Donde se mire todo parece moverse en forma sorpresiva: los mercados, las costumbres, los procesos políticos, los cambios tecnológicos y los descubrimientos científicos. Según el horóscopo chino hemos entrado en el año del conejo, animal astuto, movedizo y simpático, que por siglos ha sido presa predilecta de los cazadores y, por tanto, desconfiado y furtivo; pero que se encandila y paraliza con facilidad, volviéndose especialmente vulnerable.
Como símbolo es la antítesis de la quietud y de lo previsible. Así está nuestro mundo. ¿Quién se atreve a hacer predicciones fuera de los adivinos y los chamanes? Un factor cualquiera puede cambiar por completo el escenario. Por ejemplo: ¿alguien sabe a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias del rebrote del Covid en China? ¿O cuál será la evolución de la guerra en Ucrania o el cariz de la competencia entre EE.UU. y China? ¿Qué rumbo tomará la globalización luego del resurgimiento del nacionalismo y la lógica de la geopolítica? Y entre nosotros, ¿se puede prever la suerte del proceso constituyente o de las principales reformas planteadas por este Gobierno? Ni qué decir de la configuración del sistema de partidos en ebullición.
Si observamos el panorama político de América Latina, casi todos los países se ven sacudidos por fuertes convulsiones sociales, profundamente divididos y polarizados. Los sistemas políticos hasta ahora resisten, pero ha quedado al descubierto la fragilidad de sus instituciones. Abundan nuevos líderes de conductas imprevisibles y afirmaciones sorprendentes, con poca preocupación por la suerte de la democracia, o bien habiendo logrado instaurar regímenes dictatoriales manipulando elecciones y recurriendo a la represión. Basta pensar en Ortega y su mujer en Nicaragua. Hay otros a mitad de camino como Bukele en El Salvador o quienes no lo lograron en su primer intento como Trump o Bolsonaro.
En muchos de nuestros vecinos hay abiertos conflictos entre los poderes del Estado: entre el Ejecutivo y el Congreso o el Poder Judicial. La corrupción avanza como una mancha de aceite, el crimen organizado se enseñorea de partes del territorio o bien condiciona a las autoridades -poco importa su orientación política- y se difunde la delincuencia en las grandes ciudades. En algunos casos se puede hablar de un “Estado fallido”: Haití es un buen ejemplo. ¿Cómo imaginar el rumbo que tendrán los acontecimientos políticos en el Perú o la confrontación regional en curso en Bolivia?
Las migraciones masivas ya no se dirigen sólo hacia el norte del continente. También apuntan al sur. De Venezuela, que fuera un país próspero gracias al petróleo, han salido más de seis millones de personas. Lo vemos en la vida cotidiana: en todos los servicios nos topamos con venezolanos. Se han sumado a cubanos, haitianos, colombianos y peruanos. Nuestras fronteras son porosas, difíciles de resguardar. Además, hay faenas agrícolas que requieren de mano de obra extranjera en forma estacional. No resulta sencillo establecer una política migratoria adecuada respetuosa de la seguridad del país y de los derechos de los migrantes.
Los pronósticos económicos para este año no son halagüeños para ningún país, justo cuando la población mundial ha alcanzado los 8 mil millones de seres humanos y los efectos del cambio climático están a la vista. La reacción ante la inflación a nivel mundial es fuerte, constante y simultánea, luego del mayor gasto fiscal para paliar los efectos de la pandemia y el impacto en los precios de combustibles y alimentos de la guerra de Ucrania.
En esas condiciones particularmente inasibles le toca gobernar a una nueva generación de líderes de izquierda encabezada por el Presidente Boric. Si alguna vez pensaron que disponían de los instrumentos conceptuales capaces de resolver los problemas del país, este período de ejercicio del poder les ha demostrado que la característica de nuestra época en plena transición hacia la era digital, es la complejidad de los procesos en curso. Ya no se puede romper el nudo Gordiano a golpes ideológicos, como hiciera en forma más simple Alejandro Magno con su espada. Tampoco hay tiempo para intentar desenredar la madeja.
Bobbio en sus memorias grafica esta situación con tres alegorías: la del pájaro que vive en una jaula y termina por acostumbrarse a sus rejas; el pez que aletea inútilmente en la red buscando volver al agua o el hombre o mujer que vive en un laberinto sin un hilo de Ariadna que le permita encontrar fácilmente la salida. En esa encrucijada estamos.
Por lo mismo debemos ser cuidadosos con los pasos que damos como país para no poner en riesgo los logros alcanzados y, particularmente, la estabilidad de la democracia. Rafael Gumucio hizo una semblanza del Presidente Boric donde puso a su haber la valoración del tiempo presente con sus inexcusables desafíos, sin revivir las disputas del pasado ni escapar en las ensoñaciones del futuro. Observación perspicaz y oportuna cuando iniciamos el aniversario de los 50 años del golpe militar. Su atracción por la lectura es garantía de libertad de espíritu, aunque no un antídoto para evitar errores.
Pasado 2023 viene el año del dragón, símbolo de fortaleza, tenacidad, independencia de juicio y entusiasmo. Tal vez en este año que iniciamos se despejen algunas incógnitas, se encamine la solución de ciertos problemas y podamos entonces mirar el futuro con mayor confianza. Es lo que auguro a todos los lectores de esta columna.
*José Antonio Viera-Gallo es abogado y ex ministro.
