Cuando el cortejo que acompañó el féretro de Camilo Escalona desde la sede del Partido Socialista hasta el Congreso Nacional pasó frente a La Moneda, la enorme bandera de Chile que preside la Alameda frente al palacio presidencial estaba a media asta. Era uno de los homenajes que se le rindieron a Camilo Escalona durante los dos días de duelo nacional decretados por su fallecimiento.

La bandera ondeó a media asta en todos los edificios y lugares públicos de Chile, rindiendo homenaje al hijo de un obrero panificador y de una dueña de casa, que no tuvo estudios ni títulos universitarios y que, a lo largo de sus 71 años de vida, no desempeñó otro oficio que la política.

Y no fue aquel el único homenaje. El Presidente de la República lo visitó en sus últimos momentos y llevó consuelo a su familia. También lo hicieron quienes fueron sus compañeros, sus aliados y sus adversarios, algunos de los cuales hablaron en su sepelio e hicieron guardia de honor junto a su ataúd, todos para reconocer en el adversario, en el camarada o en el amigo, una estatura que excedía las disputas de la contingencia. Durante esas jornadas, las palabras dichas y escritas sobre él, salvo excepciones inevitables, tuvieron también una rara unanimidad: fueron respetuosas y muchas veces de admiración.

¿Qué hizo Camilo Escalona para merecer ese respeto? Su vida política comenzó cuando era prácticamente un niño y sólo terminó con su último aliento. Después del golpe militar, su nombre apareció entre los de aquellas personas a las que el nuevo poder exigía que se entregaran para correr una suerte que para muchos significó la muerte. Camilo no se entregó y marchó al exilio. Volvió clandestino siendo todavía muy joven y, convertido en el “compañero Fabián”, ayudó a reorganizar su partido durante años feroces. Durante ese período estuvo dispuesto, junto a sus compañeros, a defender su vida con las armas si la represión los obligaba.

Con el regreso de la democracia asumió un papel principal como dirigente de una de las vertientes en que entonces estaba dividido el socialismo y, más tarde, cuando éste se reunificó, se convirtió en una de sus figuras centrales. Para muchos, durante un largo período, su imagen estuvo asociada a la dureza política y, dentro de su partido -que llegó a presidir en cinco oportunidades-, encabezó la que sin duda era su ala izquierda.

A ese hombre quiso despedir el Presidente, que compartió con él años de labor parlamentaria. En el momento de su partida, a ese hombre miraron con emoción sus adversarios, incluida la presidenta del Senado, cargo que él también ocupó. ¿Por qué lo hicieron? Porque el Camilo Escalona duro y vehemente, que defendía sus ideas con fuerza, no necesitaba insultar para defenderlas. Podía enfrentarse con un adversario sin convertirlo en enemigo. Podía negociar sin sentir que negociaba sus principios. Podía hacer concesiones sin considerar que había traicionado sus convicciones y nunca dejó de separar las diferencias políticas del afecto o la amistad. Porque ese hombre, que estuvo dispuesto a defenderse con un arma en la mano frente a la represión dictatorial, jamás utilizó la violencia como instrumento de la política democrática.

Por eso sé que no hubo cálculo alguno ni pose ni operación política en el duelo manifestado por quienes lo acompañaron y honraron en su partida. Fue un duelo auténtico por el hombre que se iba, pero también por aquello que él representó durante su vida: la capacidad de defender con tenacidad y arrojo las propias ideas e ideales, utilizando para ello los instrumentos que proporciona la democracia y nada más que esos instrumentos: el diálogo, la negociación y la búsqueda de acuerdos, ofreciendo como garantía la propia integridad y el respeto a la palabra empeñada.

Por eso ese duelo resulta todavía más doloroso en los días que corren. Porque aquello que Escalona representó parece pertenecer cada vez más a un tiempo que se aleja: el que se expresa en la idea de que se puede ser firme sin ser brutal; que se puede defender una convicción sin convertir al que piensa distinto en un enemigo; que el adversario político no deja por eso de ser una persona digna de respeto; que dialogar no es claudicar y que llegar a un acuerdo no es una traición.

Hoy, en cambio, la política y sus instituciones parecen con demasiada frecuencia un campo de batalla en el que todo vale, o el escenario en que algunos comediantes políticos están dispuestos a cualquier cosa con tal de llamar la atención y desarrollar sus carreras. Un escenario donde la estridencia vale más que el argumento, el insulto más que la razón y la humillación del adversario más que la victoria de las propias ideas. Todo parece demostrar, en suma, que el digno oficio al que Camilo Escalona dedicó su vida está siendo substituido por una ocupación en la que para avanzar hay que destruir al otro, en el que la negociación es una debilidad y cualquier acuerdo merece ser denunciado como una traición.

Quizás por eso las banderas ondearon a media asta durante aquellos días. Oficialmente, para despedir a Camilo Escalona. Pero acaso también para expresar algo más profundo: el dolor de un país que, al despedir a un hombre que dedicó su vida a la política, descubrió cuánto anhela una manera de hacer política que hoy parece estar desapareciendo.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.