desarrollados

Chile está cumpliendo una década con un ingreso per cápita prácticamente estancado. Tampoco hay signos de esto mejorará en los próximos tres años. La necesidad de recuperar el crecimiento ni figuraba en el programa del actual gobierno Boric o FA-PC. Así lo reconoció hace poco el propio Ministro de Hacienda.

Como consecuencia de lo anterior no hay recursos fiscales para los nuevos programas sociales prometidos para mejorar la distribución del ingreso. Por eso, además, el Presidente en su Cuenta Pública y el Ministro insisten en la necesidad de una cuarta reforma tributaria en poco más de 12 años. Pero es difícil su aprobación en el Congreso, y menos ante la magnitud de la corrupción estatal alcanzada por el actual gobierno, recién descubierta.

En materia económica, el acento hoy debería ponerse en volver a crecer, como lo han planteado la mayoría de los parlamentarios, dirigentes políticos, gremios y expertos. También fue uno de los mayores énfasis del discurso y entrevista con que el ex Presidente Piñera reapareció en la escena pública nacional la semana pasada. “Hay que recuperar el sueño de volver a ser un país desarrollado”, declaró (El Mercurio,p.D4, 18-6-3). Agregó: “Perdimos el rumbo, el ritmo, la voluntad, las fuerzas, las ganas de ser un país desarrollado”. Y lo remató diciendo: “Cuando se frena el crecimiento se produce mucha frustración. Mucha gente piensa que una de las causas del 18 de octubre fue que Chile dejó de crecer”. ¿Será este un diagnóstico correcto? ¿Será uno de los anhelos principales de los chilenos? ¿Debería ser una de las prioridades a futuro? Pero por sobre todo: ¿Qué entenderemos por “ser desarrollados”? ¿Es una meta a alcanzar a cualquier costo?, y ¿cómo alcanzar ese sueño?

Personalmente estimo que este sueño sí fue muy importante especialmente para los economistas y otros expertos que tanta influencia tuvieron en los gobiernos  anteriores a Boric. Pero considero también que tuvimos muy poca consciencia de qué entendían ellos, otras autoridades y la mayoría de los chilenos por “ser desarrollados” y de las consecuencias (y daños) laterales que ese “sueño” estaba teniendo. Estimo que crecer y ser más desarrollado se entendió sólo como un asunto monetario de alcanzar mayores ingresos para poder comprar más cosas.

Un entendimiento puramente económico y consumista del desarrollo, con muy poca consideración por los medios, exigencias y consecuencias laterales y no económicas de ese modo de orientar la sociedad y, a la larga, también la vida personal. Me refiero con esto, a dejar de lado muchas otras dimensiones de la vida, desde las consecuencias emocionales de llevar una vida centrada en el querer ganar siempre más dinero, pasando por temas como vivir excesivamente endeudado, con sus consecuentes angustias, así como trabajar más horas de las humanamente soportables, descuidar relaciones fundamentales con hijos, padres y amigos, hasta postergar casi totalmente el disfrutar tiempo en la naturaleza y, con mayor razón, nuestro desarrollo cultural y espiritual.

He tenido por mucho tiempo la intuición de que el malestar que terminó por estallar el 18 de octubre de 2019, tuvo que ver con un hastío personal contra un sueño inalcanzable que más parecía un espejismo o un engaño. Que alcanzar los “bienes” que prometía ese crecimiento o desarrollo perseguido hasta entonces, traía muy poco de la satisfacción o felicidad que la publicidad omnipresente de la TV y los avisos publicitarios ofrecían. En cambio, lo que sí traía y dejaba era el agobio de trabajar cada día más, de pasar más horas en el deficiente transporte público, el miedo de dejar hijas solas, la soledad y la falta de quietud y paz. Entonces, ante ese estallido del inconsciente individual y colectivo en octubre, un habilidoso grupo de dirigentes políticos, sociales y universitarios, con ideas simplistas y grandes ansias de poder plantearon dos culpables: Piñera, la derecha, la izquierda concertacionista y los empresarios y, segundo, la desigualdad de ingresos en Chile y su modelo económico neoliberal. La gran masa agobiada de chilenos en estado de shock todavía por ese sueño/pesadilla que estaba viviendo, en su desesperación aceptó inicialmente a ciegas esa explicación simplista que se le ofreció. Hasta que despertó un 4 de septiembre, 34 meses más tarde.

Regreso a la pregunta inicial: ¿Es volver a querer ser un país desarrollado, lo que la mayoría de los chilenos más necesita y anhela hoy? No creo que ese desarrollo que hemos llevado hasta ahora, me respondo. No a ese centrado en querer ganar siempre más, en la creencia que tener más cosas nos hará personalmente y como sociedad más felices. Tampoco lo seremos centrados en medidas para que ganemos todos igual o parecido; ¿con cuánta reducción de desigualdad seríamos todos más felices? 

Mi conclusión: la mayoría de los chilenos anhelamos desarrollo con paz social y personal. Que junto con, y a la par con un desarrollo económico, tengamos un desarrollo humano y espiritual. ¿Seremos capaces de abrir conversaciones sobre esto, incluyendo qué debería contener un desarrollo con esas características?

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