Jaime Guzmán Errázuriz nació el 28 de junio de 1946, es decir, estaría cumpliendo 80 años. Fue asesinado el 1 de abril de 1991, cuando la democracia chilena estaba despertando y floreciendo a pesar de las dificultades, y en circunstancias que el propio Guzmán era un actor relevante del sistema político chileno de aquellos años.

Sin duda fue un hombre precoz. Escribía en forma emotiva y comprometida a los 15 años, como recuerda Rosario Guzmán en Mi hermano Jaime, libro cercano y valioso. Tenía 27 años en 1973 y ya había desarrollado un importante pensamiento destinado a perdurar, como ha explicado José Manuel Castro en Jaime Guzmán. Ideas y política. Fundó el Movimiento Gremial a sus 22 años, cuando presidía el Centro de Alumnos de Derecho de la UC. No había cumplido 30 años cuando pasó a ser constituyente en los primeros días del gobierno de las Fuerzas Armadas. A los 37 años fundó la UDI, a los 43 fue elegido senador y fue asesinado apenas dos años después. Más importante que la edad y tan importante como lo que logró fue la perdurabilidad en el tiempo de muchas de sus creaciones.

Como suele ocurrir, las grandes figuras políticas tienen admiradores y detractores, y por lo mismo la visión sobre ellos se mueve de una manera que muchas veces no permite ponderarlos adecuadamente, pues los juicios aparecen nublados en medio de la crítica acerva y caricaturizada de sus adversarios, o bien por la adulación y exageraciones de sus partidarios. En ambos casos la comprensión se aleja de la realidad, siempre distante de los demonios y de las estatuas. El caso de Guzmán es paradigmático, no porque carezca de las virtudes que se le atribuyen, que son muchas, ni tampoco porque no haya cometido errores, que los tuvo, sino porque la perspectiva histórica se confunde con la política, y porque hablar del Guzmán histórico, al menos de alguna manera, significa hacer política hoy.

Si miramos a los orígenes, Jaime Guzmán fue un católico que decidió servir en política –esto era parte de su herencia familiar– con todo lo que ello implicaba. Su pasión por Chile se combinaba con otras cosas vinculadas: el amor a la Iglesia, la dedicación a la formación de jóvenes, la lealtad hacia las instituciones sociales y políticas que fundó. En términos partidistas, tuvo experiencias diversas: el decimonónico Partido Conservador en su juventud, la Unión Demócrata Independiente como su gran proyecto en 1983 y Renovación Nacional, como un intervalo que no siempre fue fácil de explicar. Después de su experiencia en RN, volvió a la UDI, partido donde encontró la muerte, e incluso decidió pasar por su sede en calle Suecia, después de haber sufrido el atentado ese 1 de abril de 1991.

No es fácil resumir en pocas líneas cuál era la esencia del pensamiento y acción política de Jaime Guzmán, aunque se puede intentar revisar algunos aspectos teóricos con otros de carácter práctico. Hombre de convicciones, sus detractores –y a veces sus partidarios– lo consideraban intransigente, fruto de sus ideas de fondo y de su poderosa inteligencia. Todo esto siempre conduce a la pregunta sobre la naturaleza de Jaime Guzmán como figura pública. ¿Era un intelectual o un político? Es una de las preguntas que siempre ha estado presente en las discusiones. Me parece que la respuesta es clara: Guzmán fue un político, un hombre de acción, presente en la lucha por el poder desde sus tiempos de estudiante universitario hasta sus últimos días en el Senado de la República. Sin embargo, no era un político cualquiera, sino un político que tenía una reflexión amplia: sobre la actividad política, las ideas que era preciso tener en el ámbito público, las bases doctrinarias del gremialismo o de la UDI, los principios que debían informar una Constitución y el carácter de las personas que efectivamente se comprometían en la vida social.

Al respecto, algunas ideas de Guzmán están presentes tempranamente: la autonomía de los cuerpos intermedios de la sociedad y la subsidiariedad ocupan un lugar privilegiado desde la fundación del Movimiento Gremial. En sus artículos juveniles aparece una clara convicción sobre la propiedad privada y el carácter trascendente de la persona, así como la importancia del bien común y las funciones del Estado. No obstante, una adecuada comprensión jerárquica del pensamiento guzmaniano requiere recordar una de sus reflexiones con ocasión de la celebración de los veinte años del MG de la Universidad Católica, que aparece en un discurso pronunciado en 1987, cuando destacaba que no bastaban las ideas, sino que era preciso también contar con una adecuada “escala de valores morales”: “Es la convicción –hecha testimonio- de que la vida tiene un signo trascendente, derivado de la dignidad espiritual del hombre. Es el asumir la vida como un ideal genuinamente cristiano, frente al cual no podrían seducirnos ni el apego a las riquezas, ni la frivolidad de los placeres, ni la vanidad de los honores, ni ninguno de los antivalores que el mundo opone al evangelio de Cristo, sin que sintiésemos claudicar en la razón de ser de nuestras existencias. He ahí lo único que realmente explica nuestra perdurabilidad en el tiempo”. Sin duda, un claro reflejo de que las ideas son importantes, pero no más que las personas y su potencial de acción.

