Hace sólo una semana afirmé desde este mismo espacio que no recomendaría un ensayo para acompañar unas vacaciones y mucho menos un ensayo político. Hoy, sin embargo, quiero no sólo recomendarles sino invitarlos a que lean El pedestal vacío, el libro que Cristián Warken firma agregando que son las Confesiones de un apóstata (Ediciones El Mercurio, 2026).
Y es que la obra de Warnken no es un ensayo, o por lo menos no es un ensayo de aquellos que se escriben para acreditar lo culto que es el autor o lo mucho que sabe de algún tema que por lo general interesa sólo a quienes son como él o se le parecen sospechosamente. Porque Warnken, simplemente, no es un ensayista político. Es muchas otras cosas. Es un poeta, un profesor de literatura, un conductor de programas culturales, quizás un comunicador. Su vida ha estado vinculada indisolublemente con las palabras, con los textos y la reflexión estética. Nunca, hasta ahora, ha sido un analista político y mucho menos un ensayista dedicado a proclamar teorías o doctrinas políticas.
Sin embargo, es alguien que, siendo todas esas cosas, de pronto, por pruritos de su consciencia y de su honradez, se vio atrapado por el mundo de la política liderando nada menos que el rechazo al proyecto que elaboraba la Convención Constitucional, posteriormente la transformación de ese rechazo en un movimiento político y por último la transformación de éste en un partido: “Amarillos por Chile”.
Y es justamente el significado íntimo de ese derrotero el que, con gran sinceridad y dignidad, se expone en este libro. Un proceso doloroso, contradictorio, lleno de dudas: “Qué iba a pasar conmigo, una vez terminara todo esto? ¿Podría recuperarme? ¿Tenía sentido haber sacrificado mi vida privada, mi mundo personal, la literatura, la cultura por una causa como ésta? ¿No tenían razón acaso tantos amigos y cercanos que se lamentaban que yo hubiese entrado a la arena política, abandonando las antiguas lealtades y los viejos sueños?” (p. 327). Esas dudas y ese dolor, expuestos con tanta franqueza, no le impidieron sin embargo tomar las decisiones que finalmente lo llevaron a distanciarse de lo que él llama su “tribu”: la izquierda tradicional y la nueva izquierda. Un tránsito doloroso porque, para él, esa tribu representaba no solo una identidad política, sino también una comunidad que lo había acompañado desde su juventud, prácticamente desde su niñez. Romper con ella significó, en sus palabras, una apostasía: un acto de renuncia a aquellas convicciones que formaron parte de su biografía política y emocional.
Y, una vez cruzado el puente de las dudas y del dolor, la apostasía es profunda y valiente. Lo llevó a enfrentar y asumir posiciones sobre todos esos valores y convicciones que lo habían acompañado a lo largo de su vida. Así, hace suyas las palabras de Tzvetan Todorov que reflexiona sobre los riesgos de una “memoria incompleta” que lleva a la izquierda a declararse víctima y “convertir la victimización en una práctica frecuente que además da réditos”. Una reflexión que ese autor hace después de una visita al Parque de la Memoria que recuerda a las víctimas de la dictadura militar argentina. “Todorov se pregunta -nos dice Warnken- por qué se omite un lado de la historia; el que una parte de esa izquierda ‘víctima’ haya avalado… la violencia política, secuestrando e incluso asesinando” (p. 131). Y la parte de la historia que no se debe ignorar con relación al “estallido social” chileno, es que “hubo violencia fascista (como las funas, la destrucción de museos, bibliotecas, etc.) invisibilizada bajo el manto de la memoria de las ‘otras víctimas’ que se instalaron como las únicas víctimas. Y las nuevas víctimas de ‘las causas nobles del estallido’ quedaron así invisibilizadas. Los dueños de pequeños locales arrasados, los trabajadores que no podían volver en metro a sus casas, los carabineros atacados en actos innobles disfrazados de ‘violencia justa’” (p. 132).
Y la apostasía continúa: “He admirado a Allende por su heroísmo y consecuencia, por su gesto final que lo instaló en un pedestal en la historia por sobre todos los políticos contemporáneos suyos. Pero al estudiar más a fondo los hechos que terminaron con La Moneda en llamas, he pensado que él debió haber sacrificado el ‘romántico’ revolucionario por el político demócrata, con todos los costos emocionales y políticos que esa decisión habría conllevado” (p. 166). Y sigue: “Las poleras con el rostro de Fidel Castro y el Che Guevara que tenía en mi pieza de adolescente, y los libros de propaganda revolucionaria que alguna vez atesoré, desaparecieron. Al rostro de los ‘héroes’ de la revolución prefiero el de los cubanos comunes y corrientes, héroes de la supervivencia en el infierno” (p. 392).
El libro quizás pueda ser considerado una autobiografía y probablemente lo sea por lo menos en parte. Particularmente aquellas remembranzas de su niñez y adolescencia que llevan al lector a compartir paisajes de un centro de Santiago que posteriormente habría de ser vandalizado por la violencia del “estallido”, que se presentan melancólicamente como el escenario de la relación con su familia y con un mundo intelectual infantil y adolescente que explican mucho del Warnken actual.
La belleza de las palabras y el tono reflexivo, íntimo y poético a todo lo largo del relato, logra que el lector se sienta interpelado y acompañado en sus propios recuerdos o en su propia búsqueda de sentido. Quizás porque, al hablar sobre este o aquel tema, el autor no vacila en interrumpirse para introducir extensas y ricas semblanzas sobre poetas o historiadores o políticos que la mayoría de las veces conoció personalmente. Y tampoco vacila en detenerse y hacer una pausa para reflexionar sobre algún tema que, quien lo esté leyendo, muchas veces no puede menos que sentir como propio.
Es probable que la parte del libro que muchos lectores consideren más interesante sea el relato de cómo una carta abierta se transformó en el movimiento político Amarillos por Chile. Un movimiento que, según Warnken, nunca buscó ser un partido tradicional o un instrumento de poder, sino una voz del centro comprometida con el diálogo, la moderación y la defensa de la democracia. La parte más conmovedora del libro, sin embargo, por lo menos para mí, es la descripción de su relación con su madre que nos regala en las páginas finales: “sin la curiosidad, sin el asombro que me comunicó por osmosis, sin el apoyo y amor de este ser poético, angélico… de esta musa de poetas que fue mi madre, sin sus sueños… yo no habría tenido tal vez la libertad con la cual incluso me rebelé contra las ideas políticas que ella misma me traspasó” (p.427).
Y dialogando imaginariamente con su madre y citando a Nietzsche nos entrega el párrafo que quizás sintetiza el mensaje de su libro: “‘¿Estamos obligados a ser fieles a nuestros errores, aun sabiendo que con esta fidelidad dañamos a nuestro Yo superior? No, no hay tal ley, no hay obligación de este género: debemos ser traidores, practicar la infidelidad, abandonar constantemente nuestro ideal’ ¡Viva la traición!”

Buena, interesante, genuina
Notable reseña de un libro imperdible, de gran belleza, profundo y valiente que nos interpela en lo mas profundo. ¡Felicitaciones!
Excelente columna. Soy una gran admiradora de Cristián Warnken como escritor, poeta, su gran valentía para enfrentar y luchar contra horror del estallido delictual y de los que intentaron destruir a nuestro país. Por siempre agradecida a Cristián y Amarillos por su amor por Chile.