Llegó febrero, el mes en que a las chilenas y a los chilenos nos da por leer. Quizás alguna autoridad podría consagrar este mes como “Mes de la Lectura” y todos podríamos ignorar piadosamente que tal pasión lectora se debe a las vacaciones de verano más que a la amistad con la letra impresa. Como quiera que sea, el comienzo de febrero es el momento propicio para recomendar libros y autores. Y como creo que sería una maldad llevarse un ensayo -por muy inteligente que sea- para entretener las vacaciones, quiero recomendarles a Leonardo Padura y sus novelas.

Padura es un escritor cubano que, probablemente junto con el mexicano Jorge Volpi y el ya fallecido chileno Roberto Bolaño, representan la continuación de esa literatura de intensidad planetaria que inauguraron los escritores del “boom latinoamericano” (Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Cortázar y otros entre los que sería injusto no considerar a los chilenos Jorge Donoso y Jorge Edwards). La peculiaridad de Padura es que él es un escritor cubano de presencia mundial que vive y escribe en Mantilla, un suburbio de La Habana… y que no es un rapsoda del régimen sino, quizás, todo lo contrario.

Para entender el “quizás” es preciso hacer una revisión de su obra literaria -además es un connotado ensayista- que comenzó con algo que no podía sino parecer una extravagancia: novelas policiales (o “novela negra” si se quiere) pero ambientadas en la Cuba de la revolución. Su personaje es Mario Conde, un teniente de policía que es también un escritor frustrado, siempre anhelando escribir una novela “escuálida y seca”. Sus novelas con este personaje comenzaron a circular internacionalmente en la década de los noventa y, además de su innegable interés para todo seguidor del género, presentaron la novedad -invisible hasta ese momento- de la existencia, en Cuba, de delitos, privilegios, corrupción administrativa y desigualdades sociales. Todo ello rondando el relato policial, sin énfasis político alguno, pero con un realismo que convirtieron a Padura, sin ser un disidente, en, quizás, el crítico más rotundo del régimen cubano.

Con el nuevo siglo, la obra de Padura se desplazó progresivamente desde el género policial hacia una narrativa más amplia. Ese giro se consolidó con una novela de gran ambición histórica y simbólica: El hombre que amaba a los perros (2009). En ella, Padura enlaza la historia de León Trotski, su asesino Ramón Mercader y un narrador cubano ficticio, para construir una reflexión devastadora sobre el costo humano de las utopías políticas. La novela se muestra como una alegoría del fracaso de las grandes epopeyas revolucionarias del siglo XX, al mismo tiempo que nos entrega unas biografías de Trotsky y su asesino Ramón Mercader -que luego de salir de prisión en México vivió algunos años en Cuba- desde una perspectiva tan novedosa como conmovedora. Desde el punto de vista literario esta obra consagró a Padura como un narrador de primera línea internacional: traducida a más de treinta idiomas es considerada por muchos críticos como una de las grandes novelas políticas de la literatura en español, una opinión que yo, sin ser un crítico literario ni mucho menos, comparto incondicionalmente.

En muchas de las novelas que siguieron, algunas todavía conteniendo misterios y todas centradas en la experiencia cotidiana de los cubanos de hoy, Mario Conde sigue presente, aunque ya no como policía, sino como vendedor de libros usados. Y el espacio que dejó el misterio lo comenzó a ocupar el desencanto generacional, la frustración de los proyectos vitales y la erosión constante de las expectativas de los cubanos y cubanas de hoy. Con una mirada que se volvió cada vez más directa, más íntima y más crítica, hasta desembocar en una obra reciente que, en mi opinión, ya no puede leerse sólo como testimonio o crítica, sino como un gesto abierto de disidencia.

Esta nueva impronta está presente ya en La novela de mi vida (2002) cuyo protagonista es un cubano de la diáspora que, delatado a la policía, expulsado de su puesto en la universidad y tras dieciocho años en el exilio, decide volver por un mes a La Habana atraído por la posibilidad de encontrar la autobiografía desaparecida del poeta José María Heredia.  Y continúa, hasta encontrar un punto descollante en Como polvo en el viento (2020) en la que Padura se concentra en la historia de un grupo de amigos cubanos que, a lo largo de décadas, se dispersan por el mundo. La novela aborda el exilio no como fenómeno político, sino como experiencia vital desgarradora: la separación, la culpa del que se va, la frustración del que se queda, la pérdida irreparable de una comunidad afectiva. La Cuba que aparece en esta novela ya no es solo un escenario de carencias materiales, sino un espacio emocionalmente devastado. La isla se convierte en un lugar del que se huye o en el que se sobrevive, pero rara vez en un lugar de plenitud. La crítica política, aunque nunca panfletaria, es mucho más explícita: el sistema aparece como una maquinaria que fragmenta vidas, rompe amistades y condena a generaciones enteras a la espera o al abandono.

Sin embargo, el punto de inflexión en esta evolución la marca, a mi juicio, la publicación de Morir en la arena (2024), su novela más reciente. Si en obras anteriores existía todavía una cierta nostalgia o incluso de ternura hacia la Cuba en la que él vive, aquí predomina una mirada seca y amarga que acompaña una historia profundamente conmovedora. La novela describe una realidad cotidiana de total deterioro, poblada de basura, de falta de electricidad, de lucha cotidiana por bienes mínimos de subsistencia, en la que, sin embargo, la naturaleza humana se hace presente con todos sus impulsos, desde la bondad al egoísmo, desde el amor a la violencia. Y en la que el común denominador de sus personajes, que parecen ser todos los pobladores de la Cuba actual, autoridades y subordinados, cubanos de Cuba y del exilio, ricos y pobres, es la falta total de alguna esperanza, la certeza de que no existe el futuro y que ya sólo cabe vivir el día a día carentes de toda ilusión.

El talento de Padura ha sido reconocido por la traducción de sus obras, la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 y la adaptación de sus novelas al cine y la televisión. Todo ese talento está presente, naturalmente, en esta, su más reciente novela; sin embargo, lo que más me impactó de ella fue esa sensación de que cruzó un umbral. Ya no se trata solo de un escritor crítico que describe fallas o contradicciones del sistema, sino de una voz que parece asumir el lugar del disidente: alguien que, sin proclamas explícitas, deja constancia de que se ha llegado a un punto sin retorno en la vida de mujeres y hombres que parecen experimentar la vida como una triste condena.

Les recomiendo que lean a Padura en sus vacaciones. Si sólo les alcanza el tiempo para leer una de sus novelas, lean El hombre que amaba a los perros. Si el tiempo da para más, lean también Como polvo en el viento. Y, ya sea en vacaciones o de regreso de ellas, no dejen de leer Morir en la Arena. No se van a arrepentir.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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2 Comments

  1. 👌👌no dejo de pensar el abismo de la realidad y el mito que vive el partido comunista (en minúscula adrede) y la utopía que promueven. La frase con la que concluye: «se ha llegado a un punto sin retorno en la vida de mujeres y hombres que parecen experimentar la vida como una triste condena», es desgarradora.

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