No está demás detenerse a observar cómo se instala un nuevo gobierno en una democracia como la chilena. Por una parte, la ubicación de los nuevos ministros en sus áreas, definición de prioridades, primeras declaraciones y entrevistas. Por otra parte, los parlamentarios peleando y negociando sus puestos, presidencias, lugar en comisiones, etc. El Presidente de la República marcando agenda con sus viajes y entrevistas. Y finalmente, los partidos definiendo sus líneas rojas, la ubicación de sus militantes y espacios de presión. Todo esto, definiendo dos campos: el de gobierno y el de oposición. A muchos lo que más inquieta del futuro de Chile hoy es cuán dura será la oposición y cuánto operará por medio de huelgas y movilizaciones en la calle.

¿Qué implica este entendimiento de la política como un juego de quién gana entre gobierno y oposición? ¿No observan ustedes un cierto posicionamiento como los de ejércitos en las guerras napoleónicas?

Para la gran mayoría de la población la política es una lucha o batalla entre personas llamadas políticos de gobierno y oposición. A muchos (como es mi caso) no le gusta esta forma de entenderla y por eso tratan de tomar distancia de los partidos y de los políticos (me interesa más el tema de gobernar bien y cómo). Esa interpretación de la política viene en parte de la definición del estratega militar prusiano Von Clausewitz que escribió hacia 1832 que: “La política es la continuación de la guerra por otros medios” (o “la guerra es la continuación de la política por otros medios”). Es una máxima fundamental en el pensamiento occidental que estamos viendo aplicarse estos días en Ucrania e Irán.  También ha sido adoptada y aplicada especialmente por líderes marxistas, como fue especialmente el caso de Lenin.

¿Será esta la única o principal forma de entender y practicar la política?

Creo que no. Y conozco al menos dos personas en nuestro país que piensan lo mismo. Una es Enrique Correa, el ex ministro de Aylwin y operador político clave en la transición a la democracia de Chile. En alguna parte le leí decir que en una democracia es fundamental no entender la política como Von Clausewitz. Por el contrario, señaló, la guerra es la ausencia de política; el fracaso de la conversación, de la diplomacia, de la negociación, de la política misma. Es valioso recordar a Correa en esto para revalorar la fuente principal del éxito de la transición chilena al pasar, sin violencia, de un régimen autoritario de patriotas y enemigos o “los buenos contra los malos” a uno democrático con representantes igualmente legítimos, aunque tengan posiciones opuestas. En un régimen democrático los grupos o coaliciones opuestas tienen cada uno personas que pueden ser consideradas “buenas” o “malas”, y pueden convivir en el mismo Estado y territorio, aunque hagan cosas malas.

La otra persona que ha entendido la política de una manera muy distinta a la habitual es nuestro sabio Humberto Maturana. Planteó derechamente que el acto de llamar de “oposición” a los dirigentes (especialmente parlamentarios) que no están en el gobierno contribuye fuertemente a darle un carácter bélico a la política, en circunstancias que gobiernan juntos Ejecutivo y oposición. Ambos hacen las leyes que nos gobiernan. Y como él fue quien nos enseñó que “el lenguaje crea realidades”, usar esa palabra genérica de “oposición” y “opositor” nos genera un estado de ánimo general de estar en contra, de que el otro está fundamentalmente equivocado y que, en última instancia, es un enemigo del que hay que defenderse o atacar, al cual hay que derrotar y si fuera posible eliminar. Contribuye además a ver al otro como intrínsecamente equivocado siempre y en lo más básico, y no circunstancialmente y en determinado dominio. Esto es lo que transforma la política en una guerra permanente con múltiples batallas.

Este entendimiento de la política tiene otro efecto muy dañino: pone la mirada o el acento en lo que separa o divide a quienes están interesados, quieren o deben contribuir en asuntos públicos, en vez de ponerlo en lo que tienen en común, o lo que los une. Más todavía, genera esa mirada como predominante en personas que en una democracia han sido elegidas para dirigir el país, especialmente en el caso de los parlamentarios. Esto se podría cambiar, y recientemente vimos un ejemplo de cómo hacerlo, lamentablemente no destacado lo suficiente. Me refiero a la superación del impasse entre Boric y Kast durante la transición, cuando este último se retiró de La Moneda. El hecho de que cada uno recapacitara y aceptaran reunirse posteriormente surgió, según las declaraciones de ambos, del deseo de no enturbiar el acto republicano de la Transmisión del mando en el Congreso. ¿Qué revela eso? Que había un bien superior del país que era común a ambos, y lo pusieron por encima de sus diferencias.

Una propuesta que hizo Maturana para cambiar esto de gobierno-oposición fue radical o revolucionaria: propuso reemplazar las palabras “oposición” por “colaboración” y de opositores por “colaboradores”. Esto lo señaló incluso en una famosa entrevista que dio en televisión a pocas semanas del estallido de octubre del 19, menos de dos años antes de morir (ver mi columna El Líbero 25-12-19 y transcripción en mi Blog). Seguramente eso sólo no basta, pero ciertamente ayudaría.

Necesitamos encontrar o inventar una mejor palabra para reemplazar la de opositor y oposición. El diccionario plantea sinónimos que no calzan. Raro sería que un reportaje en un diario hablara de diputados “de gobierno” y diputados “colaboradores”. O partidos de gobierno y colaboradores. Consulté a la IA y no me ayudó mucho. Pero no abandonemos el esfuerzo; sigamos buscando. Sugiero hablar de diputados “rivales”, o “no gubernamentales” (apoyándose en lo conocida que se ha hecho la palabra ONG), o “fiscalizadores”. Estas última es la palabra que me parece mejor porque hace referencia a una responsabilidad que la propia Constitución establece para los parlamentarios, que es fiscalizar el actuar de quienes están temporalmente en el gobierno. Y podríamos hablar de partidos políticos de “gobierno” y de “fiscalización”, porque esa sería la labor principal que les corresponde al salir del Poder Ejecutivo.

Todo lo anterior puede parecer abstracto, teórico o ingenuo. Tal vez. Pero puede no estar de más mirar más profundamente cómo entendemos y construimos inconscientemente el modo de convivencia social y política en que habitamos.

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