Siendo todavía un niño, recuerdo que mi papá nos convocó con cierta solemnidad para leernos un poema: era el “Si”, de Rudyard Kipling. En una parte que me marcó, el escritor decía: “Si puedes encontrar el triunfo y la derrota y acoges con igual calma a esos dos impostores”. Para quienes no han leído este gran texto, los versos muestran formas de acción que, de ser consistentes y llevadas con valor, culminan con una afirmación: “Serás un hombre, hijo mío”.

Es una enseñanza válida para toda la vida, y para los más diversos asuntos. La cuestión de fondo es la certeza de que, en los hechos, siempre habrá en este mundo triunfos y derrotas, y que los dos deben ser enfrentados con sabiduría, convicción, humildad, tranquilidad y con la certeza de que siempre serán compañeros de camino. Un día llega el éxito, al otro día el fracaso; el camino aparece limpio y claro para llegar a la meta, pero después está lleno de espinas, baches y contradicciones.

Me parece que es bueno tenerlo claro, porque la historia avanza y retrocede con dichas contradicciones, que en ocasiones muestran un futuro esplendor y en otras un horizonte lleno de nubarrones. Me parece que comprender esto puede ser un buen camino para avanzar en el entendimiento de lo que ha ocurrido en Chile en los últimos años, al menos desde la revolución de octubre de 2019 –que marcó una profunda ruptura con el ciclo político precedente– hasta el presente. Después de todo, Chile ha vivido una aceleración del tiempo histórico, que nos ha permitido experimentar en pocos años lo que en otros tiempos tomaba décadas. Lo interesante es que no se ha tratado de un camino lineal, sino que ha tenido zigzagueos y recovecos, avances y retrocesos, una orientación que parecía clara, pero que luego ha sido contradicha por los acontecimientos que toman exactamente la dirección opuesta. Veamos en qué sentido.

En 2019 se inició un estallido o rebelión popular, que en su dinámica y consecuencias adquirió el carácter de una revolución, que buscó cambiar sustancialmente el sistema político y económico-social de Chile. En menos de un mes se habló de la renuncia de Sebastián Piñera y de llamar a nuevas elecciones, pronto se inició un proceso constituyente “de hecho” y cambiaron tanto las convicciones como las prioridades de muchos compatriotas. En las elecciones para la Convención Constituyente la centroderecha y la Concertación tuvieron una derrota aplastante, que permitió que las fuerzas mayoritarias –de las más diversas izquierdas– comenzaran un proceso de refundación del país, no solo de su historia constitucional republicana, sino de toda la trayectoria nacional. No solo hubo cambio de prioridades, sino también modificaciones en el lenguaje político, los símbolos y las acciones. Ello se puede constatar en los ataques a la estatua del general Baquedano, los discursos contrarios a los sectores dirigentes, los homenajes al perro matapacos y la proliferación de las banderas mapuches, a lo que se puede sumar la destrucción de bienes públicos o privados.  A medida que avanzaba el proceso constituyente, parecía claro que el Chile que habíamos conocido iba a experimentar un inmenso cambio de sentido, objetivos, instituciones, partidos, entre otras cosas a partir de un cambio de Constitución. No faltaron quienes dieron a la derecha por muerta, como también moría “la Constitución de Pinochet”, el sistema de pensiones y otras tantas cosas que son parte de la institucionalidad del país. El triunfo de Gabriel Boric ratificó el espíritu de la revolución de octubre y el sentido de la Convención constituyente, en un camino que parecía no tener vuelta atrás. Eso, al menos, es lo que pensaron las personas que se llevaron dinero fuera del país o quienes dejaron de invertir o todos los que anunciaron, por deseos o temor, el Chile distinto que emergía.

Han pasado algunos años y la situación es exactamente al revés. Desde marzo de 2022, cuando comenzó el gobierno que originalmente lideraban el Frente Amplio y el Partido Comunista, hasta el presente, el país nuevamente cambió. Ese Chile movilizado que había surgido al calor del octubrismo y las protestas –sociales y políticas– empezó a agotar a quienes se suponía que representaba. La violencia, que muchos validaban y miraban como una condición necesaria para procurar los cambios, hoy se mira con distancia y con vergüenza. La destrucción provocada resulta un sinsentido y las promesas de un futuro mejor son contrastadas con aquello que efectivamente tenían la sociedad y las personas.

En materia política, Chile también cambió. El presidente Boric, que lo iba “a cambiar todo”, ha transitado sus años en La Moneda con un apoyo que apenas se empina en el 30% y un rechazo que es al menos el doble. Los anhelos de la población también han cambiado: hoy la seguridad y el crecimiento económico son las prioridades de los chilenos, mientras el cambio de Constitución solo es un mal recuerdo del pasado reciente. Los íconos del 2019 hoy son parte del recuerdo o ni siquiera eso. Quedan pocos de aquellos líderes que levantaron las izquierdas en la Convención Constituyente. Y los execrados de ayer han tenido un envejecimiento mejor que los adorados de entonces.

Algo similar ha ocurrido en materia política. En la última elección presidencial, tres candidatos de derecha o centroderecha sumaron más del 50% de los votos; lograron una buena representación parlamentaria y lograron instalar los temas de la discusión pública. Prácticamente no hubo candidatos que reivindicaran con decisión la obra del Presidente Boric; y el 18 de octubre de este 2025 pasó sin pena ni gloria, con más vergüenza que nostalgia. Es muy probable que en la segunda vuelta de la elección presidencial triunfe José Antonio Kast, abanderado del Partido Republicano, que muchos habían enviado al baúl de la historia y lo destacaban por su absoluta incapacidad para ganar una elección presidencial.

Si las cosas se dan de esta manera, en marzo Chile tendrá un gobierno de distinto signo, con todo lo que ello implica. Por los tiempos que vivimos, conviene tener en cuenta las veleidades de la historia, el verdadero carrusel en que hemos estado insertos y tener claridad de que el triunfo y la derrota son necesariamente efímeros. Esto no significa que un eventual gobierno de José Antonio Kast vaya a ser necesariamente un fracaso y que esté condenado a entregar el mando a una persona de distinto signo. Sin embargo, es un buen llamado de atención para redoblar esfuerzos y vivir con la conciencia de que el triunfo histórico no existe, sino que solo hay buenas oportunidades, logros temporales y éxitos que necesariamente son parciales. El determinismo histórico no existe, la victoria ineluctable es ideología o mera suposición, mientras que la realidad es más compleja y llena de idas y regresos. En política los votos van y vienen, como la popularidad o impopularidad, por lo que no es razonable gobernar según encuestas u orientar el trabajo por los meros números.

Es necesario mirar el futuro con atención y con humildad. De lo contrario, es probable que el despertar sea tan triste y golpeador como el que han sufrido los revolucionarios del 2019, con su lógica mesiánica y una derrota llena de enseñanzas.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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