Las lluvias han vuelto a poner a Chile en modo emergencia: caminos cortados, casas destruidas, miles de familias sin luz y aluviones que han obligado a evacuar sectores completos entre Coquimbo y Los Lagos. Es la misma escena de siempre, con distintos nombres de comunas y el mismo final: agua que cae con fuerza, arrasa lo que encuentra a su paso, y después desaparece dejando destrucción y, para colmo, sequía.
Porque esa es la ironía chilena: el mismo país que declara alerta roja por aluviones en julio, declara escasez de agua en enero. No es que falte agua —cae con fuerza y en grandes cantidades— es que no la sabemos guardar. Cada litro que se pierde camino al mar durante un temporal es un litro que no vamos a tener el próximo verano, cuando más falta hace.
La provincia de Petorca es el caso más conocido: sus ríos han llegado a estar más de 90% bajo su promedio histórico, y hace años se proyectan embalses chicos en Alicahue, Pedernal, Las Palmas y Los Ángeles que hasta hoy no se construyen. No es la única zona así. En el Choapa, los embalses Corrales y El Bato llevan años funcionando casi al límite, mostrando que donde sí se construyó, la diferencia se nota. En el Limarí, La Paloma y Cogotí apenas juntan una fracción de lo que podrían en un año normal. Y en el Aconcagua, el único embalse construido en décadas —Chacrillas, en Putaendo— se transformó en motor de la agricultura local, mientras otros proyectos similares esperan hace más de 15 años.
Con embalses bien pensados en las quebradas más riesgosas, esa agua se podría frenar y soltar de a poco, bajando la fuerza con que golpea abajo, y guardarla para cuando escasea.
Ahora bien, los embalses no son la solución para todas las quebradas. En algunas, por la pendiente, el tipo de terreno o el riesgo de que se llenen de tierra y piedras muy rápido, puede ser mejor construir muros de contención u otras obras que frenen el aluvión sin intentar acumular el agua. La decisión técnica correcta depende de cada quebrada, y hay que evaluarla caso a caso, no con una receta única.
Lo que no tiene excusa es la lentitud para decidir cualquiera de las dos soluciones. La ingeniería para esto existe hace décadas. Lo que falta es voluntad política y un ambientalismo que dejó de mirar cada proyecto según sus méritos y pasó a oponerse por defecto a cualquier obra que toque un cauce natural. El resultado es un país que se demora años en dar permisos para una obra que podría salvar vidas y asegurar agua, mientras la naturaleza sigue su curso sin pedir permiso a nadie.
No se trata de saltarse la evaluación ambiental (las obras mal ubicadas o mal diseñadas sí pueden hacer daño y hay que revisarlas en serio). Se trata de entender que no hacer nada también tiene un costo, y que hoy ese costo lo estamos pagando con vidas, casas y agua que no alcanza.
Chile tiene más de 30 mil quebradas que bajan desde la cordillera. Construir más embalses y muros de contención donde correspondan, según lo que diga la técnica en cada caso, no es una obra faraónica: es prevención, del mismo tipo que ya hacemos para terremotos o incendios. La pregunta no es si podemos pagarla. La pregunta es cuántos aluviones más necesitamos ver antes de decidir que cuidar el agua y proteger a nuestra gente es más inteligente que seguir esperando.

Absolutamente acertado el análisis y sus conclusiones.
Tal como comenta, la técnica ya esta, para poder efectuar los estudios correspondientes en profundidad, y adoptar la mejor solución en cada caso.
Hay que adecuar la legislatura actual y poner coto con varios mecanismos al “negocio” de los mal llamados ambientalistas.
Pero mas embalses se deben construir.
Hay que
Muy de acuerdo. Este es un típico ejemplo de una política pública que requiere tener una visión de largo plazo. Desgraciadamente existen políticas públicas que no se realizan o se ejecutan parcialmente por las trabas que impone el ciclo político de 4 años y la mirada cortoplacista de los políticos. El país necesita políticas de Estado definidas con rigurosidad técnica y científica, que se mantengan en el tiempo.
💯 de acuerdo.