Señor Director:

“Adolescencia”, por Netflix, no deja a nadie indiferente. Sea que cause expectación, horror o furor, de una u otra manera, abre espacios para el diálogo, la reflexión y genera preocupación. Con todo, da la impresión que la propia serie carece de la profundidad necesaria para comprender los avatares, fuegos y transformaciones que se encienden en el alma adolescente. Mientras no ahondemos en aquello, un programa de esa índole no pasará más allá de una comedia o un anecdotario que a muchos les alegrará o deleitará.

Sin duda que este tipo de situaciones tan dramáticas existen en particular en las sociedades donde se ha perdido el control y la capacidad para poner límites. Somos responsables y hasta cómplices de los hechos que se narran en la serie, porque reposan en la cultura de la muerte que aceptamos y normalizamos. Esta cultura surge en las comunidades sin valores y en las familias que potencian lo desechable, la improvisación, la evasión y el consumismo.

Conforme a mi experiencia, creo que en esos ambientes no es extraño que se incuben niños y jóvenes con gran potencial de delincuentes y asesinos. Es más, la psicóloga aparece sobrepasada por un hecho tan inédito que deja al descubierto su inhabilidad absoluta para trabajar acertadamente en el dolor que hoy afecta a la juventud. Aquello se reedita, lamentablemente, con muchos de los profesionales contratados en nuestros centros juveniles que abordan estas complejas dinámicas.

Existe un choque de mundos, por una parte, el de los padres, los profesionales y la sociedad, que por ignorancia y sumidos en su propio confort vagan hacia la vorágine, y por otra, el de los adolescentes atrapados en sus tinieblas donde se convierte todo lo externo en un enemigo. Los primeros, los mayores cómplices de homicidios, los segundos, en el desborde, el sufrimiento y la violencia, ejecutores de criminalidad.  

¡Qué abismo de distancia entre ser padres y asumir responsablemente la paternidad! El capítulo cuatro de la serie reflexionan y se cuestionan los padres sobre la culpa y su forma de crianza en las aterradoras acciones de su hijo. La culpa no sana la indiferencia: verdad es humildad y sabiduría; ellas sí educan y preparan para enfrentar lo adverso.

Una pasantía por algunos centros penales, de adultos y juveniles, nada mal les vendría a quienes están tan sorprendidos con esta producción televisiva. Esa realidad que para tantos es una verdadera novedad, es un dolor antiguo y persistente que hemos escondido vergonzosamente y jamás hemos abordado con profundidad y responsabilidad.

Dos días durante Semana Santa internados en el Centro Juvenil de Tiltil, ¿no sería una excelente ocasión para conocer en primera línea a los verdaderos Jamie que nunca hemos querido ver ni escuchar?

Pbro. Nicolás Vial Saavedra – Presidente Fundación Paternitas 

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