Cumbre Mercosur 2015 Credit: Mercosur

Inquietud ha generado en algunos ambientes de la región la cruda litis verbal entre los presidentes de Brasil y Argentina. Se deploran los epítetos, las respuestas, las miradas torvas, los desaires, el escaso respeto por la trayectoria diplomática. Los más exasperados divisan un verdadero cataclismo bilateral con consecuencias “incalculables”. Independientemente de que el pleito es estentóreo, se observa una evidente exageración.

En primer lugar, estamos en presencia de un buen ejemplo de cómo el huracán de la política puede arrastrar cuanto encuentre a su paso. Basta revisar la historia de las relaciones internacionales para confirmar que el derecho, la diplomacia, las amistades y enemistades, el comercio y muchos otros asuntos se abruman ante el fragor de la política. Ese es el escenario de dicha litis. La política es la determinante de todo lo visto y escuchado estas últimas semanas. 

E. H. Carr visualizó esto hace ya décadas en su seminal obra “Crisis de los Veinte Años”. Allí señala de forma categórica algo que suele olvidarse: “la política es siempre la política del poder. Una vez que el conflicto se resuelve, deja de ser ‘político’ y se convierte en una cuestión administrativa”. Un verdadero axioma.  

Por lo tanto, por muchos paños fríos que quieran poner diplomáticos, comentaristas, empresarios, académicos y analistas, la pendencia entre Milei y Lula está en desarrollo y responde de forma total al ámbito de lo político. 

Hay que preguntarse entonces por las tracciones que tiene.

Primero, hay una electoral. Brasil tiene elecciones generales en tan sólo dos meses más. Se calcula que 158 millones de electores deberán decidir sobre una nueva élite política del país. Presidente y vicepresidente (para el período 2027-2031), 27 gobernadores, 54 senadores, 513 diputados federales, 1.035 diputados estatales y 24 diputados distritales. No es poco. Y aunque hay trece candidatos presidenciales, dos son los que protagonizan la disputa más agria. Son los símbolos de lo que está en juego. Las encuestas pronostican final fotográfico entre Lula y Bolsonaro Jr. Este último apoyado fervorosamente por Milei. Por razones, esencialmente, políticas.

Luego, el país, al igual que muchos otros de la región, atraviesa una severa polarización. Tal tendencia no es caída del cielo. Responde a los sismos propios del ingreso a una nueva etapa internacional, que, como ya es regular escucharlo, está dominada por una nueva guerra fría. Es decir, el posicionamiento internacional de Brasil es la otra gran tracción. Estas elecciones tendrán un tremendo impacto no sólo en cuestiones domésticas, sino, esencialmente, en la proyección de poder.

Esto último conecta con dos asuntos relevantes. Brasil es país clave para las franjas luso hablantes del planeta (casi 300 millones de personas). Ha cultivado además una densa relación con África. Y, quizás lo más importante, es un miembro activo de los BRICS.

El ambiente internacional sugiere que las relaciones con la América hispana y con Washington corren claro riesgo de deteriorarse con severidad, si gana Lula. Ahí se divisa otra clara tracción. En el plano hemisférico se observa la articulación de un conjunto de países hispanoamericanos con la administración Trump; ya en pleno despliegue. Más allá de si aquello es bueno o malo, si gusta o no gusta, tal ajuste es esencial de cara la nueva guerra fría. ¿Participará un futuro gobierno de Lula en la Coalición contra los Cárteles, por ejemplo? 

Por lo mismo, la cercanía de Lula con China adquirirá, en caso de su triunfo, un tremendo significado. Intuyendo aquello, D. Trump profundizó su ofensiva contra él, a sólo dos meses de las elecciones presidenciales. Dio un paso inesperado y enardeció a Lula. Le revocó la visa de su embajadora en Washington. Fue un tremendo gesto que da cuenta de la envergadura del diferendo en ciernes. Washington dijo que, con esto, simplemente respondía a la demora del gobierno de Lula en otorgar el beneplácito al embajador estadounidense designado, Daniel Pérez, y a la negativa a conceder visados a otros diplomáticos de EE.UU. 

Esta previa sugiere una relación tormentosa, si gana Lula. Cualquier observador pronosticaría una mayor aún a los BRICS, un vínculo más fuerte con África, así como un distanciamiento de Argentina y en general del hemisferio. La litis de ahora podría llegar a verse casi como un episodio anecdótico.

Una tracción adicional es entonces el liderazgo político regional. 

De paso, si gana Bolsonaro, América Latina actuará más en conjunto (dejando en el escenario a México en el rol de único y gran villano). Por de pronto, ha anunciado que las relaciones con Argentina son para él prioritarias.

Hay motivos de sobra entonces para que medios de comunicación y RRSS coincidan en describir el nerviosismo ambiental. Una verdadera pesadilla divisa cada uno si su adversario termina ocupado el palacio de Planalto durante el próximo período. Y nadie quiere admitir que el clima se irá enrareciendo aún más con el paso de los días y las semanas. Hasta el 25 de octubre, fecha de la segunda vuelta.

Por cierto que nada de esto se lo habrían imaginado los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney, los arquitectos de una relación relativamente armoniosa y cooperativa entre Argentina y Brasil y que perduró varias décadas. Ambos firmaron un pacto histórico, que terminó con la eterna rivalidad militar y la desconfianza mutua entre ambos países. Decidieron colaborar en todos los aspectos, incluso el nuclear. Aunque aquello respondió a vientos en el sentido inverso a lo de hoy, fue otro gran ejemplo, de cómo la política impone los ritmos y los acordes. La cercanía y voluntad de aquellos mandatarios lograron, entre otros, el nacimiento de Mercosur; algo inimaginable por aquellos años, cuando Brasil y Argentina se tenían como principal hipótesis de conflicto.

El tema del liderazgo político regional adquiere centralidad en el mundo turbulento que se vive y donde se observa una irrupción de potencias intermedias. Ocurre que esas potencias intermedias tienen una narrativa bastante especial. Hablan de bienes públicos globales y de un orden internacional basado en normas, pero en ningún caso generalizables ni menos carentes de objetivos claros y precisos.

Un buen ejemplo es el muy reciente pacto entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, formando una especie de OTAN musulmana. Su objetivo es operar coordinadamente en el plano regional en materias de seguridad y defensa. También ayudar a generar reequilibrios, combinando poder duro y el poder blando para alcanzar sus objetivos. Una perspectiva, que es bien vista por la Casa Blanca.  

¿Podría convocar a algo así Brasil?

La litis Lula-Milei ha sido intensa y descarnada, pero corresponde verla como reflejo de estos “tiempos dislocados” -como decía Shakespeare- y que ya también ha empezado a vivir la política de nuestra región.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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