Hay una obsesión de una buena parte de la intelectualidad de izquierda por advertir sobre los riesgos que implica para la democracia chilena tener un gobierno de extrema derecha. Aunque la principal amenaza para la democracia en Chile en los últimos años estuvo en la irresponsable e inviable propuesta de nueva Constitución redactada por la mayoría izquierdista en la Convención Constitucional (2022-2023), algunos líderes e intelectuales de izquierda insisten en buscar la paja en el ojo ajeno mientras desconocen la viga que tienen en su propio ojo.

Aquellos que valoran y respetan la democracia hacen bien en preocuparse por las amenazas que constantemente ponen en riesgo la continuidad y la fortaleza del régimen.

Precisamente porque costó mucho recuperarla, es importante defender la democracia. Pero para defender la democracia exitosamente, hay que conocer bien las amenazas y de dónde vienen. De poco sirve cuidar solo el flanco derecho y no el izquierdo. Es más, precisamente en una región donde los quiebres consumados de la democracia en los últimos años se han producido desde la izquierda —Venezuela y Nicaragua— resulta incomprensible que algunos defensores de la democracia insistan en apuntar a la derecha radical como la principal amenaza para la estabilidad de la democracia en Chile.

Es cierto que para el quiebre de la democracia en Chile en 1973 la derecha apoyó decididamente el derrocamiento de un presidente democráticamente electo. Pero en los meses anteriores al golpe, una buena parte tanto de la izquierda como de la derecha nacional habían dejado en claro que su hoja de ruta no incluía la defensa irrestricta de la democracia. Por eso, aunque la derecha terminó apretando el gatillo que acabó con la democracia pre-1973, la izquierda radical había dejado muy en claro su intención de apretar el gatillo apenas tuviera certeza de poder dar en el blanco.

Afortunadamente, desde el retorno de la democracia en 1990, todos los partidos en Chile han estado comprometidos con la defensa de la democracia en el país. Lamentablemente, algunos partidos siguen relativizando la defensa de la democracia en otros países. Con argumentos torpes e insensatos, como decir que la dictadura cubana es otra forma de democracia, la extrema izquierda chilena demuestra que su compromiso con la democracia desaparece cuando sus aliados ejercen el autoritarismo. Es cierto que, como las relaciones internacionales se basan en la defensa de los intereses más que de los principios, el gobierno de Chile no debe andar levantando la bandera de la promoción de la democracia cuando se relaciona con socios comerciales o países con los que necesitamos llevarnos bien. Pero omitir referencias al tipo de régimen no es lo mismo que otorgar gratuita e inmerecidamente el sustantivo de democracia a regímenes que son claramente autoritarios, como el de Cuba.

Dentro de Chile, todos los partidos relevantes del espectro político han sido respetuosos de las normas democráticas en las últimas décadas. Por eso, no se entiende que algunos en la izquierda insistan en asociar a los partidos de la derecha extrema —lo que los intelectuales de izquierda gustan de llamar derecha radical— con una supuesta amenaza a la democracia. No hay ninguna razón para asignar al Partido Republicano o incluso al Partido Nacional Libertario (más allá de su curioso e incluso provocador nombre) un factor de potencial amenaza al ejercicio de la democracia en Chile.

La cercanía con líderes autoritarios no basta como evidencia de una supuesta amenaza a la democracia. De ser así, la admiración de la ex Presidenta Michelle Bachelet por el dictador Fidel Castro la convertirían a ella, y a todos sus aliados de izquierda que admiran la dictadura cubana, en una amenaza para la democracia. Tampoco es correcto asociar ideas conservadoras con valores antidemocráticos. Estar en contra o favor del aborto no tiene mucho que ver con la democracia. Tener valores religiosos que no se condicen con la tolerancia a la diversidad sexual tampoco es lo mismo que carecer de valores democráticos. Apoyar políticas económicas neoliberales no es sinónimo de autoritarismo. Oponerse a la inmigración desordenada no es lo mismo que despreciar la democracia.

Ya es hora de terminar con esa mala costumbre de buscar convertir a la extrema derecha en un cuco que amenaza la democracia. Para aquellos que abrazamos ideas liberales, la extrema derecha está en la antípoda del tipo de país que soñamos construir. Pero eso no justifica que erróneamente cataloguemos a la extrema derecha como una amenaza a la democracia. En el Chile, y en la América Latina de hoy, las amenazas a la democracia provienen de distintos flancos, incluidos algunos radicalismos de izquierda y de derecha. Solo en lo que va de este año, en América Latina, los dos principales cuestionamientos a resultados de elecciones presidenciales fueron emitidos por el presidente saliente de Colombia y el candidato presidencial izquierdista que perdió la elección en Perú. Aunque algunos intelectuales de izquierda se enojen, si vamos a identificar el cuco más amenazante para la democracia liberal en América Latina hoy, hay que mirar más al flanco de izquierda que al flanco de derecha.

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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