El Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado la aplicación de un fuerte arancel de 50% a las importaciones de cobre. La proclamación del Presidente norteamericano, que publicó en su red personal Truth Social, obedece -según un estudio estratégico en materia de seguridad nacional (un “robusto informe” dijo Trump)- a que mostraría serias vulnerabilidades en industrias claves para Estados Unidos. “El Cobre es necesario para semiconductores, aviones, barcos, municiones, centros de data, baterías de litio, sistemas de radar, sistemas misilísticos de defensa e, incluso, armas hipersónicas, de las cuales estamos construyendo muchas”. “El Cobre es el segundo material más usado por el Departamento de Defensa”, concluyó el Presidente.
La noticia no ha sido notificada a los países que exportan cobre refinado a Estados Unidos, supuestamente porque la decisión no se dirige a ningún país, sino a un producto. Pero naturalmente ha producido alarma, al menos en tres públicos diferentes. El primero, por cierto, son los países que proveen a Estados Unidos de cobre refinado, entre los cuales está Chile. El segundo, son las industrias norteamericanas que elaboran todos aquellos productos estratégicos y deberán seguir importando la mitad del cobre que requiere su producción interna. Y el tercero es la “comunidad de defensa”, que teme que la decisión produzca distorsiones en el mercado, provocando especulaciones y volatilidad de precios en los mercados de la defensa, cuando la competencia tecnológica y las guerras que tienen lugar en distintos lugares del mundo, exigen más mercados estables.
Si el propósito de Trump es, como él lo ha señalado, que en éste y otros materiales estratégicos Estados Unidos llegue a ser autosuficiente, él mismo reconoce, con mucho optimismo, que ello demorará al menos una década. Y la industria estratégica afectada por la decisión difícilmente puede esperar todo ese tiempo sin el cobre que necesita hoy, no en diez años más. Estados Unidos sigue enviando armas a Israel y ayer reanudó los envíos a Ucrania. Y, en general, Estados Unidos mantiene la mayor industria de armas del mundo, que naturalmente requiere parte importante del material estratégico al cual se refiere Trump cuando examina el “robusto informe”. Lo que ese informe le dice es solamente que Estados Unidos es vulnerable en el abastecimiento de materiales estratégicos para su industria. De allí, él deduce que es necesario corregir esa anomalía, fortaleciendo la producción interna de minerales estratégicos deficitarios, como cobre y aluminio. Pero el uso de los aranceles para hacer competitiva la producción interna es lo que no parece razonable, porque genera costos crecientes y mayor inflación.
El anuncio de la puesta en marcha de una nueva carga arancelaria para el cobre y el aluminio, coincide con el fin de la moratoria decidida por Trump hace noventa días. Eso también permite pensar que la acción sobre el cobre responde a la necesidad del Presidente de mostrar actividad en un proceso que está claramente atrasado. Se había anunciado que en esos noventa días habría negociaciones con la gran mayoría de los socios comerciales, ajustando con cada uno de ellos los aranceles que les correspondan, o los acuerdos para evitarlos. Y hasta ahora casi nada había ocurrido; apenas han existido dos acuerdos -con Gran Bretaña y Vietnam- además del “acuerdo marco” con China, que aún debe materializarse en una negociación que parece será larga. Se han enviado cartas a 14 países, confirmando los aranceles de abril y extendiendo, al mismo tiempo, la fecha de negociación hasta el 1 de agosto. En el primer anuncio, esos acuerdos eran 90. Luego se anunció que sólo serían entre 20 y 30; y que al resto se les “anunciarían” sus aranceles. Y el plazo de 90 días se cumplió, sin que se alcanzaran más resultados. Y, al llegar ese día, comenzaron a ocurrir hechos diversos, que en conjunto deberían llamar la atención y revelan que los usos de la “política arancelaria” son muy diversos, derivando a objetivos políticos.
Primero fue el anuncio relacionado con la reunión del grupo Brics en Río, muy prudente en los asuntos económicos, a pesar de que la Casa Blanca, amenazó a los países que “siguieran” decisiones económicas del Brics contra Estados Unidos con fuertes sanciones. Luego vino el anuncio forzado del eventual “anuncio de aranceles”; posteriormente se anunciaron aranceles unilaterales de 25% a Japón y Corea, socios comerciales de tamaño muy importante; y luego un anuncio inesperado -e inusitado- de 50% de aranceles a productos de Brasil, en represalia por las medidas judiciales, según Trump “injustas y abusivas”, adoptadas en contra del ex presidente Jair Bolsonaro.
Así las cosas, el uso de los aranceles habría llegado a un período más flexible, en que más que acuerdos formales, se usarían los acuerdos o los “avisos” que permitan modificaciones, según las conductas de las contrapartes, su disposición a negociar “de buena fe”, o su conducta, sea ella comercial o política.
Esta secuencia ha hecho pensar a muchos editorialistas que, en efecto, no habrá una política arancelaria como tal, o más bien un uso ordenado de los aranceles para todo tipo de eventos dignos de “premios” o “castigos”. El aumento o reducción de aranceles dependería de quién decide su aplicación, de manera subjetiva (gut feeling, diría el ocupante de la Casa Blanca).
Dos conclusiones se hacen evidentes. Primero, que las supuestas “negociaciones” no se proponen solamente para resolver aspectos insatisfactorios de una relación bilateral, sino como una forma de obtener ventajas en el juego estratégico multilateral.
Y segundo, que la tendencia de la administración sea moverse de los aspectos bilaterales al campo de los aranceles por sector, como parece buscarse con el tema del cobre y otros minerales estratégicos. En ese plano, la administración norteamericana podría buscar sus ventajas, dado su manejo más amplio de los distintos sectores, ofreciendo ventajas en algunos productos para obtenerlos en otros que son de mayor interés; por ejemplo, para no pagar aranceles por el cobre, dar acceso ventajoso a “tierras raras”.
Es muy probable que las diferentes posturas de la administración sigan modificándose, mientras existan cambios a cada rato, según el estado de ánimo de quien toma las decisiones. Es prematuro iniciar ahora negociaciones con Estados Unidos sobre asuntos bilaterales, en los cuales se pueden obtener concesiones a cambio de hipotecar un sector que es la fortaleza de nuestro país. Sería regalar una carta de triunfo, a cambio de entrar en un camino de concesiones que puede no tener fin. En el juego inagotable de los aranceles, el que tiene menos cartas se arriesga a perder más.

Exactamente.