Las impactantes imágenes de Ceuta, el enclave español en el norte de África con decenas de miles de personas tratando de alcanzar un pedazo de su territorio (es decir, llegar a tierra cristiana, occidental y capitalista) son excepcionalmente sugerentes por un cúmulo de razones. Sin embargo, destacan dos.
Por un lado, por la naturaleza de lo ocurrido.
En efecto. Las estampidas migratorias, es decir, aquellas de tipo masivo y caótico, forman parte de los asuntos internacionales desde siempre, aunque van in crescendo. Suelen traccionar graves situaciones humanitarias y provocar colapsos de puestos fronterizos. Hay innumerables ejemplos de aquello en momentos de conflictos armados. Menos durante situaciones de paz. Ceuta es eso. La última guerra en aquel territorio ocurrió a fines del siglo 18.
En las últimas décadas, las estampidas migratorias inducidas, y llevadas a cabo en tiempos de paz, han pasado ser un componente de los enfrentamientos entre los Estados. Son parte de lo que se conoce como “guerras híbridas”. En los últimos años han ocurrido entre Bielorrusia y la Unión Europea, entre Turquía y Grecia, etc. Ejemplos a raudales.
En ninguno se divisan pulsiones voluntarias o conductas espontáneas. No hay nada inocente ni anodino en este asunto. Finkielkraut rechaza a quienes ven en estos movimientos una larga marcha hacia la “creolización” del mundo. Es simplemente un instrumento político.
En perspectiva histórica, uno de los hitos fue la llamada “marcha verde”.
Ocurrió en 1975 y numerosos indicios apuntan a Marruecos como inductor. Especialmente porque en sus inicios, el rey de entonces pensó en bautizarla como “marcha blanca”, para que fuese asociada a cuestiones pacíficas; pero primó la pulsión identitaria. Fue verde, para que no hubiese duda sobre su inspiración religiosa.
Llena de simbolismo, estuvo destinada a hacer valer las aspiraciones marroquíes sobre el Sáhara occidental en momentos en que el gobierno español de la época se disponía abandonarlo. Estaba de moda la llamada descolonización.
Se estima que más de 300 mil personas, incluyendo mujeres y niños (con cierto apoyo militar) avanzaron aquel año sobre el territorio, tomándolo de facto. La realidad propia de la Guerra Fría de entonces, llevó a España a negociar con el monarca marroquí, tanto el repliegue español como el de los manifestantes. Pese a lo confuso de aquellos arreglos, sí quedó claro que la movilización masiva de civiles desarmados, generando caos, ya era un elemento consustancial a los asuntos internacionales.
Luego, lo visto en Ceuta es sugerente por otro asunto. Por los recuerdos que despierta en nuestra región.
Ocurre que un verdadero maestro en la utilización de este instrumento fue Fidel Castro, el líder revolucionario que hace pocos días volvió a aparecer de manera profusa en los medios. El 13 de agosto habría cumplido 100 años de edad.
Inspirado en los efectos de la “marcha verde”, pero también en ejemplos cubanos, propició varias estampidas migratorias destinadas a sembrar el caos y la sorpresa en EE.UU. La más impactante fue la de Mariel entre abril y octubre de 1980. Salieron miles y miles de cubanos. La mayoría en condiciones de extrema precariedad.
La verdad es que desde la toma del gobierno por parte de Fidel Castro en 1959, el país ya había sufrido varias salidas masivas de sus habitantes. Las primeras de forma relativamente “voluntaria”; o sea, se trató de personas que, para salvar sus vidas, arrancaron. Tenían justificado miedo a lo que se avecinaba. El paredón ya era la herramienta jacobina favorita de la revolución.
Ello motivó a empresarios, profesionales y clases altas y medias cubanas a abandonar la isla de forma presurosa entre 1959 y 1962. Se calcula que cerca de 300 mil personas se fueron en ese entonces. Luego vino la salida de Camarioca, un momento en que miles de familiares de esos emigrados iniciales aprovecharon un breve instante, para salir de Cuba de forma accidentada y acelerada. No se sabía el motivo que había originado tal circunstancia ni menos su duración.
Estos dos episodios, más la tremenda capacidad que tuvo Castro para discurrir formas ingeniosas de trasladar sus problemas a otros, lo llevó a poner en práctica una salida inimaginable a una de las grandes crisis que tuvo la revolución, como fue la toma de la embajada peruana en La Habana.
Transcurría 1980. Ese año, el país vivía uno de esos intermitentes dramas económicos; había un desabastecimiento muy fuerte de productos básicos. Probablemente porque la URSS se estaba concentrando en su guerra con Afganistán y eso tenía prioridad.
Más de diez mil cubanos ocuparon la casona ubicada en la Quinta Avenida del sector de Miramar en la capital cubana.
Los hechos se desencadenaron los primeros días de abril de aquel año, cuando un grupo de jóvenes había secuestrado un bus lanzándolo contra la guardia cubana del edificio y pidieron asilo. Un sorprendido Castro pidió a los peruanos que entregasen a los jóvenes. Ante la negativa de la embajada, alentó la toma, pero sus previsiones se vieron desbordadas. Miles y miles irrumpieron en la sede diplomática y desataron una situación fuera de todo control. En cosa de días, el país se vio en envuelto en una inédita crisis internacional.
La pesadilla, la resolvió con ingenio.
Decidió abrir la antigua caleta pesquera de Mariel, a unos 40 kilómetros de la capital, para que -quien quisiera- abandonase la isla. De paso, abrió las cárceles y manicomios. A los gritos de “pimpón fuera, abajo la gusanera”, Castro escenificó una estampida migratoria caótica y masiva.
Su objetivo fue atacar de manera “híbrida” a la administración de Jimmy Carter. A la élite castrista le importó un rábano la actitud benevolente hacia esa revolución que tuvo el mandatario demócrata. ¿Qué pensarán hoy en día Raúl Castro y demás sobrevivientes de aquel episodio?
Nunca se ha sabido con exactitud cuántos cubanos aprovecharon la ocasión para huir, pero se calcula que una cifra cercana a los 150 mil. Aproximadamente 1,5% de la población total del país. Desde entonces, la élite castrista (y sus admiradores fuera del país), califica a esos migrantes de “escoria”.
Ceuta es una voz de alerta. El mecanismo de coerción migratoria podría tornarse algo más habitual que lo observado hasta ahora.

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