Los recientes descargos de la ex canciller Antonia Urrejola en el diario español El País, el pasado 5 de abril, han dejado entender que la causa de su salida sería la misoginia de “un grupo de interés”, anexo al Ministerio de Relaciones Exteriores, que ha establecido ciertos consensos acerca de qué se debe hacer en la política exterior.
Tal grupo, debería ser, el que sostuvo y diseñó la política exterior durante la Concertación, y al cual en diversos foros algunos han aludido como la vieja guardia o los afortunados que estuvieron para esa coalición e incluso parte del periodo de Piñera. Eso es perfectamente correcto, pues no hubo críticas de sectores de centroderecha dentro del Ministerio, y recibió apoyo constante del foro de ex Cancilleres por Teodoro Ribera y Soledad Alvear, quienes no son de izquierda. Por lo menos en el nivel de entorpecer su gestión. Más bien todo lo que sucedió fueron errores dentro del mismo campo de adhesión cercano al Presidente y su equipo, del cual Urrejola pertenecía. Quizás una distinción sutil que se podría establecer era que la ex ministra se había formado en el campo de las relaciones exteriores, pero no necesariamente de la diplomacia.
En segundo lugar, el diseño político innovador fue obstaculizado efectivamente por la continua interrupción presidencial en materias que desconocía, en principio simples cuestiones de etiqueta diplomática -sus críticas al Rey de España y la negativa a recibir tras haberlo invitado al embajador de Israel. “Fue parte del aprendizaje y no solo en Relaciones Exteriores, sino en general en su papel como Presidente: cuidar más las palabras”. En suma, como manifestó la ex Canciller, el Presidente pudo haberse ahorrado esas intervenciones que generan problemas, eso sin contar la vez en que desconoció que, a su lado, en la misma mesa, estaba un representante de Estados Unidos al que criticó por… su inasistencia.
También sostuvo que era incorrecto cuestionar su legítimo periodo de vacaciones (antes había dicho el 14 de febrero «Las vacaciones son un derecho laboral»). “La resistencia que sufrí en Chile sobrepasó todos los límites. Entiendo el debate y las críticas políticas, pero eso se transformó en críticas personales, acoso, inventos a través de la prensa. La guinda de la torta fue lo que ocurrió en febrero durante los incendios forestales“. Lo cual siendo verdadero en un estricto sentido funcionario, no lo es para el papel de político que encarna un ministro. Cuando se disfruta de una confianza tan enorme que dirige cientos de personas, se entiende que las autoridades superiores deben mostrar visibilidad a costa de su vacaciones y sacrificios menores de su vida, en consonancia con las atribuciones, responsabilidades y privilegios que ostentan en relación al cargo.
La tercera fase respecto de sus errores respecto a sus juicios sobre Argentina, Bielsa y Fernández, lo que hay que reprochar no es la franqueza, sino la desprolijidad respecto de los hechos mencionados.
Primero, el hecho que se llevara una grabación consentida por una funcionaria del mismo servicio, en vez de un trabajo de resumen escrito de funcionarios entrenados que elaboran documentos oficiales en los cuales no figuran otras razones que las escritas y en un lenguaje adecuado. No hubo conspiración, como sugirió un diputado, sino simple negligencia de guardar en un celular, ese archivo de voz entre otros y enviarlo por error. Eso describe bien la falta de prolijidad y el equipo de poca calidad. Para un servicio como ese, no es posible ahorrarse el trabajo de transcribir, confiándolo a instrumentos que no pueden calibrar los dichos sin una edición.
Tampoco es muy normal el cierto grado de desapego que se evidenció respecto de principios jurídicos internacionales que estaban mencionados, atribuyéndolos ella y sus contertulios a administraciones pasadas, como si los intereses de Chile fueran cambiantes de gobierno en gobierno. Y esos problemas de juicio sacudieron las relaciones chileno-argentina, estableciendo un ámbito de intocabilidad respecto de los actos de embajador y Presidente de Argentina que ciertamente dañan las relaciones, así como alocuciones imprudentes de Boric sobre la Presidenta peruana Boluarte y su escasa percepción acerca de qué busca Bolivia frente a Chile, no sólo en su hostilidad con sus responsabilidades en la crisis migratoria del norte chileno, sino en su persistente estrategia por hacerse de un control indirecto de los Océanos evidenciada en su propuesta a la Conferencia sobre el derecho al Agua de Naciones Unidas, o reincidir en su reclamo de salida al mar.
En este sentido el canciller boliviano, Rogelio Mayta, sostuvo la necesidad de «Promover el derecho humano al mar que no solo contemple el acceso o aprovechamiento de recursos marinos, sino que signifique el derecho de todos los pueblos con o sin costa a decidir acciones que restablezca el equilibrio entre la tierra y el mar”.
Hay pues un continente de dimensiones que dañaron la política exterior, aunque algunos de ellos fueron provocados por el Presidente, interfiriendo es cierto su conducción sectorial; otros se debieron a herencias indeseadas, que son transversales, con los países vecinos y no se corrigieron (por ejemplo la reconvención a Bielsa y un tono distinto frente a Fernández, o la ambigüedad frente a Arce), y otros en cambio se generaron por el diseño de una nueva política exterior que comprometió su eficacia.
Por eso la ex canciller suspendió una última gira en Europa, ya que era evidente que los embajadores residentes informaron a sus superiores acerca de su debilidad política interna y externa. Finalmente, cuando se tiene la confianza de cualquier Jefe de Estado, no se ventilan aspectos de política exterior y de relaciones personales ante un medio de otro país. En todo lo dicho no hay nada de misoginia, y tampoco de autocrítica.
*Cristian Garay Vera, historiador
