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Publicado el 20 enero, 2021

Francisco Orrego: Nueva Constitución: Vida sí, aborto no

Esta es una materia que no debería ser objeto de negociación durante el trabajo constituyente. El derecho a la vida no debe transarse. Las convicciones no se transan.

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Me he dado cuenta de que todo el mundo que está a favor del aborto ya ha nacido” (Ronald Reagan)

La reciente legalización del aborto libre en Argentina, convirtiéndola en el país más importante de Latinoamérica en dar ese paso, parece haber animado a un grupo de diputadas de oposición a reactivar un proyecto similar, que impulsan desde el 2018. No es casualidad que los progresistas chilenos vean a los progresistas argentinos, liderados por los gobiernos kirchneristas, como un modelo a seguir, sobre todo en materias valóricas, donde el aborto se ha transformado en un objetivo político para los movimientos feministas. El legítimo rechazo a la violencia en contra de la mujer ha mutado más recientemente en la región hacia la legitimación del aborto, donde Chile no está al margen de este fenómeno.

En el caso de Argentina, son varios los factores que explican la creciente aprobación del aborto libre. Uno de ellos es el creciente laicismo en la nación transandina, aspecto sobre el cual los argentinos no tienen la exclusividad y que afecta principalmente a los jóvenes. Ello ha permitido que, incluso en Chile, las barreras para frenar una agenda liberal se hayan debilitado. Ni siquiera las consideraciones de índole legal, de salud pública, filosóficas, médicas y psicológicas, han sido suficientes para defender la vida y contener esta corriente progresista. El debate, más que estar centrado en el derecho a la vida como un valor superior, absoluto y colectivo, se focaliza en los derechos de las mujeres, con rasgos fuertemente individualistas.

Durante el reciente debate en el Congreso argentino, se pudieron escuchar todo tipo de argumentos por parte de los movimientos pro vida y de las agrupaciones feministas. Interesante fue escuchar, en defensa de la vida, que “el aborto es una lucha de poder entre el niño por nacer, que reclama la vida, y la madre, que reclama la libertad de elegir con su cuerpo”; y que “legalizar el aborto es una pena de muerte sobre una persona que no cometió ningún delito y que no pudo defenderse”. Es decir, frente a una colisión de derechos de esta envergadura, debe primar siempre el “interés superior del niño” y nunca el deseo de la mujer.

Otro factor importante en Argentina, fue el regreso del kirchnerismo al gobierno. Como buen representante de la izquierda latinoamericana, congregada en el Foro de São Paulo, hizo del acceso al aborto una de sus principales promesas de campaña. Aunque inicialmente el proyecto se rechazó el 2018 bajo el gobierno de Macri, el intenso lobby de grupos de activistas feministas y progresistas lograron aprobarla bajo Alberto Fernández. Ni siquiera la voz del Papa Francisco fue escuchada: el aborto es “homicidio de niños”, declaró tiempo atrás. No sorprende, pues, que los movimientos feministas y progresistas chilenos se hayan sumado a esta tendencia, que además de Argentina, ya tiene en la lista a Cuba y Uruguay, entre otros. Me niego a pensar que Chile será el próximo, a pesar del silencio del Ejecutivo.

Aunque el proyecto chileno solo despenaliza el aborto desde la semana catorce de embarazo, la oportunidad para reactivar este proyecto no es casual. Sus promotoras buscan que el aborto libre quede garantizado como un derecho bajo la nueva Constitución. Para ello, nada mejor que levantarlo ahora como un eje de la campaña electoral que se avecina. Sin embargo, esta es una materia que no debería ser objeto de negociación durante el trabajo constituyente. El derecho a la vida no debe transarse. Las convicciones no se transan. Existen poderosas razones filosóficas, jurídicas y médicas para defender la vida y deslegitimar el aborto en el futuro texto constitucional, incluso desde la perspectiva del derecho internacional, tal como quedó demostrado durante la revisión del proyecto de aborto de tres causales en el Tribunal Constitucional. Nuestro país debería, pues, anhelar una nueva Constitución pro vida.

Los futuros constituyentes -católicos y evangélicos principalmente- tendrán menudo desafío de defender la vida en toda circunstancia y de prohibir el aborto y la eutanasia. Y en esta materia no deben haber ambigüedades ni debilidades, sino todo lo contrario. Los electores deberán buscar -y exigir- en sus futuros constituyentes, convicción y firmeza para defender, promover y proteger el derecho a la vida. Yo elijo la vida siempre. ¿Y tú?

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