Señor Director:

En su reciente columna, Vanessa Kaiser responde a las críticas que mi colega y amigo Felipe Schwember y yo hemos planteado al nacionalismo libertario. Lamentablemente, el intempestivo fallecimiento de Schwember no permite que él se haga cargo de la respuesta; pero en su nombre lo haré yo por ambos. A pesar de nuestras diferencias, agradezco a Vanessa Kaiser por mantener abierto este debate, que tanta importancia tiene para las próximas elecciones.

Vanessa Kaiser defiende la concepción nacional libertaria apelando fundamentalmente a dos razones. Primero, arguye que nuestra crítica es “anacrónica y apolítica”. Segundo, que el libertarianismo no rechaza la nación sino “a instrumentalización política de la nación para justificar la soberanía coercitiva del Estado”. Consideremos por parte las objeciones.

Nuestra crítica sería anacrónica y apolítica porque no entenderíamos que “el nacionalismo del siglo XXI constituye una reacción al fenómeno político conocido como globalismo”. Este último sería “el intento de la izquierda transnacional por usurpar la soberanía de las naciones desde [los] organismos [internacionales]”. Esa izquierda transnacional llevaría a cabo su plan por medio del soft law y los tratados internacionales, que serían herramientas para horadar la igualdad formal ante la ley y las bases de la cultura cristiana occidental.

Su respuesta, por tanto, es la siguiente: frente al globalismo, el poder de lo que ellos llaman “nación”. Los libertarios, como Milei y Johannes Kaiser, promoverían el Estado mínimo como respuesta a la agenda globalista. Ignorar que esta es la respuesta a la actual situación geopolítica sería el error que cometemos Schwember y yo. Sin embargo, Vanessa Kaiser -al igual que su hermano y su partido- concluyen demasiado y demasiado rápido. Por un lado, no existe la más mínima conexión entre rechazar el llamado “globalismo” y aceptar el Estado mínimo. ¿Por qué alguien creería que al rechazar los tribunales internacionales uno se compromete necesariamente con la limitación de los poderes estatales? Kaiser cita a Milei como ejemplo de un antiglobalista que promueve el Estado mínimo, ¿pero acaso Trump, Putin, Orban, Maduro o Xi Jinping también promueven un Estado mínimo? Para qué decir Cuba, Venezuela y Nicaragua, que son tan antiglobalistas como lo sería Milei y Johannes. La historia muestra incontables ejemplos de Estados autoritarios que repetían su derecho a la soberanía nacional sin cesar, en casi los mismos términos que el supuesto nacional libertarismo.

Por otro lado, siendo este un punto más profundo, Kaiser comete el clásico error libertario de creer que la economía es un área independiente del derecho o de las instituciones políticas. Según se desprende de sus palabras, ella valora “la libre circulación de capitales, servicios e información a través de las fronteras” pero se opone a los organismos internacionales y al derecho internacional. Ciertamente, uno puede objetar el modo particular en que los organismos internacionales actúan (de hecho, muchas actuaciones suyas son criticables), o el contenido de algunos tratados internacionales, pero objetarlos de golpe es hacer menos distinciones que una bomba atómica, cayendo en el mero voluntarismo.

¿Creerá Kaiser que los capitales o los servicios son seres que circulan libremente sin ningún orden jurídico? ¿Y creerá que ese orden puede garantizarse mediante la sola voluntad de individuos particulares? ¿No se verían restringidas las importaciones y exportaciones con ciertos países si Chile abandonara tratados internacionales clave? Claro está, ella podría responder que los tratados de libre comercio deberían ser estrictamente económicos, sin ningún tipo de gobernanza internacional. TLC sin ONU, dirán. Sin embargo, esto es claramente el verdadero anacronismo y apoliticismo. El mundo globalizado sólo fue posible gracias al impulso “globalista” de muchos países, especialmente después de la Segunda Guerra. En el período de entreguerras del siglo pasado, cuando el tenue orden internacional surgido tras la Primera Guerra colapsó, no hubo precisamente un florecimiento del comercio y el movimiento de capitales, sino que todo lo contrario: una caída en el comercio que hizo posible la siguiente guerra mundial.

