duelo

La semana que quedó atrás nos habla de tragedias. Cuando aún no terminábamos de absorber la terrible devastación humana y material causada por  los incendios de la V Región, sufrimos la inesperada e impactante  noticia que el Presidente Sebastián Piñera había fallecido en un accidente aéreo en el lago Ranco.

Difícil expresar en una columna la conmoción que provocan las imágenes de la destrucción ocurrida en la V Región, a raíz de los incendios que arrasaron con innumerables proyectos de vida desarrollados con mucho trabajo, dedicación y esfuerzo. En pocos minutos, miles de compatriotas perdieron todo y hoy sufren sin saber cómo salir adelante. Hay cientos de fallecidos y desaparecidos y sólo escombros en lo que quedaron convertidas sus casas, sus pertenencias, sus recuerdos y se preguntan quienes les prestarán ayuda para intentar rehacer sus vidas.

Esto nos conduce a pensar en el desaparecido Presidente Piñera, quien hasta un día antes de su trágico fallecimiento, llamó al  Presidente Boric para comunicarle su preocupación e intención de ayudarlo a manejar la crisis de la V Región, aportándole ideas, conocimiento y experiencia acumulada en la extraordinaria reconstrucción que hizo de Chile después del terremoto del 27-F. De hecho, el gobierno va a implementar el Fondo Nacional de Reconstrucción creado en el primer gobierno  del fallecido Presidente.

Muchos de quienes compartieron su amistad como también colaboradores directos en los dos gobiernos que presidió han hablado, escrito y comentado públicamente sobre su liderazgo, sobre su legado, sobre su preocupación por el bienestar de Chile y los chilenos, así como también acerca de su condición humana, que destacaron por su cercanía, complicidad, apoyo y también por su sentido del humor.

No voy a profundizar en lo ya dicho pues quiero referirme a los sentimientos que expresaron esos chilenos anónimos que escribieron sus mensajes en los libros de condolencia habilitados para la gente, los apostados en la carretera y los miles de personas esperando poder rendirle un póstumo homenaje de reconocimiento en el salón del antiguo Congreso Nacional donde se velaron sus restos.

Los periodistas de los canales de televisión le preguntaron a infinidad de personas de todas las edades y las más diversas condiciones sociales, por qué estaban ahí. Las respuestas no se hicieron esperar y se les escuchó diciendo, para agradecerle lo que hizo por Chile; porque nos ayudó a tener nuestra casa propia; porque con él había trabajo; porque salvó a los 33; porque reconstruyó el país; porque nos salvó de morir gracias a las vacunas; porque era un gran Presidente; porque se preocupó por nosotros; porque nos dejó un país con más libertad; porque la economía funcionaba y por las más variadas razones que se repetían sin cesar.

Las reacciones que pudimos entrever de esas declaraciones nos hablan de un pueblo agradecido, de un pueblo anónimo que quiso demostrarle su cariño y su pesar ante su temprana partida, lo que ha sido muy emotivo.  Mientras escribo esta columna, siguen las interminables filas de personas que quieren entrar al Congreso a despedirse con respetuoso silencio por última vez y continúan expresándole a la prensa su solidaridad con la familia y su reconocimiento a la labor realizada por el Presidente.

Cuando veo ese pueblo expresándole gratitud pienso en cómo fue posible el octubrismo. Cómo fue posible que, en octubre de 2019, en pleno segundo gobierno, hubo quienes intentaron obligarlo a renunciar y lo trataron como si hubiera sido un Presidente que había cometido las peores atrocidades contra el pueblo. Lo acusaron de crímenes de lesa humanidad; le impusieron un parlamentarismo de facto; lo acusaron constitucionalmente dos veces para que no terminara el gobierno, poniendo la democracia en riesgo. Y mientras todo eso ocurría, quemaban el país por los cuatro costados.

Esos mismos, hoy, ante su deceso, lo destacan como un demócrata desde la primera hora e incluso hacen guardia de honor junto a su féretro en riguroso luto. Ante eso, me pregunto, ¿habrán reflexionado mientras estaban allí, haciendo un mea culpa por el daño que le causaron al Presidente Piñera y al país? ¿Se habrán arrepentido? Honestamente, no lo creo, pero como es imposible saberlo, solo el tiempo lo dirá.

Termino estas líneas deseando profundamente que la familia pueda encontrar consuelo ante su partida, sabiendo que se encuentra descansando en paz en manos de Dios.

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