Una desocupación que bordea el millón de personas es un fracaso que nos interpela a todos. Detrás de esa cifra hay familias angustiadas, jóvenes que no encuentran oportunidades, personas que pierden su autonomía y hogares donde la incertidumbre se instala cada mañana.
Por eso, en estos días me he preguntado insistentemente: ¿qué significa realmente triunfar en política?
¿Creerán nuestros gobernantes y quienes ocupan cargos de elección popular que el triunfo se alcanza cuando se cuentan los votos y se anuncia una victoria electoral?
De ninguna manera. Confundir el resultado de una elección con el éxito de un gobierno es un acto de soberbia. Los votos entregan legitimidad para gobernar, pero no garantizan la capacidad de hacerlo. Son el comienzo de una responsabilidad, no la culminación de una conquista.
Tampoco ser nombrado ministro o subsecretario constituye un triunfo personal. Es una enorme responsabilidad que se asume frente a millones de chilenos. Algunos incluso juran con la mano sobre las Sagradas Escrituras. No es un premio, ni un reconocimiento a la trayectoria partidaria, ni mucho menos un cupo que deba repartirse.
Es un trabajo. Y uno de los más exigentes que existen.
En Chile hubo tiempos en que servir al Estado era motivo de profundo orgullo. La vocación pública suponía preparación, experiencia, sentido del deber y conciencia de que las decisiones afectaban directamente la vida de las personas.
Hoy, frente a cada nombramiento, habría que hacerse una pregunta elemental: ¿tengo los conocimientos, la experiencia y las capacidades necesarias para cumplir con la tarea que se me encomienda? ¿Puedo conducir equipos, tomar decisiones difíciles y responder por sus consecuencias? ¿O se pretende suplir la falta de preparación con asesores?
Las noticias de estos días obligan a reflexionar.
El Gobierno enfrenta dificultades para mostrar cohesión, coordinación y un rumbo compartido. Las salidas de autoridades, los conflictos internos y las controversias públicas transmiten una preocupante sensación de desorden.
El reciente episodio protagonizado por el exsubsecretario de Justicia, Luis Silva, resulta especialmente revelador. Verlo explicar en un video, con la bandera chilena sobre su escritorio, su participación en decisiones cuestionadas y aludir al criterio del ministro Fernando Rabat es difícil de comprender. Más allá de las responsabilidades jurídicas de cada uno, queda una pregunta política fundamental: ¿Dónde están la coordinación, la lealtad institucional y la responsabilidad compartida?
Las responsabilidades no se diluyen ni se trasladan mediante declaraciones públicas. Se asumen. Y esto no es un problema exclusivo del actual gobierno. La historia reciente, incluido el caso Monsalve durante la administración anterior, nos ha mostrado las graves consecuencias de la falta de conducción, de los errores de criterio y de una responsabilidad política que muchas veces llega demasiado tarde.
Chile necesita una cirugía mayor, no una sucesión interminable de explicaciones, recriminaciones y disputas internas.
Lo más triste es que buena parte de estas deficiencias son subsanables. No requieren milagros. Exigen liderazgo, competencia, disciplina, generosidad y una verdadera comprensión del servicio público.
He pensado mucho estos días en la Concertación. Hombres y mujeres con historias, sensibilidades y pensamientos diferentes fueron capaces de unirse en torno a un objetivo superior: consolidar la democracia, recuperar las confianzas, impulsar el crecimiento y mejorar las condiciones de vida de los chilenos.
No fue una época perfecta. Hubo errores, conflictos y tareas pendientes. Pero existía algo esencial: un proyecto compartido, liderazgos capaces de conducir y la convicción de que el éxito del país estaba por encima del protagonismo individual.
Los resultados de aquellas décadas en crecimiento, reducción de la pobreza y ampliación de oportunidades constituyen un legado que no debiéramos olvidar.
Por supuesto, el mundo de hoy es distinto. Mucho más complejo, incierto y desafiante. Precisamente por eso, la necesidad de buenos gobiernos es todavía mayor. Sin embargo, pareciera que hemos perdido la capacidad de colaborar incluso entre quienes comparten ideas y objetivos.
