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El ministro Quiroz tiene el don de las imágenes, que es escaso entre economistas y más escaso todavía entre ministros de Hacienda. Hace unas semanas explicó los impuestos que ahuyentan al inversionista extranjero con el frigobar del hotel: cada chocolate cuesta una fortuna, y por eso nadie abre la puertecita. Para su reforma al mercado de capitales eligió un acuario, y lo describió con una precisión que ya quisieran los manuales. El mercado de capitales dijo, “era como un gran acuario, donde el agua es el flujo que va alimentando a las empresas, a las personas, la compra de viviendas, etc.”. Esos son los peces. Y continuó: “lo que pasó es que alguien comenzó a quitarle el agua al acuario, por lo que terminó transformándose en una pecera”. Hasta ahí, la imagen es exacta. Pero en la misma declaración el ministro remató: “hoy nuestro mercado de capitales es una ballena en una pecera”.

La receta es echarle más agua para que la ballena pueda nadar. Nadie parece haber reparado en el cambio de papel. Los niños, que miran los acuarios con la nariz pegada al vidrio, se dan cuenta de estas cosas. Del acuario pasamos a la ballena; el recipiente pasó a ser el animal. Y en ese desliz hay una premisa que vale la pena revisar. Lo que sigue no es un juicio sobre el ministro; más bien, es mi inquietud respecto a una cosmovisión cuasi religiosa que parece dominar buena parte de nuestra vida en común.

El ministro tiene razón en lo principal. Un acuario sin agua es un cementerio de vidrio. El crédito de largo plazo se encareció, la empresa mediana no encuentra quién le preste a plazo razonable, y una pareja joven que quiere su primera casa descubre que el banco le pide un pie que no tiene y un dividendo imposible de asumir. Eso es real. Y no es un misterio quién le quitó el agua al acuario. Fueron millones de afiliados que, con la bendición del Congreso, retiraron cerca de cincuenta mil millones de dólares de sus fondos, e inversionistas que, ante la incertidumbre política y económica, se llevaron su dinero a otra parte.

Pero volvamos al cambio: el mercado era un acuario; hoy es una ballena. En la primera imagen el ministro dijo la verdad completa, y la dijo con lista y todo: el acuario y su agua existen para alimentar a las empresas, a las personas, la compra de la casa. En esa imagen el mercado de capitales es un medio, como corresponde. En la segunda imagen, en cambio, el mercado de capitales es la ballena. El acuario y su agua ya no están para que vivan los peces: están para que nade el mercado. Ahora el mercado no es medio sino fin. Hay que alimentarlo para que crezca, y mientras más crece, más hay que alimentarlo. No por nada la tradición llamó a la avaricia una forma de idolatría: el ídolo es un medio al que se rinde culto de fin, y por eso quien lo sirve nunca se sacia.

El vidrio revela un segundo detalle. Un pez de acuario crece a la medida de su pecera. Es una criatura doméstica, y la palabra no es casual: la pecera es un objeto de la casa, y la casa es la primera escuela de la medida. La casa sabe cuánto necesita: techo, pan, colegio para los niños, algo guardado para el invierno. Los antiguos distinguían entre adquirir para vivir y adquirir para adquirir, y observaban que lo primero tiene término y lo segundo no. La ballena pertenece a la segunda especie. Su única demanda es “más agua”, y cada litro que se le echa no sube el nivel: agranda al animal. Por eso la ambición declarada de convertir a Chile en centro financiero regional suena, dentro de la imagen, a ballena que sueña con tragarse el océano.

Y luego está la bomba, ese aparatito que succiona el agua por un lado, la devuelve por el otro y levanta una columna de burbujas que da gusto mirar. Hay que mirarlas con cuidado: en economía, no todas las burbujas son oxígeno; algunas son solo la ilusión del bienestar, y las burbujas, tarde o temprano, revientan.

Hay, sin embargo, una lección en la ballena que el ministro no buscó: por mucha agua que se le eche, no respira agua. Tiene que subir a buscar aire, algo que no está en la pecera y que el agua no fabrica. Así también, el mercado de capitales necesita respirar la realidad a la que sirve: el trabajo de personas de carne y hueso, los bienes y servicios que a ellas sirven. La especulación que se alimenta de sí misma -la del derivado sobre el derivado del derivado- puede levantar burbujas, pero no darle aire.

Nada malo hay en que el mercado crezca y el agua abunde, siempre que la ballena no olvide que no es la dueña de la casa, y nadie confunda su apetito con el hambre de los peces. Un acuario sin agua es una tragedia. Pero un acuario lleno hasta el borde, con la bomba zumbando, las burbujas subiendo y todo su espacio copado por una ballena insaciable, es algo más triste. Es un desastre de proporciones, en el sentido exacto de la palabra.

Director Ejecutivo Comunidad y Justicia. Editor de Revista Suroeste

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