Señor Director:
Para muchos, la política universitaria ha dejado de ser relevante. Y no es casualidad: hace tiempo que gran parte de sus espacios parecen más enfocados en responder a agendas externas partidistas que en esa mezcla -menos épica, pero más necesaria- de resolver los problemas del estudiantado y ejercer un rol público responsable. Una prioridad curiosa, considerando que -en teoría- ese era su propósito original.
No pretendo ofrecer soluciones simples. Después de varios años participando en la representación estudiantil, tengo claro que los desafíos son complejos y requieren más que sólo consignas. Pero precisamente por eso, lo que hoy vemos resulta difícil de ignorar.
Durante los años del gobierno del Presidente Boric, una parte importante de la izquierda universitaria optó por una actitud complaciente. Hubo silencio frente a temas que, en otros contextos, habrían generado movilizaciones masivas: recortes en educación, traspaso fraudulento de dinero a fundaciones, caso Monsalve y otras controversias que marcaron la agenda nacional. Al parecer, la capacidad de indignarse depende del contexto político.
Sin embargo, ese mismo sector que entonces cultivaba la cautela, hoy -a poco tiempo del inicio de un gobierno de derecha encabezado por José Antonio Kast- ha redescubierto con notable rapidez las marchas, las tomas y un discurso que vuelve a justificar la violencia como método de acción política. Una reactivación que, por su velocidad, casi merece reconocimiento.
Más aún, no se puede olvidar el rol que muchos de estos grupos tuvieron durante el estallido social, donde no sólo optaron por la movilización pacífica, sino que en varios casos relativizaron o justificaron la violencia. Tampoco se puede olvidar el alineamiento que mostraron en el plebiscito constitucional de 2022, donde promovían el Apruebo a una propuesta que dividía a los chilenos y terminó siendo ampliamente rechazada.
La pregunta es inevitable: ¿cambió la realidad del estudiantado de forma tan radical en tan poco tiempo, o estamos frente a una reacción más ideológica que coherente?
Hoy, el patrón parece repetirse: una política universitaria que reacciona con intensidad dependiendo de quién gobierna, más que de las necesidades reales de sus propios compañeros. Una especie de termómetro político bastante preciso, aunque no necesariamente útil.
Esto no significa negar que existan problemas ni deslegitimar la movilización social como herramienta. Pero cuando las acciones pierden consistencia y se perciben como selectivas, la credibilidad se desploma. Porque cuando existe una crisis de empleo, crecimiento económico, natalidad, soledad, entre muchas otras, los representantes, tienen el deber de alzar la voz y no hacer uso selectivo de sus consignas.
La universidad debiera ser un espacio para debatir ideas, formar criterio y buscar soluciones. Sin embargo, cuando la prioridad se desplaza hacia la confrontación permanente o la imposición de agendas, el movimiento estudiantil se debilita. Porque en otras universidades, por medio de las tomas y la cancelación, lograron destruir la política universitaria, algo que, para muchos, es motivo de decepción.
Después de años observando y participando en estos espacios, la conclusión es clara, a la mayoría de la izquierda universitaria, simplemente, no les compro.
Clemente Fernández – Exvicepresidente FEUC
