Señor Director:
Raúl Bertelsen tuvo a bien comentar en este medio la propuesta de Capítulo I de la nueva Constitución, sobre Disposiciones fundamentales, que presenté junto a otros convencionales. Pienso que lo hizo con la lealtad suficiente para distinguir aquello que le parecía bien de lo que le parecía mal en dicha propuesta, aunque me sorprendió que todo lo que le sentó mal lo atribuyera a la “ideología” de los autores, como si esa fuera una muy fea palabra.
Ideología no es sino un conjunto de ideas y planteamientos acerca del mejor tipo de sociedad que podríamos tener y de los medios para alcanzarla, de manera que todos tenemos alguna ideología. Raúl Bertelsen la tiene y la vio exitosamente plasmada en la Constitución de 1980, y yo, y los demás firmantes de la propuesta, también tenemos una, aunque otra, y, por lo mismo, no es del caso -según creo- utilizar la palabra “ideología” como si se tratara de una arma arrojadiza que lanzar a la cara de quienes no piensan como uno. Esa utilización abusiva de dicha palabra puede denotar algo tan burdo como esto: yo estoy siempre en la verdad y mis rivales políticos en el error o la estupidez.
Por algo las Constituciones de nuestro país se han llamado siempre “Constitución Política de la República de Chile”, como espero que se llame también la próxima, y si remarco una de esas palabras es porque no veo cómo se puede hacer política en una sociedad democrática sino desde el punto de vista de diferentes ideologías, sin excluir a ninguna de ellas, ni siquiera aquellas que más nos desagraden, al revés de lo que hizo la Constitución de 1980 con el comunismo, una ideología de la que siempre me he sentido muy distante.
Es claro que una ideología inspiró a la Constitución de 1980, como también es claro que una ideología, o varias, van a hacer lo mismo con la próxima Constitución del país. No serán la misma, desde luego, pero ambas, como todas las cartas fundamentales de los países, tendrán y expresarán una ideología. El pecado no es que las Constituciones tengan detrás una ideología, sino que la que contienen y expresan sea una contraria a los valores e instituciones a los que no podemos renunciar ni tampoco posponer por vía de algunos artículos transitorios: soberanía popular y no militar; democracia, no democracia protegida; derechos humanos, todos, y ahora, no solo cuando el que tiene el poder los permita; y dignidad humana, otra vez de todos, sin excepción, sin negársela a los adversarios políticos que se ven como enemigos a los que es preciso capturar, encerrar, exiliar, torturar o ejecutar.
