“No busquemos la respuesta republicana o la respuesta demócrata, sino la respuesta correcta. No tratemos de arreglar la culpa del pasado. Aceptemos nuestra propia responsabilidad para el futuro” (John F. Kennedy)
Concluido ya el proceso de instalación de la Convención Constitucional, comienza el trabajo de elaboración propiamente tal de las normas constitucionales. Para ello, empiezan a visualizarse las primeras definiciones estratégicas de los diversos grupos de convencionales, incluyendo aquellos elegidos bajo el pacto Vamos Por Chile. Sus integrantes han resuelto conformar tres nuevos colectivos: Chile Libre, Unidos por Chile y Un Chile Unido (con genialidad creativa incluida). Aunque su formación estaría motivada para optimizar las intervenciones en el Pleno de la Convención, algunas diferencias al interior del pacto podrían explicar en parte esta decisión. Aún así, esta tendencia asociativa recién empieza.
Para no ser menos, he lanzado -de manera impulsiva y espontánea- en las redes sociales un nuevo colectivo para enfrentar el proceso constituyente: el “Frente Nacional por el Presidencialismo y Bicameralismo”, bajo la sigla FNPB. Sus banderas de lucha -pacífica por cierto- son la defensa del régimen presidencial y del sistema bicameral, como aquellos más idóneos para nuestra nueva Constitución. No sólo hay razones históricas, de idiosincrasia y de tradicional constitucional para apoyar su mantención en el futuro texto constitucional, sino que ambas obedecen a elementos propios y básicos de una república democrática, con una clara separación de poderes.
La idea de reemplazar el actual régimen presidencial, para transitar a uno semipresidencial o parlamentario, no es reciente. Esta propuesta, que emana evidentemente del mundo político, descansa en un diagnóstico errado: las amplias facultades del Ejecutivo frente a las exiguas atribuciones del Legislativo serían parte de las causas de la actual crisis política. Muchos olvidan que durante toda nuestra historia republicana, recurrir al régimen presidencial -y no a otro- ha sido la respuesta y solución política frente a cada crisis institucional que ha sufrido el país. La duración del mandato y si conlleva o no una reelección inmediata, son parte de los aspectos que hay que abordar. Luego de ver cómo ha sido la actuación del Congreso en el último año, bajo un parlamentarismo de facto desatado, sería una irresponsabilidad hacer experimentos.
Por otra parte, la idea de encaminarse a un sistema unicameral para organizar el trabajo legislativo obedece más bien a una reacción natural ante una creciente deslegitimad y desconfianza cuidadana en el Congreso (8%, CEP). Si lo que se desea es mejorar la función legislativa, parece justificado mantener el actual sistema bicameral (Cámara de Diputados y Senado), pero con menos parlamentarios y elegidos bajo un sistema electoral mayoritario, que asegure la llegada de los mejores parlamentarios al Congreso. No necesitamos más parlamentarios con representación del 1%. Además, es necesario revisarles -léase reducirles- los sueldos y privilegios.
Hoy más que nunca necesitamos restablecer la importancia del presidencialismo y bicameralismo y alejarnos de cualquier otro modelo que no se ajuste a nuestra tradición constitucional. Nuestro país no está para experimentos irresponsables, menos en épocas de crisis como la actual. Desde ya quedan advertidos aquellos fanáticos de gobiernos autoritarios y monárquicos y de sistemas semipresidenciales y parlamentarios (de facto incluidos), que no serán admitidos al FNPB. Y de no reconocerse ambos sistemas en la futura política Constitución, el FNPB movilizará sus bases a través de las “grandes alamedas” y se declarará en estado de “asamblea permanente”.
