El pasado 12 de febrero la copia de una resolución del Servel, acompañada de un “oficio conductor”, comunicó a trece partidos políticos que su registro legal será eliminado el próximo 4 de marzo y que sus militantes serán a su vez borrados de los registros correspondientes. Se les informaba así, con elegancia funeraria, que desaparecían. Entre esos partidos estaba Amarillos por Chile, el partido al que me integré con ilusión y en el que milité con esperanza durante los pasados años.
Sólo un par de años bastaron para que, quienes fuimos parte de esa experiencia, recorriéramos un trayecto político completo: desde el gesto moral inicial hasta la institucionalización partidaria y luego la desaparición. Una existencia corta que encarnó de manera elocuente el pulso de una sociedad y sobre todo de un orden político que exige transformaciones. Unas transformaciones que, como todas ellas, debe comenzar por el sinceramiento de lo que hoy existe: de la exposición valiente de lo que hoy hace daño. Y Amarillos representó, en una medida que sólo el tiempo podrá ayudar a calificar, un esfuerzo volcado por completo en esa dirección.
No es abusivo decir que el origen de Amarillos se encuentra en el hastío. En el hastío y la franca repulsión que el resentimiento social, travestido de “estallido” y expresado en vandalismo y destrucción insensata, provocó en un grupo de personas que nos atrevimos a criticarlo y, más importante, a criticarlo públicamente. Ambos gestos fueron importantes, porque lo que nuestro país sufría en ese momento no era sólo el vandalismo y el ánimo de destruir todo lo bello y útil que había generado nuestro desarrollo económico y cultural -no en treinta años, sino que a lo largo de toda su historia- sino también porque ese vandalismo parecía contar con un inquietante aval moral. Parte del periodismo, del mundo intelectual y de sectores autodefinidos como progresistas optaron por justificar lo injustificable, relativizando la violencia cuando provenía “de los nuestros” y condenándola sin matices cuando surgía del campo adversario. Ese doble estándar fue, para muchos, la gota que rebalsó el vaso: no solo se estaba frente a un estallido social, sino ante el colapso ético del discurso público. Personas que habíamos militado durante años en partidos de izquierda o centroizquierda comenzamos entonces a sentirnos ajenos en nuestras propias casas políticas.
De esa incomodidad moral y guiados por el ejemplo y la valentía de Cristián Warnken, nació primero una agrupación, luego un movimiento y finalmente un partido. El tránsito fue coherente porque la violencia callejera se transformó en proyecto político mediante una propuesta constitucional que, lejos de cerrar heridas, profundizaba la lógica amigo-enemigo y la polarización política del país. Frente a ello, Amarillos por Chile asumió una posición en ese momento impopular pero clara: no todo cambio es progreso y no toda ruptura es emancipadora. Defender la democracia liberal, el Estado de Derecho y la idea de un desarrollo económico necesario para lograr satisfacer los derechos sociales que con justicia reclaman chilenas y chilenos, pasó así de ser un acto de disidencia cultural a uno de definición política. En ese momento Amarillos por Chile encarnó la decisión -costosa, solitaria muchas veces- de decir No cuando el entorno exigía aplauso y de sostener una posición razonable cuando la épica dominante premiaba el grito y la exclusión.
Se trató, para casi todos los que finalmente nos incorporamos a Amarillos, no sólo de una ruptura y una nueva adhesión partidaria. Fue también el distanciamiento definitivo con la corrección política entendida como obediencia tribal; del rechazo a la lógica que convierte al adversario en un enemigo a destruir; del cansancio frente a una retórica que, en nombre de la justicia social, acepta en lo propio aquello que dice abominar en el adversario. Así, llegamos a Amarillos quienes habíamos militado demasiado tiempo y quienes no habían militado nunca; quienes dijeron antes de tiempo que el régimen cubano era una dictadura y sufrieron por ello miradas torvas durante años desde el mundo “progresista”; los que a veces debieron defender una causa que no compartían sólo porque esa era la actitud “progresista” y los que hasta ese momento no habían tenido un hogar político desde el cual proclamar sus causas.
Y, sobre todo, llegamos a Amarillos quienes creíamos en la necesidad de superar todo aquello. Quienes pensábamos que era urgente generar la voluntad política necesaria para abandonar el pensamiento y la actitud extrema y excluyente que nos ha mantenido polarizados y paralizados como país. Quienes creíamos en la necesidad de generar una fuerza nueva, dialogante e incluyente, una a la que se suele hacer referencia como “centro” aunque sea mucho más que eso, una que razonablemente busque el consenso para llevar adelante realizaciones que perduren en el tiempo y permitan retomar la senda de ese desarrollo económico y cultural que el vandalismo del “estallido” buscó eliminar.
Con ese horizonte, en su breve existencia Amarillos pudo participar en una elección de autoridades locales y otra de parlamentarios, así como brindar su apoyo explícito a una de las candidaturas en la primera vuelta presidencial. En las elecciones locales y parlamentarias, Amarillos decidió no poner su marca en arriendo, como ocurrió con otras organizaciones que llevaron como candidatos a independientes sólo con el objetivo de obtener los votos que les garantizaran la existencia (y el financiamiento estatal); en lugar de ello, en todas esas elecciones compitió con militantes o adherentes que expresaban fielmente sus ideas y propósitos. Y el apoyo a la candidatura de Evelyn Matthei se materializó luego de constatar que era la única que expresaba una voluntad congruente con la aspiración de generar una fuerza política centralizada, incluyente y dialogante, alejada de los extremos.
Ya conocida la inevitable desaparición del partido y decidido por parte de la Dirección Nacional no tomar nuevas decisiones, un grupo de miembros de esa dirección decidió brindar su apoyo, a título personal, a la candidatura de José Antonio Kast y obtuvo de esa candidatura argumentos que avalaron la convicción de que se proponía construir un gobierno amplio, incluyente y dialogante. Los planteamientos que la noche de su triunfo electoral realizaron el candidato electo y el presidente de su partido, así como la composición de su gabinete y posteriores designaciones, han mostrado que esos argumentos se están materializando en la práctica. Desde una perspectiva “amarilla” no corresponde más que alentar la continuidad de esa disposición y la esperanza de que tenga eco en una oposición responsable y constructiva, que contribuya a la estabilidad de nuestro país y a la reanudación de un diálogo ciudadano perdido en días de ruido, furia y ceguera ideológica.
Ahora a Amarillos sólo le queda esperar el juicio de la historia. Quizás ella admita que su legado más profundo haya sido haber demostrado que es posible abandonar el pensamiento extremo y excluyente sin renunciar a la crítica; que se puede disentir sin odiar; y que el consenso, lejos de ser una claudicación, puede ser la forma más exigente de la responsabilidad política.

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Muy de acuerdo Alvaro …. Me siento muy interpretado por tu columna …. Creo que en un futuro donde haya un centro respetado (ojalá no volátil en el movimiento pendular) se recuerde con nostalgia lo que hizo Amarillos siguiendo a Cristian Warkern ….
Excelente columna, muchas gracias! Siento un tremendo orgullo, admiración y agradecimiento a Cristian Warnken y a todos los integrantes de Amarillos X Chile por su patriotismo e incansable trabajo por salvar a Chile de la destrucción.
Fue una preciosa aventura en la que dimos lo mejor de cada uno de nosotros. Gracias Alvaro