Vimos al Partido Republicano ejercer una oposición particularmente dura durante el segundo gobierno del Presidente Piñera. Hoy observamos al Partido Nacional Libertario enfrentarse al gobierno del Presidente Kast, aun cuando ambos pertenecen a un espacio político cercano.
Y sería injusto olvidar la conducta del Frente Amplio y del Partido Comunista durante momentos críticos del segundo gobierno de Piñera, especialmente en 2019 y durante la pandemia. Chile atravesaba circunstancias extraordinarias que exigían otra estatura política.
El propio ex Presidente Gabriel Boric reconoció, durante el funeral de Sebastián Piñera, que desde su sector las recriminaciones y críticas habían ido más allá de lo justo y razonable.
Fue un reconocimiento importante. Pero no basta con reconocer los errores cuando ya han pasado las crisis. La responsabilidad política debe ejercerse cuando el país la necesita.
Gobierno y oposición tienen obligaciones diferentes, pero una responsabilidad común: Chile. La oposición debe fiscalizar y ofrecer alternativas; el gobierno debe conducir, escuchar y generar acuerdos. Ninguno puede entender la política como una batalla permanente donde el fracaso del adversario vale más que el bienestar de los ciudadanos.
Mientras tanto, la realidad golpea con una crudeza insoportable.
El secuestro y asesinato de Martín Pérez Burgos, un joven de apenas 19 años, constituye otro grito desgarrador dirigido a nuestra clase política. Una familia destruida, una vida truncada y una sociedad que vuelve a preguntarse cómo hemos llegado a este nivel de violencia.
Pensemos también en quienes buscan trabajo durante meses sin encontrarlo. En las familias de las víctimas del crimen organizado. En los carabineros que han muerto cumpliendo su deber y en quienes lloran su ausencia. En los enfermos que esperan una atención que no llega. En los jóvenes que no reciben la educación que merecen.
Ellos deberían ser la medida de nuestros triunfos y fracasos.
No los aplausos partidarios. No los cargos obtenidos. No la cantidad de veces que aparecen en la prensa, ni los seguidores que acumulan en las redes sociales. No el protagonismo individual, la exposición mediática ni los cálculos electorales. La política no es una competencia de popularidad ni una plataforma de promoción personal. Es una responsabilidad con el país y, sobre todo, con quienes más necesitan de sus gobernantes.
Los estudios de opinión llevan tiempo advirtiendo del profundo deterioro de la confianza en los partidos políticos, el Congreso y ahora crecientemente, del Estado. La ciudadanía no está enviando señales ambiguas.
¡Escuchen! ¡Escuchemos!
La política, entendida como la capacidad de organizar nuestra convivencia y construir un futuro común, está siendo interpelada por urgencias que no admiten indiferencia.
Y vuelvo entonces a mi pregunta inicial. ¿Qué significa triunfar?
Triunfar es que un joven pueda volver seguro a su casa. Es que una madre o un padre encuentre trabajo y pueda sostener dignamente a su familia. Es que los niños reciban una educación de calidad, que los enfermos sean atendidos oportunamente y que acceder a una vivienda deje de ser un sueño inalcanzable.
Triunfar es recuperar el crecimiento, la seguridad y la esperanza. Es construir instituciones que funcionen y un Estado que cuide a quienes más lo necesitan.
Triunfar es que las lágrimas de quienes sufren no sean inútiles y que el dolor se transforme en decisiones, soluciones y cambios concretos.
Eso es lo que debemos exigir a nuestros gobernantes, cualquiera sea su color político. Porque el verdadero triunfo no se mide la noche de una elección ni se celebra desde el balcón de La Moneda.
El verdadero triunfo se alcanza cuando, al terminar un gobierno, los chilenos viven mejor que cuando comenzó.
Ese fue el gran mérito de los treinta años de la Concertación.
Y ese debería volver a ser el único triunfo que importe.

Muy de acuerdo entiendo columna Iris …. Ojalá ambos sectores estudiantes, vean y analicen información de esa tremenda época que tanto bien nos hizo a Chile ….