Señor Director:
El debate económico chileno lleva décadas atrapado en la misma dicotomía: más Estado o menos impuestos. Pero existe una dimensión que sistemáticamente ignoramos: la competencia global por talento creativo, y lo poco preparados que estamos para ganarla.
El sociólogo y «economista urbano» Richard Florida lo demostró hace dos décadas: las ciudades que lideran el crecimiento en el siglo XXI no son las que ofrecen mejores incentivos fiscales, sino las que atraen a la ‘clase creativa’ —ingenieros, diseñadores, emprendedores, investigadores y artistas— con ecosistemas donde la gente quiere vivir. Su fórmula: Tecnología, Talento y Tolerancia. Las dos primeras Chile las trabaja bien. La tercera —apertura a la diversidad, a lo diferente, a lo nuevo— es donde tenemos la brecha más profunda y urgente.
Chile ya sabe cómo se hace. En 2010, un equipo del Ministerio de Economía y Corfo diseñó un programa que entonces parecía imposible: ofrecer capital y visa de trabajo para atraer a buenos emprendedores de todo el mundo, a conquistar Latam desde Chile. Lo llamamos Start-Up Chile.
Fue una iniciativa colectiva del gobierno, el ecosistema y de una generación que creyó que valía la pena intentarlo. Y funcionó: más de 4.000 emprendedores de 100 países y un ecosistema que antes no existía. En cuestión de meses Chile pasó a aparecer, y en algunos casos a liderar, los rankings más prestigiosos de innovación del mundo como mejor país para emprender. Pero fallamos en escalarlo.
Corfo invierte USD 25 millones anuales en Start-Up Chile y otros subsidios al emprendimiento, mientras la Israel Innovation Authority distribuye más de USD 500 millones al año en grants, incubadoras y aceleradoras. La pregunta no es si el modelo funcionó, sino por qué no lo hemos multiplicado por 10 o 20 (si la Corfo licitara el litio, como lo debió haber hecho, alcanzaría de más). Y no solo emprendedores tech, también del arte, las humanidades, la pedagogía, la música o la ciencia.
En paralelo crear una visa emprendedora tramitable en días, hacer de Santiago un destino cultural y urbano, y que nuestras universidades atraigan más estudiantes y académicos extranjeros.
Ser un país pequeño en el siglo XXI es una fortaleza: cambian más rápido y se convierten en laboratorios que el mundo observa y aplaude. Estonia, Singapur, Israel o Uruguay lo entendieron mejor que nosotros. Si a eso sumamos una red de TLCs que cubre más del 90% del PIB mundial y una geografía única, Chile es objetivamente un destino extraordinario.
La pregunta no es si podemos. Ya sabemos que podemos. Es si tenemos la ambición de hacerlo realidad. Ahora.
P.D. Y ante la pregunta más o menos Estado, la respuesta es mejor Estado.
Nicolás Shea Carey
