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2019 fue el año del estallido social. Casi nada más se recordará de ese año imborrable en la biografía de los chilenos. 2020 fue el de la pandemia, la primera vivida en el país en casi un siglo. 2021, a su vez, fue el de la instalación de la Convención Constitucional -y cuando ese organismo dio las primeras señales de un quehacer inquietante. También, cómo olvidarlo, tuvo lugar la elección de Gabriel Boric como Presidente de la Nación, el gobernante más joven de nuestra historia y el primero de la llamada nueva izquierda. 2022, por su parte, se recordará por el resonante rechazo del electorado a la propuesta emanada de la Convención. 2023, menos pródigo en hitos inolvidables, quedó marcado por el segundo rechazo consecutivo a un texto constitucional, esta vez propuesto por un Consejo ampliamente dominado por una novel agrupación en el mapa político, el Partido Republicano.
¿Qué irá a distinguir al año en curso de los que lo precedieron? ¿Algún acontecimiento en 2024 le reservará un lugar indeleble en la historia como a los anteriores? No lo sabemos aún. Pero en lo que concierne a la historia política del país es seguro que ésta registrará un hito trascendente: fue el momento en el que por primera vez desde la recuperación de la democracia en 1990 la derecha electoral alcanzó mayoría en el Parlamento. En efecto, en marzo recién pasado dos integrantes del Senado, el senador Matías Walker y la senadora Ximena Rincón, contribuyeron con sus votos -que otrora se sumaban a los del progresismo- a elegir una mesa encabezada por un senador de Renovación Nacional, cuando el turno le correspondía al oficialismo, con arreglo a un acuerdo político que siempre había sido respetado por las fuerzas políticas hasta ahora.
Los efectos de esta inédita escora hacia la derecha se dejarán sentir por largo tiempo. El quiebre del acuerdo en el Senado se debe entender como el resultado de una nueva correlación de fuerzas en el país, que podría consolidarse en la elección parlamentaria en noviembre del próximo año, si acaso la actual oposición sumara escaños adicionales a los que ya dispone con la agregación de los demócratas Walker y Rincón a sus filas. Eso por el lado del Senado, que ya es un factor suficiente para dejar al gobierno sin posibilidad alguna de aprobar reformas que no pasen por el exigente trance de la negociación política en la trastienda parlamentaria. Esto es, en la “cocina” donde los protagonistas son negociadores experimentados que el oficialismo, sobre todo la nueva izquierda, despreció durante tanto tiempo.
Por el lado de la Cámara Baja no es improbable que allí también la elección del próximo año favorezca a la derecha, dejando atrás el actual empate que, en todo caso, exige ahora mismo importantes esfuerzos al gobierno para sacar adelante sus iniciativas legislativas. Adicionalmente, con la elección de la mesa de la Cámara en los próximos días podría repetirse el reajuste de piezas que ya se ha verificado en el Senado.
El cuadro que se está configurando no podría ser más adverso para la izquierda. Es el elevadísimo precio que está pagando por haberse comprometido a fondo con la aventura refundacional de la Convención Constitucional, por su indecisión existencial para enfrentar la delincuencia y el terrorismo -cada vez más asociados al narcotráfico-, y su inexplicable desapego con la modernización capitalista que ha puesto a la economía en ralentí. Es “la mayor derrota política desde el golpe militar de 1973 para la izquierda chilena” (así lo afirma el borrador de un manifiesto del Socialismo Democrático conocido esta semana), cuya superación demandará un tiempo largo, un trabajo político de envergadura y un recambio de liderazgos.
Lo cierto es que si en la elección presidencial del próximo año resultara elegido un gobierno de derecha, como todo indica que va a ocurrir, se podría configurar una alineación política que los chilenos no han experimentado ni de cerca desde la recuperación de la democracia: un gobierno y un Parlamento de derecha. Sería entonces la derechización de un país donde hace apenas unos pocos años atrás la izquierda sintió que la victoria era definitivamente suya, o eso parecía, y que había triunfado en la decisiva batalla de las ideas, hasta que “le tocó liderar un proceso de cambio soñado, una oportunidad que se presenta muy rara vez en la historia de los pueblos, y la izquierda se lo farreó” (Alfredo Joignant). Al punto que a un año y siete meses de la próxima elección presidencial todavía no dispone de un candidato competitivo para pasar a segunda vuelta, ni de una propuesta política consistente y electoralmente atractiva para devolver a Chile al progreso perdido en estos años.

Excelente