En tiempos de decadencia, las naciones no piden gerentes. Piden terremotos. Hombres avanzados capaces de alterar el curso de la historia, aún a riesgo de parecer monstruosos para sus contemporáneos. En el siglo XIX argentino, ese papel lo encarnó Domingo Faustino Sarmiento. En el XXI, lo encarna Javier Milei.

Sarmiento creía en el Estado como herramienta de civilización: educador, centralizador, modernizador. Su pasión era la escuela, su obsesión, la cultura europea, su método, la imposición vertical. Era brutal en sus juicios, despiadado en sus adjetivos, y aun así, fundacional. Milei, en cambio, identifica en ese mismo Estado la raíz de todos los males: la pobreza estructural, la inflación crónica, el privilegio corporativo. Si Sarmiento quiso “bajar Europa por decreto”, Milei quiere “liberar a los ciudadanos a fuerza de motosierra”.

Los une el desprecio por las formas establecidas, la demolición de lo políticamente correcto, la fe absoluta en sus propias ideas. Ambos fueron, o son, necesarios como desbordes históricos. Pero ni uno bastó entonces, ni el otro bastará ahora.

Sarmiento no estuvo solo. A su lado -o mejor dicho, en su contrapunto necesario- estuvo Juan Bautista Alberdi, exiliado en Chile durante años claves de su madurez intelectual, desde donde escribió sus famosas Cartas Quillotanas y su obra fundacional, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Mientras Sarmiento vociferaba desde las tribunas y fundaba escuelas, Alberdi pensaba en la arquitectura jurídica que pudiera contener el impulso modernizador sin convertirlo en despotismo.

La disputa entre Sarmiento y Alberdi fue tan feroz como necesaria. Sarmiento, con su pluma incendiaria, lo llamó «truchimán», «cara y alma de conejo», «alma muerta», «gazmoño», «mentiroso por hábito», «camaleón», «ratoncito», «tuno», «esponja de limpiar muebles», «eunuco», «gorgojito», “soltero a la caza de viudas”. No eran simples insultos: eran exorcismos. Sarmiento no soportaba la prudencia institucionalista de Alberdi. Pero sin esa prudencia, su furia, por útil que fuera en su momento, hubiese quedado sin legado.

Esa conjunción entre ruptura y derecho, fue la base de lo que vino después: la Argentina liberal de fines del siglo XIX, que bajo Avellaneda y Roca se integró al mundo, atrajo inmigración, construyó ferrocarriles, consolidó el sistema educativo y -con seguridad jurídica, orden fiscal y comercio exterior- se convirtió en una de las economías más dinámicas del planeta. En 1910, Argentina era la séptima potencia económica mundial. Su ingreso per cápita rivalizaba con el de Alemania y Francia. No fue una utopía. Fue un ejemplo real de lo que ocurre cuando la libertad se institucionaliza. Y como tantas veces ha dicho el Presidente argentino, se puede repetir.

Un siglo y medio más tarde, la Argentina se encuentra otra vez ante una encrucijada. Tras veinte años de kirchnerismo, que destruyó no sólo la economía, sino también el alma institucional del país, Milei aparece como fuerza disruptiva. Pero, como entonces, el fuego solo no basta.

El kirchnerismo dejó una cultura política basada en la vulgaridad, el resentimiento y la mentira. Durante dos décadas, degradó sistemáticamente el lenguaje público, los códigos de deliberación y el valor de la ley. Cristina Kirchner hizo de la prepotencia un estilo, y de la grosería una estrategia. Naturalizó el atropello. En ese terreno arrasado aparece Milei. No es el que inventa la ruptura, es el que viene a administrar los escombros.

En sólo 16 meses ha logrado lo que nadie se atrevió: redujo el gasto nacional en un 25%, eliminó un déficit de 5 puntos del PBI, llevó la inflación mensual del 25% a menos del 2%, y redujo la pobreza en 20 puntos. Comenzó a desregular sectores claves como el comercio exterior, los mercados financieros, el sector de obras públicas, el transporte y el empleo público. Y lo hizo enfrentando a todos: sindicatos, empresarios prebendarios, medios de comunicación pagados con pauta oficial y corporaciones políticas que llevan 40 años enquistadas en el poder.

Milei no engañó a nadie. Su estilo era visible desde sus apariciones en televisión, cuando gritaba en paneles de debate como quien discute en un bar de madrugada. No fue un vicio adquirido con el poder, sino una marca identitaria desde el inicio. Y, sin embargo, lo que en campaña podía parecer autenticidad heroica, en el ejercicio del gobierno puede volverse un problema de legitimidad. La confianza, el apoyo, la simpatía son inmaterialidades que sostienen el programa de cambio. En una sociedad donde parte del electorado aún cree en la República y no en el barro, hay gestos que generan ruido, fisuras, distancia. No entre los enemigos, sino entre los aliados que el Presidente necesita.

Porque lo que falta es, quizás, lo más difícil. Para consolidar ese cambio, Milei necesita lo que Alberdi simbolizaba: estrategia, arquitectura institucional, alianzas. Su programa exige reformas profundas y de largo plazo: libre circulación de monedas sin curso forzoso, banca offshore, federalización de impuestos, apertura comercial real con el 60% del PBI mundial. Ninguna de esas transformaciones puede hacerse solo desde el gobierno nacional.

La pregunta es: ¿puede un presidente que se enfrenta a una casta parasitaria y décadas de destrucción permitirse actuar como un francotirador? ¿O necesita construir una nueva mayoría para barrer los privilegios de raíz?

No se trata de moderar las ideas. Se trata de ver lo que no se ve. Las formas, en ciertos contextos y para muchas personas, son fondo: porque generan confianza, abren puertas, facilitan pactos. No es claudicar, es construir. Es, en realidad, el siguiente escalón de la ofensiva: no dejarse arrastrar por la cultura política decadente que se viene a superar, sino superarla también en su forma.

Milei no ha violado reglas institucionales. Coqueteó con el abismo en la disputa sobre la designación de jueces de la Corte, pero retrocedió a tiempo. Es una señal. No va a transgredir ninguna regla constitucional, como hicieron todos sus antecesores. La República no necesita buenos modales impostados, pero sí necesita una estrategia que convierta la verdad que Milei tiene y viene a traer en poder, y el poder en reforma duradera.

Como en el siglo XIX, Milei necesita un Alberdi. No uno que le pida que se calle, sino uno que le ayude a institucionalizar el fuego. Esto no significa que deba aparecer una figura externa o un nuevo protagonista: Alberdi nunca fue presidente, ni pretendió serlo. Los tiempos han cambiado, y los equipos hoy son multidisciplinarios. Lo que se requiere no es otra voz, sino que desde su propio equipo -que ha demostrado capacidad técnica y convicción ideológica por demás- emerja la estrategia necesaria para esta nueva etapa. Porque la libertad, para sobrevivir, necesita arquitectura. Y porque un presidente solo, por más convencido que esté y capacidad que tenga, no puede derribar siglos de privilegios sin construir alianzas que le den forma a su audacia.

Abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas. PhD en Administración de Negocios.

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