Credit: Ben Skála, CC BY-SA 2.5 , via Wikimedia Commons

Hace pocos días se cumplieron trece años de la partida definitiva de este mundo de Václav Havel, el famoso disidente checo, que, pese a su extraordinario rol en la revolución de terciopelo, sigue siendo más admirado fuera de su patria que dentro de ella. Los años de oposición al régimen comunista lo transformaron, sin dudas, en una figura atractiva, pero las numerosas biografías dibujan un cuadro más terrenal, con los claroscuros de todo ser humano.

La trayectoria política de Havel resulta algo más comprensible si se la divide entre tres períodos, el de la disidencia, la presidencia y la post-presidencia.

Esta última habla por sí sola del balance general que algunos siguen discutiendo con no poca pasión. Aunque anunció que, tras dejar la presidencia, se dedicaría a un activismo fuerte en favor de los DD.HH. en Belarús, Birmania y Cuba (incluso habló de escribir un libro de memorias post-presidenciales), sólo se limitó a unas cuantas actividades aisladas. Algunas conferencias, premios y reconocimientos en el extranjero, pero ante todo jardinear en su villa en Střešovice (en las afueras de Praga) y degustar su vino favorito, el de Porto, en una casa veraniega en Olhos da Agua, comprada en el Algarve portugués.

Fueron el grave deterioro de su salud y las dinámicas internas desatadas en su país tras los cambios que él mismo propició (a lo que podrían añadirse las no pocas críticas a asuntos personales, como eso de haberse casado con Dagmar Veškrnová, una actriz 17 años más joven, a pocos meses de enviudar), los que le impidieron llevar a cabo sus planes.

Y aunque el aeropuerto principal de Praga recibió su nombre en 2012, en homenaje a su incansable labor en favor de cambios políticos, el legado de Havel tomó un curso que muy probablemente nunca quiso. Se ha institucionalizado, quedando desprovisto del aura cuasi mesiánica que alcanzó en los momentos de la disidencia y la presidencia.

Sus ideas políticas, por ejemplo, nunca fueron recogidas por un partido. Ni siquiera perviven en grandes debates académicos, salvo aisladamente. Tampoco se le tiene como un referente para los momentos de crisis, que no han sido pocos, tras su salida del gobierno. Las agrupaciones que formó no sobrevivieron a los cambios posteriores. Sencillamente parece que Havel fue un hombre adecuado para circunstancias muy específicas. Casi fortuitas. Un político más bien errante.

Sobre este punto, destaca una gran singularidad. Y es que, así como en la URSS brotaron dos disidentes notorios -un científico nuclear, como Andrei Sajarov y un novelista de dimensiones universales, como Alexander Solzhenitsyn-, en Polonia apareció un obrero electricista, profundamente apegado a la iglesia católica (Lech Walesa), y en la RDA nunca emergió un líder capaz de aglutinar la atmósfera contestataria, en la República Checa ese rol lo ocupó un dramaturgo. Algo muy excepcional y singular.

Jamás podrá saberse cuál fue la finalidad de Havel al crear una plataforma para encauzar el descontento en un movimiento anti-sistema. La llamó, como se sabe, Carta 77. Nunca se supo si fue para generar hechos políticos acotados que debilitasen al régimen de manera paulatina o para complotar y derrocarlo, o bien lo concibió como un simple lugar de encuentro para debates existenciales tras fracasar el llamado socialismo con rostro humano. También pudo haber sido una espontánea reacción ante la detención de una famosa banda underground de aquellos años, The Plastic People of the Universe (formada un mes después de la invasión soviética, agosto, 1968), cuyos integrantes eran amigos de él. En la actualidad, se ha puesto de moda decir que fue un manifiesto para “salvar el alma” de un país ocupado. A la luz de lo ocurrido, pareciera ser que fue un poco de todo.

Havel y la Carta 77 hablan mucho de las características del país, lo que sugiere dos dudas: ¿divisó Havel que un grupo de tales características podía acabar con el régimen?, y ¿cómo puede explicarse que una revolución tan original no haya desembocado en un partido havliano?

Una conjetura imaginable -siguiendo a Carlyle y la centralidad de los individuos excepcionales en la historia- es que, más que las ideas, es el origen social, la intrepidez de los dirigentes políticos y una dosis brindada por el azar, lo verdaderamente crucial.

Por eso, cualquier intento por examinar en perspectiva carlyliana a Havel pasa por constatar que nunca fue un gran dramaturgo. Fue un político con trazos de cierto misterio. Disfrutaba del poder, pero nunca se sintió cómodo en sus laberintos. Le gustaban sus vicisitudes, pero nunca demostró maestría en su manejo. Tal vez por eso, nunca despuntó un liderazgo.

Su excepcionalidad radicó, sin lugar a dudas, en haber sido un disidente de tomo y lomo. Durante aquel período exhibió una habilidad única para captar la situación general del país y la naturaleza del totalitarismo checoslovaco, diferenciándolo de los de sus vecinos.

Sus biógrafos, especialmente Karel Hvížďala, sostienen que supo desde muy joven que se convertiría en un disidente; que esa sería su “profesión”. En un sentido carlyliano puede añadirse que estaba condenado a aquello por su pasado. Especialmente, por su origen familiar con una larga tradición propietaria, cuyos bienes fueron confiscados por el régimen comunista. Su padre fue el arquitecto de varios edificios icónicos de Praga, su tío fundó el centro cinematográfico de Barrandov y así sucesivamente. No es casualidad que su formación básica y media la haya realizado en un colegio reservado a la élite en la ciudad de Poděbrady, clausurado justamente por esa causa en 1950.

Es síntesis, Havel tuvo la plena convicción que el régimen se derrumbaría, pero no hay indicios de que haya tenido en mente más cosas que aquello. Ni siquiera llegó a intuir cómo sería la sociedad posterior. Nunca captó (aunque como dicen sus biógrafos más benevolentes, como M. Žantovský, quizás no le interesó captar) asuntos que indudablemente afectaban su imagen política. Uno de los más evidentes fue el citado caso de su matrimonio con la actriz Dagmar Veškrnová, pues ella fue una de las firmantes de la llamada AntiCarta, promovida por el régimen como respuesta a la Carta 77. Además, porque su primera esposa, Olga, fue muy popular y un verdadero bastión de la lucha contra el totalitarismo. Su muerte por cáncer en 1996, ocasionó largas filas de ciudadanos deseosos de darle un adiós postrero.

En términos generales, puede decirse que le gustaban las libertades, pero se mostraba dubitativo frente a las tendencias dinámicas del capitalismo. Se refugiaba en cuestiones generales, como el cuidado del medio ambiente y que el sistema de partidos no se pervirtiese a niveles intolerables para la ciudadanía. No es poco. Pero, claramente, insuficiente para plasmar proyectos políticos concretos.

Fue un europeísta y atlantista convencido, mas un disidente eterno. No logró divisar, por ejemplo, la llamada batalla cultural, o los problemas de jurisdiccionalidad, que se abalanzarían sobre el continente sólo una década después de su muerte. Trece años más tarde, su legado atracó en el plano institucional.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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