La segunda crítica es que no entendemos el papel de la nación para el libertarianismo (que Vanessa Kaiser y el partido de su hermano profesan). La nación sería “ese rico tapiz de cultura, costumbres e historia compartida que precede y excede al Estado”. Los nacional libertarios quieren una nación libre de la opresión estatal, donde ella pueda surgir libremente. Vanessa Kaiser cita a Huerta de Soto, principal referente intelectual del nacional libertarianismo chileno, como alguien que combina el desprecio por el Estado y el profundo aprecio a su herencia cultural.

No quiero poner en duda los sentimientos ni de Huerta de Soto ni de los hermanos Kaiser, o cualquier otro nacional libertario. Estoy seguro que ellos gozan con ese “rico tapiz de cultura”, que sus días se alegran al pensar en su pertenencia a sus respectivas tradiciones nacionales. Tampoco quiero, y entiéndase esto muy bien, negar que la herencia cultural -que algunos interpretarán en términos nacionales- puede desempeñar un papel saludable en la vida tanto personal como social. La objeción que Schwember y yo planteamos se da en otro nivel; devolviendo el juicio que Kaiser hizo sobre nosotros, la objeción es que para los libertarios el concepto de nación es políticamente irrelevante, si es que son realmente libertarios.

Pensemos qué puede significar valorar políticamente la nación chilena. ¿Privilegiar ciertos tipos de festividades por sobre otras, promover cuotas de música chilena en las radios, obligar a los colegios a pasar contenidos mínimos de la vida de próceres nacionales? Cada una de estas propuestas, creo, puede ser defendida en la arena política, y calzarían muy bien con el proyecto de varios grupos políticos. Sin embargo, nada de eso puede ser defendido por un libertario. Es simplemente inconcebible cómo un defensor del Estado mínimo puede al mismo tiempo obligar al resto de la población a favorecer unas celebraciones por sobre otras, un currículum escolar por sobre otro. ¿Acaso los nacional libertarios van a usar las herramientas estatales para que tengamos que cantar el himno todos los días en los colegios? ¿Creerá Vanessa Kaiser que, como sostienen asesores de Johannes Kaiser, la libertad exige que el Estado no imponga una moneda -cerrando de paso el Banco Central- pero que esa misma libertad no exige que haya libertad cultural?

Nótese que el asunto no mejora si retrucan que no buscan usar el poder estatal sino simplemente “persuadir” a la población de adoptar determinadas prácticas o valores. O la persuasión es parte de su proyecto político, en cuyo caso el problema permanece, o no lo es. Y si no lo es, no se entiende qué papel desempeñaría en su movimiento político.

La cuestión es simple. Los nacional libertarios, esa amalgama de corrientes que ha cosechado muchos seguidores en YouTube, confunden sus valoraciones personales con un proyecto político. Acostumbrados a emitir declaraciones altisonantes en redes sociales, han olvidado que sus principios deben ser aplicados en la práctica. Enfrascados en la batalla cultural en TikTok e Instagram, han olvidado que el libertarianismo -como toda filosofía política- tiene un correlato institucional. Así como en general los libertarios reducen el derecho público al privado, los nacional libertarios criollos reducen la argumentación política -que es siempre pública y dirigida a arreglos institucionales- a sus valoraciones y emociones privadas.

Es valioso el amor que los nacional libertarios tienen a su patria y su cultura, que también es la mía; eso habla bien de ellos como personas. Sería más valioso, empero, si no intentaran cuadrar el círculo con su adhesión a un craso libertarianismo.

Eduardo Fuentes Caro – Director Instituto de Filosofía USS

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