Presidente Boric

Hace poco más de un mes, durante la más reciente versión de Enade, la presidenta de Icare, Karen Thal, le recordó al Presidente Boric las palabras que ella misma le dirigiera durante la versión anterior de ese encuentro. Le dijo “si ese año hubiera sido una serie de televisión, podría haber tenido un final feliz o un mal final”. Voluntaria o involuntariamente la señora Thal mencionaba, así, la soga en la casa del ahorcado, porque los días que corrían entonces para el Presidente, y siguen corriendo ahora, estaban y están marcados por un inconfundible halo de finales, adioses y despedidas.

El final, la despedida, siempre ha sido algo más complejo que el llegar o el comenzar. Ya decía un personaje de Milan Kundera en la novela que tituló, justamente, La Despedida, aunque refiriéndose a una mujer: seducirla “…eso sabe hacerlo hasta el más tonto. Pero saber abandonarla es algo que sólo puede hacer un hombre maduro”. Y si dejar a una mujer, al decir del personaje, es algo que sólo sabe hacer un hombre maduro, más madurez debe requerir dejar el poder. Y es posible que no sea nunca un final feliz. La que casi todos califican como la mejor novela policial del mexicano Paco Ignacio Taibo II se titula precisamente No habrá final feliz; y tan poco feliz es ese final, que al terminar la novela su personaje central yace muerto bajo la lluvia, un final que desde luego no es de desear a nadie.

Creo que el Presidente Boric está dándole un final, si no feliz, por lo menos inteligente -para sus intereses y los de su coalición- a su gobierno. Sobre todo, si se considera que se está despidiendo a la mitad del mandato, lo que es mucho decir. Pero queda claro por el contenido y el tono de la Cuenta Pública presentada hace una semana, que ya comprendió que la oposición no le va a dar espacio a la aprobación de sus reformas estelares -el pacto fiscal y el sistema de pensiones- a menos que acepte ceder en todo lo que esa oposición está pidiendo y, sin esas reformas en el horizonte no le queda más que seguir administrando lo que hay.

Muestra de la actitud de la oposición son las palabras de Evelyn Matthei, que sigue liderando todas las encuestas de preferencias presidenciales al frente de la centroderecha, quien señaló recientemente en una entrevista concedida al diario La Tercera, refiriéndose a la reforma de pensiones: “La gente ya entiende que las cotizaciones son de ellos y que tienen que ir a su cuenta. Y que entiende que esos son sus ahorros y que ellos tienen derecho a ver quién se los administra… Si esas condiciones se cumplen y se puede llegar a un buen acuerdo, bueno, obviamente… Pero si es llegar a cualquier acuerdo, rompiendo la línea roja de cualquiera de esos dos temas sencillamente por llegar a un acuerdo, por no tener un conflicto en el futuro, no, no estoy de acuerdo.” Y Marcela Cubillos, con una franqueza casi brutal y con la ventaja que le da hablar en nombre de la derecha sin pertenecer a ningunos de sus partidos, lo dijo hace dos semanas en una columna en El Mercurio: “El gobierno quiere enredar a la oposición en la búsqueda de consensos en canchas previamente definidas por él. Los acuerdos son imposibles cuando entre gobierno y oposición existe discrepancia sustantiva respecto del modelo de desarrollo.… A la izquierda refundacional que hoy nos gobierna hay que ganarle y reemplazarla, no hay espacio para consensos cuando se discrepa en lo esencial.”

Dicho de otra manera, acuerdos sólo si el Presidente acepta las posiciones de sus opositores lo que no entra ni en los cálculos ni en las intenciones de Gabriel Boric.

De este modo el gobierno se despide de toda intención de llegar a acuerdos con sus opositores -con la excepción probable del área de seguridad pública en donde seguramente sí habrá acuerdos y nuevas leyes e instituciones- pero no abandona la liza política. Muy por el contrario, la presentación de Gabriel Boric la pasada semana dejó en claro por lo menos dos cosas: la primera es que desea que su estatura política sea evaluada por su capacidad de gestión del orden existente, sin ninguna pretensión refundacional; la segunda, que esa capacidad de gestión es la de un izquierdista y que la diferencia entre izquierda y derecha no se define en el campo de las estructuras económica o política sino en el ámbito de los valores.

Le dijo a la oposición algo así como “yo puedo gestionar lo que hay, tanto o mejor que tú, pero lo hago desde mi universo de valores y ese universo incluye el aborto libre (“legal” lo llamó él), la eutanasia, la valoración del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado y, coyunturalmente, el alineamiento internacional en contra de la guerra que sostiene Israel en contra de Hamas en Gaza”. Con ello se despidió como Presidente, pero se inauguró como líder de su coalición, exponiendo la que va a ser, con toda seguridad, la línea argumental, el relato con que el actual oficialismo va a enfrentar todas las próximas elecciones.

Una narrativa que, diligentemente, ya comenzó a utilizar el Partido Comunista en su defensa oficial de Daniel Jadue -oficial porque tal parece que no es unánime entre sus militantes- acusado de delitos con tan poco appeal político como el cohecho o la deslealtad empresarial. El PC, naturalmente, alega persecución: Jadue sería un perseguido político, pero -y he aquí la diferencia esencial con anteriores alegatos del mismo género- no es perseguido por su ideología, esto es por ser comunista, sino por sus “realizaciones” como alcalde.

Naturalmente no todos quienes lo apoyan van a estar felices con el rumbo asumido por el Presidente. Algunos desdichados que avizoran en la próxima maratón electoral el triste y solitario final de sus partidos (y la de ellos como parlamentarios), parecen dispuestos a arrastrar en su caída al sistema entero. Es el caso de los diputados del Partido por la Democracia que hicieron el obsceno anuncio de que si no había reforma del sistema de pensiones impulsarían un sexto retiro de fondos de las AFP. Una amenaza que probablemente va a encontrar eco en otros parlamentarios desesperados, dispuestos como ellos a firmar ese pacto suicida.

Tampoco debe esperarse que el Presidente anuncie su aceptación de la imposibilidad de llegar a acuerdos con la oposición con la misma falta de recato que yo puedo permitirme desde esta columna. Así, ya ha anunciado que insistirá en la presentación de su proyecto en el futuro próximo. Una presentación que seguramente se saldará con el rechazo y la consecuente exposición del hecho como un argumento electoral más.

¿Habrá final feliz? O, dicho en buen chileno, ¿le resultará a Gabriel Boric su “movida”?  Eso, como en toda novela, se sabrá sólo en el último capítulo, ese que tendrá lugar a lo largo de todas las elecciones que se aproximan.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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1 Comment

  1. Ummm, un no capaz de graduarse como abogado encumbrado a un gran estratega……por favor…..no da

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