Chile es un país sobrepolitizado, como indica una rápida lectura de la prensa y de las redes sociales. Incluso los programas de farándula muestran interés por lo que está pasando en la vida pública, a lo que se suman cada semana múltiples programas de radio o que se realizan por otros medios, lo que ha permitido multiplicar las voces y los comentarios. Si algo queda claro, es que esta politización no se debe a la persona que gobierna, por cuanto la situación se ha repetido tanto con Gabriel Boric como con José Antonio Kast, e incluso en los años previos.
Diversos aspectos contribuyen a esta realidad. Primero, me parece clave la efectiva relevancia de la política en la vida del país y de sus habitantes. Por ejemplo, así queda demostrado con una situación tan lejana, como la guerra entre Estados Unidos e Irán, llena de decisiones de poder que han afectado de manera importante a Chile, que siente la evolución de ese conflicto, complementado con la realidad fiscal heredada de la administración anterior y las decisiones del actual gobierno. Segundo, en el caso de Chile influye la situación que ha vivido en los últimos siete años, desde la revolución de octubre de 2019 hasta el presente, pasando por una gran cantidad de elecciones, procesos constituyentes, cambios de gobiernos –Piñera, Boric y Kast– y la instalación de diversos temas y personajes en la agenda pública. Tercero, resulta clave la polarización del país, que permite la agudización de las críticas y la socialización del conflicto político, con todo lo que ello implica. Por eso la sociedad se hace parte de las disputas, las barras bravas (o no tanto) se despliegan para apoyar a sus dirigentes o partidos y para atacar a los contrarios. Cuarto, la pérdida de ciertos consensos fundamentales, lo que lleva a discutir las bases mismas del orden constitucional e impiden la existencia de puntos básicos de acuerdo que faciliten los diagnósticos y las soluciones a los problemas del país. Finalmente, por la razón obvia que hemos observado en los últimos años, de proliferación de las redes sociales, lo que amplifica la llegada de la información y de las opiniones, viraliza declaraciones, reproduce información seria, memes, fake news y programas que en otros tiempos habrían sido inimaginables. Con todo, estoy convencido de que todo lo anterior entraña una distorsión de la realidad y de lo que debería ser la propia política.
Los desafíos actuales de Chile tienen una dimensión política, pero van mucho más allá. Existe un relativo estancamiento económico, hay problemas sociales agudos y persistentes, y lo mismo se podría decir en el plano cultural, religioso, en materia poblacional o incluso de busca de sentido. Y todo lo anterior, que sin duda tiene una dimensión política, podría agruparse mejor bajo el concepto “social”, ámbito donde se insertan los grandes problemas nacionales, habitualmente relegados a segundo plano precisamente por la primacía de la política, la lucha por el poder. En el plano social podemos incluir las dificultades en salud, educación y vivienda, pero también la integración en la sociedad, las necesarias manifestaciones de la cultura y el desarrollo material y espiritual de los chilenos.
La respuesta a la sobrepolitización de la sociedad puede venir de la política, pero también de los medios de comunicación y de las propias personas y agrupaciones intermedias, de las empresas y de las instituciones vinculadas precisamente al ámbito social. Es necesario y urgente poner prioridad a las listas de espera en salud, a la mala calidad de la educación, al déficit de vivienda o a la seguridad en los barrios más populares y en el país en general. Se trata de poner un objetivo sencillo y claro en el corazón de las políticas públicas y de las ocupaciones ciudadanas: que la gente pueda vivir mejor. Nada más, nada menos. Que las personas puedan desarrollar con mejores perspectivas sus proyectos de vida, con condiciones materiales adecuadas y en un marco de libertad y seguridad, son criterios que deben producir un consenso inicial fácil de lograr. A ello hay que sumar un segundo aspecto, que siempre resulta más complejo: la necesidad de poner las metas y poder constatar efectivamente el progreso social de Chile, que debiera ser una aspiración común, sentida, trabajada y lograda.
Cuando se realizó el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, el resultado fue tan contundente que parecía clara la decisión del país: debía mantenerse la Constitución vigente y seguir adelante en otros temas pendientes. Pero se inició un segundo proceso constituyente, que al menos fue tiempo perdido. En lo personal, manifesté entonces que Chile requería un gran acuerdo social, y que era el momento en que los diferentes sectores políticos confluyeran en un diagnóstico y en las medidas necesarias para afrontar aquellos problemas que afectan la calidad de vida de la población. Para ello, ayer como hoy, resulta necesario revertir la mirada pequeña y ultradirigida, para avanzar hacia una visión más amplia y omnicomprensiva. El gobierno y la oposición deben volcarse con fuerza hacia los temas pendientes y reducir el ámbito de conflicto a su lugar propio.
Para enfrentar los desafíos de Chile en materia social se puede comenzar por los datos, las necesarias estadísticas, pero eso no basta. La decadencia de la enseñanza estatal tiene manifestaciones múltiples, como es notoria la falta de viviendas y el aumento de familias viviendo en campamentos. En salud las listas de espera generales y para operaciones parecen interminables e inabordables, mientras la seguridad en las poblaciones brilla por su ausencia. La droga, el ocio y la delincuencia mantienen atrapados a miles de jóvenes, con las perniciosas consecuencias que ello tiene para la vida nacional y de los propios afectados. La falta de soluciones en materia social podría generar acostumbramiento en un primer momento, que luego se traduce en decepción y falta de oportunidades. Sin embargo, a la larga, la persistencia de los problemas sociales produce rabia y rebelión, afectan no sólo la vida en sociedad, sino que tienen un impacto político que ya hemos vivido en el pasado reciente, con su cuota de drama y perdición.
Hace rato que llegó la hora de cambiar el foco, pero Chile parece varado en la sobrepolitización y en las querellas partidistas, en la lógica gobierno-oposición, en la cuña para los reels o en las acusaciones cruzadas. Aunque es tarde, todavía es posible y más que necesario poner el foco en los problemas sociales, en las personas, en quienes sufren, en definitiva, en todos los que deberían vivir mejor. Chile es un país extraordinario y con un enorme potencial, pero por años nos hemos acostumbrado a la mediocridad, a coquetear con el peligro de la decadencia y a alimentar el temor de que las nuevas generaciones tendrán una vida peor que sus padres. Sin embargo, Chile no está condenado, ni mucho menos. Pero se requiere madurez para salir adelante y para enfrentar los desafíos reales del país con decisión y determinación, para lograr una victoria verdadera y no un mero tránsito por la medianía, el olvido o la traición.

Creo que ya, durante la lucha misma por la Independencia fue así, destierros de algunos, asesinatos directos o encubierto de otros, dos o tres guerras civiles, golpes de estado, asonadas subversivas. Creo que entre 1990 y 2010 fueron los únicos treinta años de relativa paz y convivencia cívica