El Gobierno presentó en el Senado un conjunto de indicaciones para avanzar con el proyecto que regula los contratos por horas, la pieza más reciente en una agenda de adaptabilidad laboral que el Ejecutivo empuja en medio de una crisis marcada por una tasa de desempleo que se empina al 9,4%: la más alta en cinco años. ¿La mitad llena del vaso? La economía nos sorprendió positivamente en junio, aunque el frenazo del segundo trimestre recuerda que aún falta para celebrar. Y, aunque queda mucho paño por cortar, el Gobierno logró aprobar en el Senado su megarreforma, una ley que promete sacar al país de su grave letargo económico. Ráfagas de viento en popa. ¿Un alivio? Tal vez, aunque también una advertencia: el rumbo depende del navegante, no de la corriente. Y esa corriente, por ahora, esconde un remolino: el desempleo no cede. Simple e incómodo.

En nuestro país, crecer y crear empleo dejaron de ser lo mismo. Antes de 2017, cada punto de crecimiento generaba 39 mil empleos asalariados privados; hoy genera 27 mil. Un tercio menos por el mismo crecimiento. Lleve menos. Pague más.

La reforma laboral de 2017 hizo más caro contratar. El salario mínimo, que desde 2022 sube mucho más rápido que los precios, encareció mantener a los trabajadores. La Ley Karin hizo más caro administrarlos. La indemnización por años de servicio traba la movilidad laboral y, entre juzgados laborales y una Dirección del Trabajo que parecen presumir que todo empleador es culpable hasta que se demuestre lo contrario, el simple acto de decir «esto que hay entre los dos no está funcionando», se ha transformado en un prohibitivo vía crucis judicial. Al final del camino, vinagre y hiel.

Al tiempo que cada una de estas reformas se instalaba en el imaginario colectivo como una conquista sin letra chica, el mercado laboral aprendía, en silencio, una lección distinta: que la manera más segura de evitar problemas con un trabajador es, sencillamente, no tenerlo. Porque las leyes que rigen las relaciones laborales funcionan como el retrato de Dorian Gray: por fuera, impecables, modernas, virtuosas: protección, derechos y dignidad. Pero en el desván, lejos de los discursos y las fotos oficiales, envejecen, se pudren y arrastran al precipicio al mercado laboral que prometieron impulsar. Cada nueva “conquista” es otra pincelada de belleza en el rostro público de la legislación y una arruga más en el lienzo que nadie quiere mirar: el de los miles que ya no consiguen trabajo.

Frente a ese retrato, las alternativas no son generosas y ambas suponen un costo: o generamos las condiciones para que el mercado laboral se flexibilice, o nos acostumbramos a un desempleo que ya dobla nuestra tasa natural; el huésped incómodo que no se irá jamás.

Hace algunas semanas, el ex Director del Trabajo Pablo Zenteno, sostuvo que la agenda de flexibilización carece de evidencia y debilita «garantías ya conquistadas». Pero el desempleo en Chile dobla el promedio OCDE y nos relega a la parte baja del tablero de América Latina, en circunstancias que los países con mercados flexibles son, sistemáticamente, los que tienen menor tasa de desocupación. “Pivotes propone: medidas para flexibilizar nuestra legislación laboral” (marzo 2026). Presentar flexibilidad y derechos como enemigos irreconciliables es una falsa dicotomía.

Max Weber ya lo advertía hace un siglo: el desarrollo no nace de un decreto, nace de la disciplina y del trabajo duro que lo anteceden y lo financian. Tratar estas “garantías” como derechos adquiridos no es progreso, es solo ingenuo optimismo disfrazado de ley.

En un mundo en el que la IA y la robótica reemplazan vertiginosamente puestos de trabajo, flexibilizar la legislación laboral no es una amenaza a los derechos: es la condición para que existan trabajos donde ejercerlos. Y una conquista que destruye el mercado que debe impulsar no es una conquista, es un lastre. Y los lastres, si no se sueltan a tiempo, terminan hundiendo a quienes los cargan.

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1 Comment

  1. El problema de la columna no es defender la flexibilidad laboral, sino presentarla como explicación casi automática del desempleo. Que contratar tenga costos importa; que reducirlos genere empleo no se sigue de ello.

    La evidencia comparada es bastante menos cómoda: flexibilizar despidos no produce sistemáticamente más contratación. Productividad, inversión, crecimiento, estructura productiva y políticas activas también importan.

    Chile necesita adaptabilidad, sí. Sin embargo, acompañada de seguro de desempleo, capacitación e intermediación laboral eficaces. Abaratar el despido puede ser una reforma laboral; llamarlo por sí solo política de empleo es confundir una hipótesis con evidencia.

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