Vlado Mirosevic asumió la presidencia de la Comisión de Constitución del Senado y como si estuviera dando palabras de apoyo afirmó que no venía a “frenar la reforma en seguridad”, venía a “ponerle diversidad”. El asunto es que no es ni la diversidad, ni escuchar las voces de todos. El asunto es preguntarse por qué hay que escuchar las voces de todos, de qué se trata todo y, todo se trata de avanzar en una propuesta que ponga a Chile al centro.
Por qué, es la pregunta que se debiese hacer más seguido. Una pregunta, cuya respuesta nos obliga a mirar más allá, permite observar el fondo de los desafíos y evitar que nos distraigan los detalles.
El día a día nos consume. El portonazo a Mónica Rincón o la balacera en algún lugar del país, si sube o baja la tasa de homicidios o cuántas toneladas de droga se han decomisado en Antofagasta, todos, hechos puntuales que nos distraen del problema, es decir, del cómo ha cambiado el panorama de seguridad en Chile y a qué se debe ese cambio.
El hecho de que en el Parlamento se discuta una reforma de seguridad y de que los legisladores de oposición emitan comentarios sobre ello tiene que ver con que Chile en los últimos seis años ha sufrido un cambio cualitativo: la percepción de inseguridad llegó a su máximo histórico y los grupos criminales extranjeros trajeron un menú delictual nunca antes visto.
Pero ¿qué cambió realmente? ¿Fue la llegada del Tren de Aragua el inicio de todo? Hoy, el crimen organizado es el tema obligado en cada conversación, pero ¿por qué? La respuesta, porque este fenómeno criminal vino a ubicar a Chile en un lugar de interés para la cadena logística delictual. Su sistema financiero, los mecanismos para la creación en empresas y los puertos lo transforman en un atractivo punto para el lavado de activos y la distribución de productos ilícitos que satisfacen demandas globales.
No es la violencia, es el plan de negocios que las empresas criminales han desarrollado. Ese es el fondo de la conversación en materia de seguridad. ¿Por qué? Porque el Estado enfrenta a un grupo que con lógica empresarial se extiende silenciosamente para lucrar. Pueden ser los cigarros, el salmón, la madera, la droga, no importa cuál sea porque el daño crece en silencio a través de la sociedad, las instituciones y la inversión. La violencia es instrumental.
Instrumental para eliminar competencia y disciplinar mercados y territorios, pero nunca es el fin. El fin es el dinero. Al final, todo se trata de dinero. Y la diversidad y el escuchar a todos puede terminar confundiéndonos. Porque no se trata de aunar fuerzas. Esto no es la meta, la meta es desarmar las economías criminales para devolver la paz a los chilenos y, en ese escenario, sumar fuerzas se transforma en el instrumento más poderoso.
Un compromiso político con Chile y su futuro, donde a pesar de las diferencias se identifiquen esos mínimos en los que avanzar es la herramienta más potente que el Estado puede tener frente al crimen organizado.
Entonces, que las palabras del senador no nos confundan. El diálogo no es la buena voluntad de los políticos, el diálogo es la materialización de un compromiso con Chile.

Muy clara y fundamentada. En lo macro, en lo estratégico, hay que desbaratar, estrangular y liquidar sus recursos económicos financieros, con medios especializados. En lo táctico, hay que controlar fronteras, expulsar, encarcelar, detener, patrullar y eliminar todo individuo que ponga resistencia a la ley y a la autoridad.