El domingo pasado, en El Mercurio, Tomás Vodanovic, alcalde de Maipú por el Frente Amplio, y Jaime Bellolio, alcalde de Providencia por la UDI, publicaron una carta conjunta titulada Una invitación desde dos veredas distintas. Proponen siete acuerdos de Estado para los próximos 30 años, entre ellos una reforma al sistema político, una reforma al empleo público, un acuerdo por la primera infancia y la vejez, y una estrategia de crecimiento. Escriben casi con las mismas palabras que usó Boeninger tantas veces, que dialogar con verdadera voluntad de llegar a acuerdos exige valentía y salir de la trinchera. Y abren con un proverbio griego, que una sociedad crece cuando los mayores plantan árboles a cuya sombra saben que no se sentarán. Una política de Estado debe trascender un gobierno.
Valoro mucho la iniciativa y quiero decirlo antes que nada, porque cuesta encontrar gestos de este tipo. Ni siquiera dentro de los mismos sectores. Mi reparo no es al gesto ni al contenido. Es una pregunta que la carta no responde y que hoy es la pregunta de la política chilena. ¿Cómo se logra acordar desde formas de ver y de pensar tan distintas y tan manifiestas?
Vale la pena hacer el siguiente ejercicio de memoria. El 16 de mayo de 2022, en las Ruinas de Huanchaca, en Antofagasta, la Convención le entregó al país el borrador de la nueva Constitución. No hubo bandera chilena. No sonó el himno. Aparecieron nuestros símbolos patrios cuatro días más tarde, en Mejillones, cuando ya habían llovido las críticas. El lugar elegido tenía nombre de presagio. Aquel texto nos habría dejado en la ruina. Era identitario y plurinacional, y un grupo transversal de economistas lo costeó entre 8,9 y 14,2 puntos del producto al año. No era una reforma. Era cambiar el país que teníamos por uno que nadie había pedido, y perder con él 30 años que redujeron la pobreza a menos de la mitad y nos llevaron a la OCDE. El 61,89% lo rechazó, y esa mayoría ganó en las 16 regiones y en 338 de las 346 comunas. Vodanovic hizo campaña por aprobar la propuesta constitucional.
¿Y cómo llegamos a una situación tan riesgosa? La incorporación del Partido Comunista a la Nueva Mayoría por parte de Michelle Bachelet marcó definitivamente el fin de la Concertación. Años más tarde, el Frente Amplio llamaría conservadora y neoliberal a esa coalición que lo sentó en el Congreso, y curiosamente muchos de la ex Concertación se unieron para gobernar junto al Frente Amplio y el PC. Perdieron su esencia. Después, con la quema de 20 estaciones de Metro y los destrozos en la Plaza Italia, el 18 de octubre de 2019 comenzó una época de violencia inusitada, hacia los carabineros y hacia las personas. Casi siete años más tarde la justicia no ha identificado a quienes quemaron el Metro ni a quienes vandalizaron iglesias y centros culturales. Sobre ese vacío se levantó una épica, y sobre esa épica se convocó al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.
Lo que siguió no hay que olvidarlo, porque sus protagonistas piden pasar la página. Algunos como Adriana Delpiano manifiestan su arrepentimiento. El vicepresidente de la Convención, Rodrigo Rojas Vade, construyó su candidatura sobre una enfermedad que no tenía. Un convencional pidió votar a viva voz porque se estaba duchando. Superioridad moral. El exceso identitario le hizo daño al país y sobre todo a las causas que decía defender. La consigna de Las Tesis, aquella del violador eres tú, dio la vuelta al mundo y aquí se volvió liturgia. No discuto el dolor que la originó. Discuto que un país entero se ordene alrededor de una consigna, y que de una consigna salga una carta fundamental. No se estaba escribiendo una Constitución para el Chile real. Se estaba escribiendo la de un país imaginario.
Frente a esto, ciudadanos sin partido tomaron posición. Cristián Warnken, profesor, escritor y poeta, le quitó al insulto amarillo su carga de tibieza, poniéndole nombre y cuerpo a una causa impopular en su propio mundo, el cultural. José Rodríguez Elizondo, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, ex militante comunista y 17 años de exilio, se dedicó a explicarles a los chilenos qué significaba de verdad la plurinacionalidad, hasta que la palabra dejó de sonar inofensiva. Fuimos 79 quienes firmamos ese manifiesto en febrero de 2022, y Amarillos por Chile llegó a más de 70 mil adherentes. Me consta, porque los vimos entrar uno a uno. Estudiamos aquella propuesta. Emitimos las famosas alertas amarillas. Recorrimos barrios, plazas y el país entero para explicar los problemas de esa Constitución. En la vereda de enfrente, defendiendo el texto, estaba el Frente Amplio, el Partido Comunista, el Socialismo Democrático y la DC. Sabían que esa propuesta era infinanciable y que dividía el país en once naciones.
Quisiera creer en que es verdaderamente posible llevar a cabo lo que proponen en la carta Bellolio y Vodanovic. La realidad de los hechos me dice que no parece posible en el Chile de hoy. Tengo cuatro razones, y son exactamente los cuatro momentos cruciales en que estos dos alcaldes estuvieron en las antípodas.
