un colchón inflamable. Bosques de pino y eucaliptus que cubren casas y familias, planes de prevención deficientes, pocos cortafuegos y precariedad, mucha precariedad, componen un escenario idóneo para el desastre.
Porque cuando el progreso choca con lo que resiste a adaptarse a él, aparecen consecuencias imprevistas. Y los incendios forestales, pese a quien le pese, son una de ellas. La proliferación descontrolada de pinos y eucaliptus permitió que los bosques de madera industrial consiguieran magnitudes temerarias. Durante años, tanta pasividad fue, hasta cierto punto, comprensible. Las plantas de celulosa operan como entes de doble filo. Por un lado, generan empleo, crecimiento y contribuyen al PIB; por otro, constituyen poderosas fuerzas de destrucción y contaminación. La realidad, entonces, es incómoda, pero clara: el progreso genera constantes colisiones de bienes y obliga, tarde o temprano, a elegir. En este mundo no existen las decisiones sin costos, aunque durante décadas se haya preferido ignorarlos. Así fuimos generando los elementos para el desastre.
Muchas de estas situaciones no tienen remedio en el corto tiempo, pero admitir lo mal que se está es un primer paso. Aceptar la enfermedad es el inicio de cualquier tratamiento. En 2023 se quemó un pueblo en el sur; este año, se quemó el del lado. El próximo arderá el de enfrente y, después, el de atrás. Solo en 2026 van más de 43.000 hectáreas calcinadas. Cuando las condiciones sistémicas superan las posibilidades de la acción humana, prevenir un problema de esta magnitud es imposible. Y cuando las condiciones para la generación de incendios forestales son tan favorables, la tierra queda puesta y dispuesta para arder junto a todo lo que alberga. ¿Valió la pena entregar una parte importante de la zona centro y sur para la plantación masiva de pinos? ¿Es viable imponer una suerte de Estado de excepción preventivo cada verano en las zonas críticas? ¿Cómo se castiga a quienes queman? Los expertos deben responder estas preguntas. Nosotros, en cambio, lo único que podemos hacer es dar testimonio. Ahora que nos transformamos en una miserable filial del infierno, ¿estamos condenados?

Entiendo que hay soluciones más lógicas y directas enfrentando la realidad. Adquirir capacidad de combate nocturno al fuego mediante aviones y helicópteros, desmalezar cada año y hacer corta fuegos, uso intensivo de drones y cámaras de vigilancia, red de protección, durisimas sanciones a piromanos, quemas controladas en invierno, entre muchas otras……….
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De acuerdo con el columnista concluyo que mejor nos quedamos encerrados en nuestras casas (o cavernas) porque existe el riesgo de desastre si salimos de esa seguridad. Por otro lado, si se revisan las condiciones de riesgo permanentemente podemos tomar las precauciones y acciones necesarias para salir y enfrentar las situaciones con una razonable seguridad de volver airosos de la aventura. En relación a los incendios está claramente documentado que, en todas las oportunidades, alguien ha fallado en la aplicación de las medidas de prevención. En Valvaraíso y ahora en la Región del Bío Bío ha quedado en evidencia la negligencia del estado.
💯 de acuerdo con los comentarios de Carlos Souper y de Rodolfo Pereira.