Señor Director:
Constanza Schneider, en respuesta a mi columna “Farrearnos la oportunidad”, argumenta que la defensa de la vida no es una pretensión partisana -cosa que no pienso y nunca he dicho-, y que hago una interpretación mañosa de la enmienda que busca proteger la vida del que está por nacer. Me tomo de su carta para aclarar algunas discusiones que, me parece, se han instalado peligrosamente.
Dentro de la derecha se ha querido llevar la discusión sobre el derecho a la vida a una disputa entre “duros” y “blandos”. A los “blandos” se les acusa de estar dispuestos a transar este derecho para lograr consensos, mientras que los “duros” serían aquellos verdaderamente comprometidos con la vida. Esta interpretación está lejos de ser cierta. Es posible ser una férrea opositora al aborto, defender la consagración del derecho a la vida del que está por nacer y no estar de acuerdo con la redacción de la enmienda propuesta por Republicanos.
Dado que yo no estoy por ceder ni transar el derecho a la vida, el asunto se trata sobre aprobar una redacción constitucional que implique la derogación “automática” de la ley de aborto en tres causales, pasando a llevar el debate democrático y poniendo de paso en riesgo las posibilidades de lograr apoyos transversales para aprobar el nuevo texto constitucional.
Tal como dice Schneider, el Consejo Constitucional no es el órgano legitimado para discutir la derogación de las leyes, principalmente porque la Constitución no es el lugar para cerrar debates -por relevantes que sean- que hoy están abiertos y son controvertidos en la ciudadanía. Esa es una discusión que debe darse en el Congreso Nacional y que, de hecho, sería esperable que se diese, para asegurar la vida del que está por nacer, aprovechando las mayorías parlamentarias con respaldo democrático y ciudadano. Hoy nada impide una discusión en esa línea.
Magdalena Vergara – IdeaPaís