En otra ocasión hemos explicado en estas páginas de El Líbero lo que se podría llamar “la muerte espiritual del ideario guzmaniano”, en buena medida derivado de la pérdida de algunos ejes centrales de su pensamiento, pero también de su comprensión sobre aspectos esenciales que no están simplemente en el plano de las ideas, sino especialmente en el ámbito del carácter de las personas que efectivamente se dedican a las tareas políticas. También es claro que, en el plano de un proyecto político, el ideario guzmaniano estuvo presente en la UDI y que en ese partido muchos lo siguen suscribiendo después de 35 años de su muerte, aunque otros lo hayan abandonado en las palabras o los hechos. Otros afirman que el pensamiento de Guzmán estaría mejor representando en el Partido Republicano, en parte porque ahí también hay muchas personas que han sido formadas en esas ideas y las sostienen hasta el presente. De hecho, la formación de la colectividad es fruto del trabajo de muchos que conocieron “a Jaime” en sus etapas juveniles y que pensaron después que era necesaria una nueva expresión política. Quizá por eso muchos se preguntaban a mediados del año pasado: ¿dónde estaría Jaime Guzmán hoy? ¿Estaría por Kast o por Matthei? Aunque la pregunta es absurda en el orden práctico, pues no podemos saber dónde estaría Guzmán, por quién votaría, ni siquiera si la UDI hubiera seguido el curso que siguió o si hubieran surgido los republicanos.

Lo que sí sabemos es que, de haber tenido ambos la posibilidad de triunfo en 2025, Kast y Matthei, la victoria podría haber sido para el gremialista no UDI o para la UDI no gremialista. En los dos casos se habría mostrado la vigencia de lo que, en su momento, se denominó “la larga huella de Guzmán”. Finalmente, triunfó Kast y ello permitió que el 11 de marzo de 2026 llegara a La Moneda el primer gremialista en la historia nacional, casi sesenta años después del nacimiento del Movimiento de Guzmán, en un contexto reformista en la Universidad Católica y revolucionario en Chile. ¿Qué significado tiene todo esto en la actualidad? Mucho, pero sin duda requeriría más reflexión y una visión más amplia, que deberíamos revisar en otra oportunidad.

Sería un error suponer que todo viene de Guzmán, o que ha ocurrido gracias “a Jaime”. Sobre todo, considerando que hoy como ayer, en Chile existe una derecha plural, muy diversa y con orígenes que se remontan al gremialismo, al nacionalismo, al liberalismo, al conservantismo e incluso a otras variantes de pensamiento político y de tradiciones diversas como los nacionales y los socialcristianos, e incluso los radicales. Todos ellos, al menos de alguna forma, están marcados por las llamadas ideas de la libertad, pero también por el siempre presente anticomunismo; la derecha cuenta con votos en la sociedad, aunque no siempre está presente en las organizaciones sociales o en el mundo popular; tiene liderazgos importantes, se une en la adversidad, pero vive en medio de divisiones y contradicciones propias de los tiempos ambivalentes que ha vivido Chile.

En todo ese escenario, llama la atención la renovada vigencia de Jaime Guzmán. Quizá en parte esto se debe a que murió siendo un proyecto político, en un momento en que se encontraba en plena actividad, tanto intelectual como política. Después de todo, tenía apenas 45 años: era senador, profesor universitario, escribía con habitualidad, asistía diariamente a Misa, militaba en la UDI, formaba a jóvenes que podrían seguir su camino político, luchaba por la mantención de ciertas bases institucionales, llegaba a acuerdos y manifestaba claramente su visión contradictoria con muchas ideas y proyectos de la naciente democracia chilena. Jaime Guzmán cumpliría 80 años este 28 de junio de 2026: una buena razón para repensar su figura y la política nacional.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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2 Comments

  1. Faltó mencionar la influencia fiduciana TFP, la corporativista del Cura Lira y la nacionalista del Patria y Libertad.

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