Antes de iniciarse la reciente Asamblea General de Naciones Unidas, el Secretario General António Guterres dramatizó de manera implacable, en una entrevista, su opinión acerca del estado actual del sistema internacional: “El mundo ha cambiado. Nuestras instituciones, no. No podemos abordar eficazmente los problemas tal y como son si las instituciones no reflejan el mundo tal y como es. En lugar de resolver los problemas, corren el riesgo de convertirse en parte del problema”, afirmó el máximo representante del mayor organismo multilateral, para luego agregar que en su cargo no tenía poder, el cual radica en los países miembros y que él “sólo tiene voz” para advertir de los problemas y la usaría con la mayor frecuencia posible.
Al inaugurar la Asamblea afirmó que la Organización y el mundo enfrentan “grave peligro”, dado por su incapacidad de resolver los problemas de pobreza, guerra y medio ambiente que configuran la agenda de la ONU. Explicitó la situación del calentamiento global y, aludiendo al verano (del norte) más caliente del que se tenga memoria, dijo que “el mundo está en llamas” y convocó a los principales líderes mundiales a unirse para enfrentar los graves problemas pendientes, manifestando su esperanza de que ello pueda ocurrir incluso a partir de la actual sesión.
En realidad, no ayudó mucho a ese parcial optimismo la ausencia de muchos líderes. Xi Jinping nunca asiste y Putin no quiere arriesgar que se intente ejecutar órdenes de detención en su contra, lo cual nunca ha ocurrido en ocasiones como esta y sería muy improbable. Pero este año los líderes de Gran Bretaña y Francia decidieron omitirse, dejando a Joe Biden como el único participante de los cinco miembros del Consejo de Seguridad. Esto había ocurrido antes; de hecho, hasta unos veinte años atrás muy pocos jefes de Estado estaban presentes siempre con la excepción en la Asamblea; pero hasta hace muy poco, la asistencia fue mucho más profusa y las ausencias actuales aumentan la sensación de que nadie quiere asumir demasiados compromisos.
En todo caso, las ausencias no son lo principal, salvo como señal de la falta de voluntad de llegar a acuerdos para resolver los problemas. Un solo ejemplo basta: cuando se completó el plazo para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en 2010, se verificaban avances en una parte importante de ellos, aunque por cierto no estaban completamente cumplidos. Tan es así, que se decidió de inmediato perseverar en esta política e iniciar la discusión de una nueva fase. La discusión fue extensa, animada y, sobre todo, dirigida desde Naciones Unidas. Nadie argumentó entonces acerca del rol de la Organización en esto; al contrario, el debate sustantivo se centró en la necesidad de completar lo ya actuado, para incorporar en ello, de manera preeminente, del Desarrollo Sostenible. El debate duró cinco años y al suscribirse los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, ellos fueron suscritos, de manera entusiasta por una gran mayoría de los países miembros.
Ahora, cumplidos ya más de siete años del plazo fijado para los ODS, la Asamblea se apresta a discutir de manera urgente alguna forma de readecuación que, en las palabras de un alto funcionario, permita ocultar la realidad de que el incumplimiento ha sido masivo. A partir de los datos disponibles, el más reciente Informe de los ODS 2023 presenta un panorama desalentador de los ODS; y en el Foro Político de Alto Nivel sobre el Desarrollo Sostenible (del 10 al 19 de julio), en el que los países deberían presentar las medidas concretas que adoptarían para cumplirlos en los tres años restantes, ello no pasó de ser un evento formal. De allí que en su llamado de hace unos días, el secretario Guterres exhortara a salvar y reactivar los ODS.
Algo similar ocurre en otros campos. Aunque la próxima Conferencia de Naciones Unidas Sobre el Cambio Climático, COP 28, se realizará en Abu Dabi, el país anfitrión y el mundo árabe en general se han comprometido muy decididamente a su éxito, queda por ver hasta qué punto ese compromiso puede expresarse en decisiones mandatorias y proyectos concretos, que vuelquen el desánimo en gran parte del mundo en desarrollo.
