Para enfrentar bien el terremoto económico mundial provocado por Trump con su arbitraria y discriminatoria alza de aranceles, es indispensable entender bien cómo se construyó y funciona esta máquina compleja que es el comercio de exportaciones e importaciones entre países del mundo, así como sus relaciones con la política nacional de cada uno. Dentro de eso, lo primero es saber si lo más probable es que esto dure poco o será algo prolongado en el tiempo y que dejará secuelas.

Algunos creen que “la guerra de aranceles acabará en menos de un año”. Este es incluso el título de una Columna de opinión que publicó El Mercurio este miércoles 9 de abril, del destacado economista Felipe Morandé. Otros, entre quienes me incluyo, creemos que durará bastante más y, por lo tanto, el daño será mayor y la necesidad nuestra de tomar medidas propias para mitigarlo es más urgente. Aquí explico porqué creo eso y qué podríamos hacer.

Que la guerra de aranceles se desinflará rápido y que éstos volverán rápido a los menores niveles del pasado, se basa fundamentalmente en el argumento de que esa política es “irracional” o contraria a la teoría económica moderna. Los altos aranceles son “un gran error de política económica”, dice Morandé. Más adelante agrega: “apenas los artículos importados, como los teléfonos inteligentes, comiencen a subir un 20% o 30% de precio, el consumidor estadounidense se preguntará si vale la pena el sacrificio en pos de un objetivo tan vago de reindustrializar el país en un futuro indefinido y de largo plazo”.

Considero por mi parte que la postura de la “irracionalidad” no ve o no pondera suficientemente los factores políticos que impulsan los altos aranceles y cómo ellos influyen en mantenerlos elevados. Esto, aparte del factor personalidad patológica de Trump. Así como es cierto que los consumidores de celulares seguramente reclamarán cuando sus precios suban, también los nuevos fabricantes de componentes para teléfonos en EE.UU. celebrarán y apoyaran la protección bajo altos aranceles. Con una diferencia: los consumidores pueden ser muchos millones, pero un alza de 100 o 200 dólares en el precio de su celular no es suficiente estímulo para exigirle a su senador o representante que desafíe a Trump para eliminar los nuevos aranceles adicionales. El costo de los aranceles se reparte entre muchas personas dispersas.

En cambio, los productores de componentes que elevarán sus utilidades con los aranceles son unos pocos miles que sí se movilizarán activamente, harán lobby y financiarán campañas para mantenerlos altos.  Esta asimetría en “capacidad de presión política” es la que ha hecho históricamente, en la práctica, tan difícil bajar tarifas o liberalizar el comercio. Fue la experiencia que vivió Chile desde la crisis del salitre en la década de los 30 hasta 1975, con la estrategia de sustitución de importaciones o la Doctrina Prebisch. Es también la de los países del Mercosur hasta ahora. Y así en incontables países y épocas.

El otro antecedente histórico y concreto sobre la dificultad de bajar aranceles una vez establecidos, viene de la experiencia mundial con la Crisis de los años 30s del siglo pasado, y de la constitución del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), el organismo internacional establecido en la post guerra precisamente para reducir tarifas a nivel mundial.

Sobre el precedente de la Crisis de los 30s, fue el primer ministro de Singapur, Lawrence Wong, quien la recordó en su notable alocución a sus ciudadanos a propósito de las Tarifas de Trump (ver en X). Señaló que esa experiencia, hace casi 100 años atrás, es la última que tenemos de una gran guerra comercial de la envergadura de la actual. Y enfatizó que no podemos olvidar que fue uno de los factores que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Antes ha habido muchas guerras iniciadas por conflictos comerciales. No quiero llegar a ser tan pesimista ahora y no soy historiador. Pero llegar a conflictos militares como consecuencia de lo iniciado por Trump no es algo que pueda ser descartado completamente.

Sí he sido testigo, y además participante activo, en la última negociación para reducir aranceles que se llevó a cabo en el mundo, que fue a través de la llamada Ronda Uruguay del GATT (1986 a 1993), ¡que demoró siete años! Tuve el honor y la responsabilidad de ser el embajador representante de Chile en esas negociaciones y en el GATT, en Ginebra, entre 1991 y 1995. Viví y vi con mis propios ojos lo complejo, engorroso y difícil que es acordar reducir aranceles. ¡Cómo cada país defendía sus posiciones con dientes y muelas! Y cómo frenaban avances si no obtenían lo que se proponían. Esto era así especialmente en los casos de países más proteccionistas y de los más grandes que tienen muy altos conceptos de sí mismos y tradiciones históricas autárquicas, como suelen ser India, Brasil y otros.

Por eso el GATT mismo se pudo fundar en 1947 solamente tras un esfuerzo decidido y persistente de un país, los Estados Unidos, que había resultado ser el ganador de la guerra y era el líder indiscutido del mundo después de ella. Así y todo, sólo en los primeros 15 años se avanzó bastante en reducir aranceles entre países: se realizaron 5 rondas. Pero en los 23 años siguientes, hasta 1994, se pudieron realizar sólo tres. Y desde esa fecha, en los últimos 31 años, después de la Ronda Uruguay, no se ha podido cerrar la Ronda Doha para seguir liberando el comercio y los servicios.

Por estos motivos, no creo que esto se acabará pronto y menos todavía que se vaya a regresar fácilmente y en tiempo breve a la situación inicial de menores aranceles. Y es importante acertar bien en este diagnóstico. Si las alzas de Trump acabarán en un año, lo que conviene hacer es sólo esperar. A lo más, intentar revertir algo usando los cauces establecidos en el TLC. Eso no está mal, hagámoslo, pero no cabe hacerse ilusiones en el contexto de la arbitrariedad y prepotencia demostrada por Trump. Si esto será más largo, con incertidumbres apareciendo desde distintas fuentes (ingresos y finanzas internacionales) y desde distintos puntos del globo (China, Europa, etc.), entonces la mejor salida para Chile es elevar fuerte la productividad de sus exportaciones y la flexibilidad operativa de sus empresas.

Necesitamos invertir para mejorar nuestra infraestructura, especialmente portuaria y de transporte terrestre, reducir los plazos de las autorizaciones ambientales, capacitar mejor a nuestros trabajadores y reducir el endeudamiento público para mejorar el acceso a crédito para nuestros productores. Y para todo esto necesitamos un nuevo gobierno muy competente y profundamente convencido de la prioridad de convocar a todos los chilenos a trabajar unidos para enfrentar esta crisis. Esto no es un temblor pasajero, sino un terremoto que convoca a trabajar unidos por una reconstrucción.

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2 Comments

  1. Ernesto, tu experiencia en el tema GATT y otros relacionados, hace ver difícil retornar pronto a los aranceles de libre comercio, que es que por lejos lo que más convendría a la economía chilena.

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