El deslumbramiento con las herramientas artificiales de la “inteligencia” domina nuestra discusión pública y permea los contextos educativos. Y no es para menos. Lo que son capaces de ofrecer los modelos generativos de lenguaje como ChatGPT no puede sino despertar asombro, y no es extraño que en ciertos casos levante la pregunta sobre el futuro del trabajo y la potencial obsolescencia de ciertas competencias cognitivas humanas. La capacidad efectiva de estos sintetizadores de grandes volúmenes de información parece estar transformando nuestro modo de comprender la educación en todos sus niveles con enormes implicancias a nivel personal y público, aunque no necesariamente en la dirección que supone el alegre optimismo tecnológico.
Una mirada rápida a lo que ocurre en las universidades puede dar pistas sobre esto. Junto con ofrecer atractivas oportunidades para el aprendizaje -como la búsqueda focalizada de material, la elaboración de ejercicios matemáticos o la corrección de textos-, la IA admite usos que se han expandido con rapidez entre los alumnos y que, en su conjunto, van sustituyendo las actividades propias de estudiar y aprender: tomar apuntes en clases, leer y resumir textos, analizar datos de todo tipo, o estructurar o derechamente escribir informes o ensayos. Hay casos en que los profesores preguntan a sus estudiantes sobre los trabajos que en teoría escribieron y no pueden responder porque no leyeron lo producido por el ChatGPT. Algunos académicos han renunciado a los ejercicios de escritura argumentativa como forma de evaluación y aprendizaje y otros, desmotivados al saber que sus estudiantes fabrican artificialmente sus trabajos y no poder demostrarlo, optan incluso por corregir con IA, lo que transforma la educación en una inquietante conversación entre máquinas que no deja de tener rasgos distópicos. El estudiante simula que aprende y el profesor simula que corrige, y el desencanto de ambos ante la instrumentalización de lo académico no puede sino agudizarse. Es la radicalización de la universidad como mercado transaccional de títulos, como industria de certificaciones a cualquier precio.
Así, el sentido mismo de la educación universitaria como ámbito fundamental de la transmisión intergeneracional del saber y la creación de nuevo conocimiento queda en duda, en un contexto en que ciertos usos de la IA se consideran una fuerza incontenible y, en algunos casos, el horizonte mismo del esfuerzo educativo. La novedad específica de los modelos de generación de lenguaje consiste en su capacidad de simular la interacción humana e incluso la creatividad, lo que la sitúa un lugar distinto y más radical que el de una simple “herramienta” tecnológica. La máquina como interlocutor parece volver superfluas las interacciones entre profesores y estudiantes y la premisa parece ser que, si la IA siempre superará a los humanos en la capacidad de sintetizar inmensas cantidades de información, la educación debiera centrarse en habilitar para el uso más eficaz de ella. La cuestión es adquirir la técnica de exprimir la máquina en toda su capacidad técnica, ser competente en hacerla hablar mediante ciertos prompts o instrucciones. En la máquina está todo: sólo basta tocar las teclas correctas, ser hábil para frotar la lámpara y hacer salir al genio. La creatividad consiste entonces en la capacidad de provocar respuestas eficaces del sistema. La pregunta es, al servicio de qué fines.
Porque no hay que ser un genio para intuir la pérdida que puede entrañar ese reenfoque educativo, la renuncia al ejercicio del propio lenguaje, de las propias síntesis, las propias exploraciones arriesgadas, las propias conexiones de sentido a partir de auténticas interacciones con otros. Si se va más allá de la euforia tecnológica, es posible percibir que lo que se pierde no es sólo un set de habilidades sustituibles, un repertorio de competencias que reemplazaremos asépticamente por otras nuevas. Como hizo ver lúcidamente el filósofo norteamericano Matthew Crawford en su reciente visita a Chile, lo que está en juego es el despliegue de lo humano y la coherencia personal a la que en principio apunta todo proceso educativo. Frente a la hegemonía de la máquina, sólo cabe la rendición fragmentaria del yo y, con ella, la debilidad del pensamiento, la pérdida de biodiversidad intelectual, de auténtica capacidad creativa. La posibilidad de articular la vida en primera persona se vuelve esquiva frente a la esperanza final en la eficacia técnica, en el genio de la lámpara que provee resultados asombrosos pero que no encuentran terreno en que arraigar, que permanecen inconexos en el confuso mar de los datos sin sujeto.
El problema no es entonces el artificio humano “inteligente” -cuyos rasgos de genialidad penden del fascinante entramado de inteligencias que lo han hecho posible- sino el deslumbramiento irreflexivo ante esa construcción técnica al punto de invertir la relación con ella. Si la palabra “educación” aún significa algo, no puede ser un mero entrenamiento tecnológico, sino un trabajo fundamentalmente artesanal, el acompañamiento paciente de un despliegue humano en el cual la palabra articulada de manera interpersonal resulta insustituible. Para Crawford, la IA podrá imitar muchas cosas, pero jamás el eros, la atracción por la verdad, el dinamismo originario capaz de poner en marcha ese despliegue. Sólo otro “alguien” que experimenta ese impulso puede entrar en sintonía artesanal con él.
