Una vez más hemos llegado a la celebración de las Fiestas Patrias -que tienen como momento cumbre este viernes 18 de septiembre- una fecha clave del ritual patriótico de cada año desde hace más de dos siglos.

Es verdad que el 18 de septiembre de 1810 fue una fecha que puede ser considerada ambigua en términos de lo que significa la independencia de un país. En esa jornada se formó la Primera Junta de Gobierno, que tuvo su origen en el territorio nacional, pero significó una continuidad de la lealtad al rey Fernando VII. Sin embargo, como precisó la Declaración de la Independencia en 1818, “La revolución del 18 de Septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza: sus habitantes han probado desde entonces la energía y firmeza de su voluntad, arrostrando las vicisitudes de una gran guerra en que el gobierno español ha querido hacer ver que su política con respecto a la América sobrevivirá al trastorno de todos los abusos”. De esta manera, el 18 marcó -históricamente hablando- el comienzo del cambio político, quizá el más relevante de toda la trayectoria chilena desde el siglo XVI en adelante.

En las primeras décadas de vida republicana, existió lo que Paulina Peralta ha llamado una “pluralidad festiva”, en su libro Chile tiene fiesta. En esos años la Independencia se celebraba los 12 de febrero, el 5 de abril y el 18 de septiembre. Las primeras fechas se referían a algunos de los acontecimientos bélicos más importantes del proceso de emancipación, como fueron las batallas de Chacabuco y de Maipú. Finalmente, solo el 18 terminó siendo la gran fiesta nacional, en la que coincidían celebraciones musicales, los juegos de guerra, el Te Deum y las chinganas, pampillas o ramadas, donde se expresaba el fervor popular. Si observamos la tradición histórica y el presente, son fórmulas que se mantienen hasta hoy, con algunos cambios de nomenclatura (Parada Militar en vez de juegos de guerra) y el establecimiento de un Te Deum “ecuménico”, como se le denomina.

Este nuevo aniversario de las Fiestas Patrias es un excelente momento para celebrar, en todas sus dimensiones: en las fondas y bailes, en las ceremonias religiosas y ciertamente en la gran Parada Militar, uno de los eventos que concita mayor atención del público, que vibra con Los viejos estandartes y con otras marchas que ya forman parte de nuestra tradición. Pero también es una excelente oportunidad para que renovemos personalmente nuestro amor a Chile y el compromiso de cada uno de nosotros para que sea un país mejor, no desde la perspectiva de las declaraciones, sino en la realidad cotidiana y en las acciones que estemos dispuestos a realizar.

Primero, trabajar más y mejor. Esto es un desafío para las personas, pero también para el Estado y la sociedad. Tener casi un millón de personas desempleadas es un drama social que no nos puede dejar indiferentes. El mundo político debe hacer una autocrítica y tiene que destrabar aquello que retrasa los proyectos y condena a tantos compatriotas a la cesantía. Pero también nosotros debemos poner a las personas en el centro de las motivaciones: la inteligencia artificial debe servir a que el ser humano se desarrolle más, tenemos que pensar en quienes reciben el fruto de nuestro trabajo, debemos respetar y admirar a cada chileno que procura salir adelante.

Segundo, vivir una solidaridad activa. Esto, además del mencionado trabajo bien hecho, implica sentir el dolor ajeno como propio: la cesantía, la enfermedad, la falta de una adecuada enseñanza, la pobreza. Con ello nos ponemos de inmediato en guardia para dar vuelta el partido y permitir que la gente viva mejor. Dar y darse, pensar más en la gente que lo necesita y actuar en consecuencia.

Tercero, procurar conocer mejor a Chile. Esto significa, ojalá, poder recorrer su hermosa y variada geografía, revisar y leer su historia, para conocerla y comprenderla, no para caer en chauvinismos o en falsas imágenes del pasado. Chile es un país maravilloso, incluso si no fuera el nuestro. Con problemas, es cierto, pero con una trayectoria institucional bastante continua, con cordillera y mar, desierto y Patagonia, campos y ciudades, ríos y valles y tantas sorpresas que quizá no sopesamos adecuadamente.

Chile no es solo un nombre ni un lugar en el mapa del mundo. Chile es la patria, y es preciso amar a la patria como a una madre. No se trata de gritar un falso amor ni mucho menos descalificar a otros países cuyos pueblos tienen el legítimo derecho a amarlos. El tema es otro: no queremos a Chile porque sea mejor que los vecinos o que otras naciones latinoamericanas, tampoco lo amamos porque es un país que ha llegado a ser grande o poderoso, por su gobierno o Constitución, por sus años de crecimiento económico o por ganar una guerra: queremos a Chile porque es la patria, y hay que amar a la patria como a una madre, porque nos ha dado la vida, o porque hemos vivido bajo su manto, porque nos reúne desde hace siglos y nos permite soñar y comprometernos en un futuro común y ojalá mejor.

En ningún caso eso va a significar una historia sin problemas, una política idílica o una economía siempre próspera. El tema es otro. Querer y comprometerse. En el siglo XIX hubo quienes estuvieron dispuestos a morir por la patria, como muestra el ejemplo de Arturo Prat aquel lejano, pero siempre presente 21 de mayo, así como de tantos otros compatriotas que también encontraron la muerte en similares circunstancias. Algunos también mueren hoy en el cumplimiento del deber, como muestran algunos carabineros, bomberos y brigadistas en distintas situaciones. A nosotros, casi con seguridad, no se nos dará morir por Chile. Por lo mismo, este 18 de septiembre debemos renovar nuestro compromiso de vivir por Chile. El patriotismo no es fanatismo ni mucho menos xenofobia: es amor y su expresión concreta, la entrega decidida por la patria y su pueblo.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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