Durante muchos años Chile pareció olvidar el desafío de derrotar la pobreza y la miseria, que por momentos aparecieron como una etapa de la historia y no como una misión del presente para avanzar hacia un futuro mejor.

A esto han contribuido algunas situaciones. Lo primero es un aspecto sin duda positivo: Chile ha logrado disminuir la pobreza de una manera clara y consistente durante muchas décadas. De acuerdo con los estudios de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica CASEN, en 1987 el 45% de la población vivía en situación de pobreza; tres años después, al inicio de la democracia, las cifras habían disminuido al 38% desde entonces en adelante el progreso, el desarrollo económico y algunas políticas sociales permitieron disminuir la pobreza hasta llegar al 10%, un logro histórico imposible de imaginar siquiera hace 50 o 60 años.

Producto de los éxitos económicos y sociales del país, al comenzar el siglo XXI Chile tuvo algunos logros importantes. De partida, la incorporación a la OCDE, lo que cambió la cancha y las aspiraciones de los gobernantes y estudiosos, ahora luchando en lides mundiales. En segundo lugar, adquiere relevancia que en el índice de Desarrollo Humano del PNUD Chile haya pasado a la lista de los países de la primera fila en este indicador, con alto desarrollo humano (dejando atrás a muchos países latinoamericanos y otras tantos de distintos continentes). Ambas situaciones, por cierto, son buenas noticias y sin duda son motivos para celebrar, pero entrañan un gran riesgo, que se resume en que podrían nublar la apreciación global de la realidad. A fuerza de destacar esos éxitos se cae en una peligrosa complacencia, que puede hacer olvidar algunos desafíos pendientes: la disminución y erradicación de la pobreza es uno de ellos. Por supuesto, no se trata tampoco de caer en la lógica del octubrismo, para renegar de los 30 años con una crítica lapidaria y con hermosas promesas de un futuro mejor que nunca llega.

En las últimas semanas, el tema de la pobreza se ha vuelto a poner en la discusión pública chilena, a propósito de la propuesta de desarrollar una nueva forma de medir la pobreza. La buena noticia es que ha traído de vuelta la relevancia de la pobreza como tema social; la mala es que el resultado es un “aumento” de la pobreza debido al cambio en la forma de medir. Si la pobreza había disminuido bajo el 10% hace algunos años, el nuevo modelo llevaría a cifras que superarán el 20%.

Desde el punto de vista cualitativo, medir nuevamente la pobreza tiene al menos dos aspectos destacables. En primer lugar, porque vuelve a posicionar un tema crucial y que nunca debe desaparecer de la agenda pública, como es la pobreza. En segundo lugar, porque todas las políticas sociales y su medición requieren una necesaria adaptación a los cambios y las necesidades de la sociedad en su respectivo tiempo histórico.

No es fácil enfrentar este desafío social, pero para comenzar es muy importante tener claro el objetivo y cuáles son los mejores caminos para avanzar correctamente. El objetivo debe ser claro, categórico y permanente: la derrota de la pobreza es una prioridad y debemos contribuir a que cada persona tenga su mayor desarrollo material y espiritual, sin que haya rezagados en esta gran tarea. En cuanto a los medios, aparecen algunas ideas fundamentales en este sentido, creo que es fundamental el crecimiento económico, que debe ser una gran tarea en la difusión de las ideas y también en el plano práctico. Es preciso instalar la necesidad de crecer -más, en forma permanente y con resultados visibles- para dar vida a una economía más sólida, que genere más recursos y cuyos beneficios permitan un efectivo progreso social. Adicionalmente, es necesario mejorar con decisión las políticas sociales, evitar el despilfarro de recursos y centrar la atención efectivamente en aquello que ayude en realidad a la superación de la pobreza.

El tema no es fácil, en modo alguno. El Estado ha crecido en forma sostenida en las últimas dos décadas, el gasto público ha aumentado considerablemente y los ministerios “sociales” -así como también las municipalidades- cuentan con presupuestos que años atrás habrían sido inimaginables. Lo anterior implica la decisión de terminar con todos aquellos planes y programas que sean inútiles o poco valiosos socialmente. También significa la necesidad de terminar con los acuerdos que aumenten el tamaño del Estado y que en las dos últimas décadas han llevado recursos ingentes para la creación de ministerios y otros organismos, han llenado la administración pública de nuevo personal y muchas veces con sueldos muy altos respecto de su necesidad social o a lo que paga el sector privado. A todo lo anterior es preciso agregar que esos millones y millones de dólares ahorrados del malgasto estatal deben destinarse a un efectivo gasto social, en el cual los sectores más pobres deben tener una clara prioridad.

El tema de fondo es que se requiere compartir la urgencia y tener la decisión de dar un vuelco importante en el crecimiento económico y en las políticas sociales. En estas materias cualquier ambigüedad es peligrosa y la repetición de errores se pagan con altos intereses. En materia educacional, Chile se ha convertido en una verdadera fábrica de desperdicio de talento, porque muchos niños y jóvenes no reciben la enseñanza debida y con la calidad que corresponde. En el plano de la salud, son precisamente quienes menos tienen los que sufren con las listas de espera, las operaciones postergadas y la muerte que llega antes de haber recibido la correspondiente atención. La situación se repite en otros ámbitos, como en las oportunidades de empleo.

No debemos caer en el pesimismo, pero la indolencia es tanto o más grave. Enfrentar la lucha contra la pobreza con lentitud, pereza o ideas equivocadas puede seguir teniendo un costo inmenso.

Desconocer los logros obtenidos por Chile en las últimas décadas sería una muestra de ceguera o una visión ideológica exagerada. Ocultar el drama social del presente, que incluye la situación de pobreza en que viven millones de compatriotas, solo puede deberse a la ceguera, la indolencia o la irresponsabilidad. Debemos usar el corazón y la cabeza en esta impostergable tarea.

En la expedición de El Líbero a Buenos Aires hubo una interesante conversación con José Luis Daza, hoy viceministro de Economía del presidente Javier Milei. En la ocasión mencionó la situación que ha vivido Argentina, donde dos tercios de los niños argentinos no cuentan con toda la alimentación que deberían tener cada día; muchos de ellos hacen sus necesidades en la calle; viven en malas condiciones de salud, tienen una educación insuficiente y sus familias no pueden disfrutar ni de lejos muchas de las oportunidades y bienes que permite la vida en el mundo actual. Las cifras han ido disminuyendo, pero tardará mucho tiempo en lograr estándares adecuados y condiciones de vida como corresponde a un efectivo desarrollo social.

Chile no está en esos niveles, muy propios de mediados del siglo XX, cuando se multiplicaban las poblaciones “callampa” y la desnutrición era parte de la vida de cientos de miles de personas. Pero han aumentado las familias viviendo en campamentos, la deserción escolar es un problema, la droga destruye las vidas a miles de jóvenes en sectores populares y hay falta de trabajo y de oportunidades en diversos ámbitos. Por lo mismo, se requiere un diagnóstico claro, medidas correctas, sentido de urgencia y una visión humanista que priorice la calidad de vida de las personas. Por Chile y por cada persona que sigue sufriendo la pobreza.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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