La primera es octubre de 2019. El 18 de octubre de 2021, ya siendo alcalde, Vodanovic conmemoró el estallido con un cabildo estudiantil en un colegio de Maipú y les explicó a los niños que cuando se escribieron las reglas en Chile estábamos en dictadura, que pocas personas las escribieron sin preguntarle a nadie, y que después del 18 de octubre la gente se movilizó para escribirlas entre todos. No encontré ninguna condena suya a la violencia octubrista. Bellolio, en cambio, fue ministro vocero de Sebastián Piñera entre julio de 2020 y marzo de 2022, es decir, la voz del gobierno que cargó con las consecuencias de ese mismo octubre.
La segunda es la Constitución. Bellolio estuvo por el Rechazo. Vodanovic estuvo en la otra orilla, y no de manera discreta. En julio de 2022 anunció una fiesta por el Apruebo en la Plaza de Maipú y tuvo que aclarar por Instagram que el evento no involucraba ningún recurso municipal, después de que la Contraloría dictaminara que su municipio y otros tres se habían excedido promoviendo el plebiscito. Y aquí está lo que de verdad importa. Perdieron el plebiscito y nunca revisaron el fondo de lo que habían defendido. Hubo cambio de gabinete y la frase fue que las urgencias eran otras. Quien posterga no rectifica.
La tercera es que el 10 de noviembre, el cierre de campaña presidencial de la candidata comunista Jeanette Jara se llevó a cabo junto a Vodanovic en la Plaza de Maipú.
La cuarta elegida es hoy, y es elocuente. Cuando el gobierno de Kast presentó la Ley de Reconstrucción Nacional, la bancada completa del Frente Amplio votó en contra junto al Partido Comunista, y Vodanovic se convirtió en el principal rostro opositor de esa reforma. Jaime Bellolio milita en el partido que la sostiene. El Primer Congreso Ideológico del Frente Amplio cerró el 28 de junio reafirmando al partido como socialista, con un horizonte declarado de superación del capitalismo, y Vodanovic no puso un solo reparo. Esta misma semana, el diputado Jaime Bassa, del mismo partido y exvicepresidente de la Convención, sostuvo que las discusiones que abrió aquel órgano siguen plenamente vigentes y que su horizonte político no desapareció el 4 de septiembre. Si un alcalde invita a construir acuerdos para los próximos 30 años a título personal, mientras su partido sostiene lo contrario, no hay acuerdo. Hay solo buenas intenciones plasmadas en una carta.
Boric, hoy es el verdadero líder del Frente Amplio, cuya nueva presidenta es Gael Yeomans, la más cercana al comunismo. Sus últimos dichos confirman su posición de antaño.
Isaiah Berlin escribió que si los fines de los hombres son muchos y no todos compatibles entre sí, la posibilidad del conflicto y de la tragedia no puede eliminarse nunca de la vida humana, y que la necesidad de elegir entre pretensiones absolutas es una condición inescapable. Por eso creo que sí se puede acordar desde formas de pensar tan distintas, pero no fingiendo que son conciliables. Se logra de una sola manera, y es que cada uno diga en voz alta a qué renuncia. ¿Qué cederá Jaime Bellolio? ¿Y qué cederá Tomás Vodanovic?
Por cierto, tengo la convicción de que ambos son presidenciables. Talento, experiencia , inteligencia y el deseo de sacar a Chile adelante.
Este viernes se cumplen cuatro años de aquel 4 de septiembre que modificó el clivaje al Rechazo o el Apruebo. Ese día los chilenos hicieron su parte, y la hicieron votando. Dijeron que no querían refundar el país sino corregirlo, y esa respuesta sigue sin administrarse. Plantar árboles a cuya sombra no nos vamos a sentar es exactamente lo que hay que hacer, y en eso tienen toda la razón. Pero antes hay que ponerse de acuerdo en cómo hacerlo desde su pertenencia a coaliciones tan opuestas . El 4 de septiembre de 2022 es la mejor medida de lo lejos que están.
Y hay algo que conviene decir, porque ocurrió esta semana. Dos días después de firmar la carta, Bellolio le pidió al gobierno de Kast retirar su reforma de seguridad, y su propio sector se le fue encima. Diputados de la UDI, de Republicanos y un senador de RN lo criticaron en público. Eso es exactamente lo que cuesta salir de la trinchera. La pregunta que queda abierta es en qué cedería el sector de Tomás Vodanovic y en qué los enfrentaría.
Quisiera pensar que ambos buscan sacarle el sentido de “opositor permanente” a la oposición y transformarla en una oposición dialogante y colaboradora de un gobierno cualquiera. Acordar requiere ceder. Qué y cuánto, lo desconocemos por ahora.

La columna exige que Bellolio y Vodanovic digan a qué renuncian antes de acordar. Pero ésa es una concepción demasiado exigente —y curiosamente poco pluralista— del acuerdo democrático.
Acordar no exige convertirse al adversario ni pedirle una retractación retrospectiva de todo aquello que alguna vez defendió. Exige identificar aquello que, aun pensando distinto, ambos pueden hacer juntos.
Si para reformar el empleo público Vodanovic debe primero abjurar del Apruebo, y Bellolio responder por cada decisión de la derecha, no estamos construyendo acuerdos: estamos administrando certificados de pureza ideológica.
La democracia no empieza cuando desaparecen las diferencias. Empieza cuando dejamos de exigir que desaparezcan para poder cooperar.