Los chilenos tomaremos una decisión importante en algunos días más. Esto es, tendremos que decidir si rechazamos o aprobamos el texto constitucional escrito por la convención. Como es costumbre en el mundo político, la oferta publicitaria, para captar el voto de los indecisos es vaga y muy emocional. La pregunta es por qué. Simple: el ser humano sabe lidiar mucho mejor con las emociones que con las razones. El cerebro humano reacciona sin pensar a una imagen que produce placer -como un jubilado remando en un bote despreocupadamente- más que a una razón que nos obliga a pensar -como explicar que debe ahorrar $50.000 mensuales durante 30 años de trabajo para poder acceder a una jubilación que le permita salir de vez en cuando a remar en ese mismo bote-. Otro ejemplo son los terremotos en Chile, que, después de ocurridos, empuja a que los habitantes compren seguros y adopten medidas de protección y mitigación que con el tiempo se olvidan.
El mundo en nuestras cabezas no es una réplica precisa de la realidad; nuestras expectativas sobre la frecuencia de eventos están distorsionadas por el predominio e intensidad emocional de los mensajes a los que estamos expuestos. Por esa razón los políticos “doran la píldora” con eslóganes que evocan cosas agradables. ¿Cómo se explica usted que el Partido Comunista siga hablando de democracia, derechos humanos y progreso, cuando su historia, actual y pasada, indican que su proceder es totalmente lo contrario? Los comunistas son el terremoto que causa daño cuando llegan al poder y la estela de miseria que dejan los aleja por muchos años del gobierno, salvo en aquellos casos donde se apoderan maliciosamente de este, como es el caso de Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Es sabido que la gente se forma una opinión y toma decisiones que expresan directamente sus emociones, lo que los psicólogos denominan el “afecto heurístico”, que no es más que un atajo mental en la elección y decisión que toman. Así es, en la decisión del plebiscito, los chilenos tendremos que elegir y decidir cómo seguimos progresando materialmente sin perder ninguna de nuestras actuales libertades. La decisión no es sobre si muchos constituyentes fueron una decepción porque llegaban disfrazados o votaban en la ducha o porque los pueblos originarios estaban groseramente sobrerrepresentados. Tampoco es importante si la actual constitución fue concebida en dictadura y reformada muchas veces en democracia. Eso son pamplinas y emociones que se utilizan para vender. Lo verdaderamente relevante es lo que está escrito y si ello será capaz de acelerar mi camino hacia el progreso y a un bienestar mayor, con lo cual su decisión, ya sea que le guste o no, deberá ser “RAZONADA” porque de lo contrario corre el riesgo de caer en la típica trampa comunista, cuyas consecuencias tan bien conocemos en nuestra región.
Si usted cree que el aumento en su calidad de vida se explica mayoritariamente por su esfuerzo personal y minoritariamente por las ayudas del Estado. Si cree firmemente que a los políticos hay que restringirles el poder, no aumentarlo, y que el Estado está para servirlo a usted y no al revés. Si siente que los poderes de las instituciones deben tener contrapesos para evitar los abusos. Si cree que sus ahorros para la vejez son suyos y por ende deben ser inexpropiables y heredables. Si le gustaría mejorar la educación de sus hijos con sus aportes de ser necesario. Si a todas las preguntas anteriores su respuesta es afirmativa, entonces usted debería rechazar la propuesta de nueva constitución.
¡Piense bien! ¿Por qué el Partido Comunista está tan empeñado en que se apruebe, mientras los que rechazan son de todos los colores políticos? Los chilenos no podemos ni debemos aceptar como ciertas las propuestas de la izquierda radical y quedarnos con su farsa igualitaria adornada de buenas intenciones. El camino al éxito es largo y trabajoso, y a pesar de los atajos que los populistas del colectivismo ofrecen, la evidencia histórica señala que los países que alcanzaron el desarrollo son los que le limitaron el poder al Estado, y que fortalecieron el vínculo entre trabajo y recompensa. La propuesta constitucional, cuya aprobación o rechazo votaremos en una semana más, ofrece lo contrario, lamentablemente.
*Manuel Bengolea es estadístico de la PUC y MBA de Columbia.