En realidad, es preciso reconocer que el problema es mucho más complejo de lo que parece y detrás de él hay causas de fondo. Por cierto, una de ellas fue la que mencionó el secretario Guterres en la cita de nuestro primer párrafo. Cuando el mundo ha cambiado de manera tan radical en las últimas décadas y la Organización de Naciones Unidas no experimenta ningún cambio, los países se distancian de ella. Hace mucho tiempo, por ejemplo, que los países en desarrollo abogan por alguna ampliación del Consejo de Seguridad para incluir algunas naciones, como la India o Brasil. El veto de los miembros del Consejo de Seguridad impide actuar en crisis tan graves como la de Ucrania, a pesar de la condena muy mayoritaria de la invasión rusa en la Asamblea General. Si los países miembros no actúan sobre ciertos temas cruciales que todos reconocen como graves y urgentes, ello aumenta el desapego.
Pero atribuirlo solamente a la falta de cambios parece insuficiente, dado que algunos de los problemas ya existían desde hace mucho tiempo y la inacción de las potencias ante las demandas de cambios ya es endémica. Las dificultades del sistema internacional se asocian también a la atmósfera de fragmentación que afecta a un mundo en clara transición más allá del anterior sistema bipolar y también contrario a los intentos de generar un nuevo unilateralismo.
La paradoja es que fue el país dominante del sistema hace algunas décadas uno de los primeros en poner en cuestión algunos rasgos del sistema internacional. Por cierto, como lo dijimos en una entrega anterior la ONU pasó a abarcar una serie de temas de agenda, que incluían asuntos tan cruciales como el cambio climático, la pobreza o el desarrollo sostenible y, por iniciativa de Estados Unidos y otras potencias occidentales, completar la construcción del sistema económico global con la creación de la Organización Mundial de Comercio. Es también cierto que se buscó fortalecer el arco de derechos que atendía el sistema de Naciones Unidas con el cambio de una Comisión de Derechos Humanos por un Consejo mucho más representativo y la creación posterior de ONU Mujeres.
Pero no fueron esas creaciones las que indicaron un nuevo camino de fragmentación. Lo que realmente debilitó el sistema mundial, fue la proliferación de otras entidades, especialmente en el plano económico, pero también político, como el G7, el G7 más Rusia, el G20 y varias otras reuniones a las cuales todos querían ser invitados, pero muy pocos accedían. Ya era difícil aceptar, en tiempos de la Guerra Fría, que existieran países de primera y de segunda. Eso fue lo que motivó la aparición de entidades como el Grupo de los 77 o el Grupo de Países no Alineados.
A ello se ha unido, en tiempos más recientes, la tendencia a excluir de los organismos internacionales a países que no se atienen a determinados principios. El sistema interamericano, por ejemplo, incluía como miembros a 34 estados soberanos de América Latina y había levantado las sanciones a Cuba, habilitando la posibilidad de su retorno. En la Cumbre de las Américas de Panamá en 2005 estuvieron juntos por primera vez en medio siglo los 35 estados de América. Lamentablemente, hechos posteriores han reducido esa membresía a sólo 32 estados. Nicaragua y Venezuela se han retirado de la OEA, Cuba no volvió y en la última Cumbre de Los Ángeles, no estuvieron presentes diez Estados de América.
Si el Sistema Internacional se ha de fortalecer, debe basarse en organismos globales y regionales en los cuales ningún Estado pueda ser excluido, más allá de que sus políticas sean o no reprobables. Los órganos de las Naciones Unidas y los organismos regionales deben incluir a todos y deben ser dotados de facultades adecuadas a las difíciles tareas que deben cumplir. Es ese universalismo que ha sido el sello de Naciones Unidas lo que puede dar, en un futuro no tan cercano, eficacia y gobernanza al Sistema Mundial.
