En Democracia Viva, el vivo era Andrade
No había pasado antes que un partido nuevo consiguiera comprometer su prestigio tan velozmente, apenas llegado a ocupar puestos de poder y casi con el tiempo mínimo para que unos pocos derivaran recursos públicos en beneficio propio.
El impacto no se puede subestimar. Antes que se investigara nada ya había caído un seremi, un presidente de fundación, una diputada de la testera de la Cámara y una subsecretaria. La presunción de culpabilidad ha llegado a ser abrumadora.
En todo este entramado de irregularidades, sobresale el rol articulador jugado por el presidente de Democracia Viva, Daniel Andrade. Nos encontramos aquí con un virtuoso en su especialidad. No se encuentra todos los días a alguien que, apenas descubierto, sale diciendo que autoriza “total acceso” a sus cuentas y solicita “tener calidad de imputado”. No es un amateur, sino un especialista con muchas horas de entrenamiento y terso cutis de moai.
Las señales públicas fueron tan mal manejadas en los primeros días que ahora la investigación sobre los hechos pareciera ir con retraso. Hasta ahora lo que tenemos es una irregularidad focalizada que, en vez de controlarse en su inicio, se amplificó por las torpezas en las vocería del presidente de Revolución Democrática, entre otros.
Una reacción tan desordenada se explica como una forma de conservar la imagen original de probidad, aplicando sanciones drásticas y rápidas a los infractores.
El aislamiento del foco de contagio político no resulta del todo posible. La alerta de esta irregularidad la conoció la exsubsecretaria Tatiana Rojas a principios de junio y el gobierno se enteró casi al terminar el mes, junto al resto de la ciudadanía.
La Moneda no es responsable de las irregularidades cometidas, tampoco lo es el gobierno porque nunca se instruyó la realización de actos reñidos con la probidad. Pero se es políticamente responsable de denominar en puestos de poder a quienes sí cometieron ilícitos o fueron incapaces de enfrentarlos a tiempo.
Una golondrina no es problema, una parvada sí
Lo que puede resultar más dañino para el gobierno es la presentación constante de denuncias por goteo, procurando dar la impresión de que el tema ya no es la inexperiencia, sino directamente la falta de probidad congénita.
La derecha no anda detrás del esclarecimiento de un hecho puntual. Busca establecer una secuencia de irregularidades y un patrón de conducta reconocible.
El objetivo inmediato de gobierno es el de convencer y convencerse de que no está perdiendo el control de sus personas de confianza. De eso nadie se recupera.
A lo que hay que dedicarse es a lo mismo que está haciendo la oposición en este momento: ubicar los lugares donde la falta de previsión hace posible el mal uso de recursos públicos. Dar por supuesto que adicionalmente nada malo está ocurriendo es un mero deseo que debe pasar a certeza verificada.
Los partidos oficialistas cometen un importante error con la sobreabundancia de intervenciones públicas. En los malos momentos más valen pocas y contundentes declaraciones gubernamentales, que una gran cantidad de palabras exculpatorias que sólo logran atraer la atención sobre sucesivos intentos de dar explicaciones.
Alguien tiene que hacerse cargo de encausar primero e ir resolviendo después esta difícil situación. Nadie más indicado que Carlos Montes, ministro de la Vivienda. Montes ha partido bien ocuparse de la situación anómala presentada en el ministerio y dando señales de que lo está haciendo. Ambas cosas son imprescindibles.
La entrega de la información del caso al fiscal regional en Antofagasta y la reunión con las fundaciones que trabajan con el ministerio permite mostrar que la situación ha vuelto a estar bajo control y que circunstancias similares ya no se van a repetir.
Lo que, por supuesto, va a cambiar es el modelo de transferencia directa el que, tal como está diseñado, se presta para el mal uso que hemos visto.
Este es un mal brote y se puede actuar estableciendo controles exigentes y sancionando drásticamente a quienes estén involucrados. No nos encontramos ante un Estado que esté sin posibilidad de defenderse y que deba ser intervenido, tal como lo afirman algunos en la derecha más radical.
Tampoco es aceptable que cambiemos objetivos nacionales en procura de mayor equidad por una especie de salvataje de un Estado degradado y derrochador, sin herramientas como para erradicar malas prácticas.
Llevamos casi dos décadas perfeccionando la transparencia y fortaleciendo la probidad en la administración pública. Como país no hemos estado perdiendo el tiempo. Lo que tenemos que hacer es activar todas las herramientas administrativas disponibles y establecer una conducción central que prevenga mucho para que no tengamos mucho de que lamentarnos.
Distinguir entre probo por convicción o por falta de oportunidad
Aprendamos las lecciones. Hay que distinguir entre el que es honesto porque siempre ha actuado con corrección, del que parece probo porque aún no encuentra la oportunidad de corromperse o de que lo corrompan.
“Sin experiencia” no es lo mismo que “sin malas costumbres”. Por eso no se puede llevar a los puestos de responsabilidad alguien sin tenerla certeza de qué tipo de persona es. Hay quien tiene las manos limpias simplemente porque no ha tenido dónde ponen las manos. Es honrado por frustración.
Hay que saber seleccionar antes de promover. Quien, al fin, tiene la oportunidad de corromperse es responsable de sus actos; el que se sorprende por cómo se comporta quien acaba de nominar en un cargo es responsable de haberlo nombrado. Por eso los efectos no son fáciles de aislar. En Revolución Democrática no sacan nada por darse por ofendidos si no se hacen cargo de los que hasta ayer promovían.
No existe generaciones honestas, existen muchas personas honestas en cada generación. El error de Giorgio Jackson no solo consiste en atribuir a él y a sus cercanos un estándar ético superior al resto, antes de ser sometidos a ninguna prueba exigente. Lo peor que existe es entregar patente de honradez por el mero hecho de adscribirse a un grupo. Como la honradez es supuesta por la pertenencia a un partido, los controles se relajan y las faltas se cometen. Este modo de proceder es tan infantil en su concepción como peligroso en sus consecuencias.
Pero no hay motivo para pasar de la ingenuidad al cinismo. Golda Meir, decía siendo Primera Ministra de Israel que, cuando era joven, “creía que un socialista era siempre una persona de bien, incapaz de decir mentiras. Pero ahora creo que un socialista es un ser humano como los demás, capaz de mentir como los demás, y de comportarse en forma poco honesta como los demás”. A sus 75 años sacaba, sin embargo, una conclusión sabia: “Esto es triste, desde luego, pero eso no basta para perder la confianza en el hombre”.
