Publicado el 17 febrero, 2021

Francisco Orrego: Mi primer día como constituyente

Candidato independiente a la Convención Constituyente por el Distrito 11 Francisco Orrego

El temor a que el populismo y demagogia se apoderara de la Convención, me comenzó a invadir. El acento en el diálogo y los acuerdos es muy importante, pero no debemos olvidar que hay sectores políticos que no creen en el diálogo y, mucho menos, en los acuerdos. La mejor prueba está en la actitud del actual Congreso. El riesgo de replicar eso en la Convención no es menor y no promuevo ni quiero “más de lo mismo”.

Francisco Orrego Candidato independiente a la Convención Constituyente por el Distrito 11
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Me ha resultado imposible evitar imaginar mi primer día como constituyente. Después de haber tenido una extenuante campaña y haber logrado obtener un cupo como independiente de derecha en mi distrito, me apresto a asumir uno de los desafíos más importante de mi vida. Atrás quedaron los ajetreos de una agotadora campaña electoral, que los partidos políticos procuraron torpemente monopolizar.

Mi primera decisión fue la tenida. Me sentía como si fuera mi primer día de clases en el colegio. Hasta pensé en dormir vestido. Las opciones de vestimenta no eran muchas. Descartada la opción de vestirme de manera informal (derecha progre), escogí el uniforme clásico: chaqueta azul. Total, me dije, eso soy, y por eso fui elegido, sin esconder quien soy: de la derecha de siempre, sin apellidos ni agregados. Me recomendaron usar chaqueta azul de lino y camisa blanca con cuello de Mao, pero mi coherencia con los valores y tradiciones de la derecha, junto con mi sentido republicano, incluyendo la vestimenta, me lo impidieron.

La segunda actuación fue escoger oficina, lo que me importaba bien poco para ser honesto. No me habían elegido para eso. Mientras los partidos se repartían las mejores oficinas, bajo el pretexto de que ellos controlarían el proceso y que tenían la solución a todos los problemas del país, me limité a consultar si existían oficinas para los independientes. Me respondieron que al ser el único independiente de verdad, tendría que contentarme con la mansarda, salvo que aceptara compartir oficinas con los independientes de izquierda, lo que rechacé, a pesar de los ofrecimientos de fotos gratuitas del Chicho, del Che y de Chávez. Afortunadamente, todo se resolvió por sorteo, como indica el sentido común. Solo entonces pude colgar mis fotos de Churchill, Thatcher y Reagan.

Las sorpresas continuarían con la elección de la mesa de la Convención y de las comisiones de trabajo. Rápidamente se traslució el apetito de varios constituyentes por repartirse los cargos según el tamaño de las bancadas, replicando las malas prácticas del Congreso. Resultaba inevitable recordar a quienes advertían sobre el riesgo de duplicar el parlamento. Me opuse enérgicamente a tamaña discriminación, logrando imponer el criterio de que las diferentes instancias constituyentes debían estar presididas por los mejores, dejando de lado por completo el tradicional cuoteo partidista. Ello obedecía al mandato, anhelo y esperanza de millones de chilenos que dijeron “no” a los partidos en el plebiscito de entrada. Mi promesa de defender los intereses de los ciudadanos, encontraba las primeras señales de acogida.

Quedaba lo más importante. La discusión del reglamento interno. Como era de suponer, la centroizquierda llegó con un primer borrador, que contemplaba la hoja en blanco, una propuesta de rebajar el quórum de funcionamiento de la Convención y solo contemplaba votaciones individuales. Lo que no se aprobaba quedaba afuera de la nueva Constitución. La centroderecha, por su parte, revelaba sus cartas. Mantenía el quórum de los 2/3 acordado y una votación final del texto definitivo de la nueva Constitución. Ello aseguraba la coherencia y coordinación del texto constitucional. Dado los tiempos involucrados, me animé a sugerir que el trabajo constituyente partiera de la actual Constitución, como texto basal. Para mi sorpresa, solo algunos en la derecha me acompañaron en la moción, mientras otros miraban sus celulares, buscando, quizás, inspiración divina o alguna indicación de sus partidos que no llegó. Así, y en presencia de una realidad brutal, sentí que el trabajo para promover, defender y proteger los valores y tradiciones constitucionales de la derecha, sería más difícil de lo que imaginaba.

El temor a que el populismo y demagogia se apoderara de la Convención, me comenzó a invadir. El acento en el diálogo y los acuerdos es muy importante, pero no debemos olvidar que hay sectores políticos que no creen en el diálogo y, mucho menos, en los acuerdos. La mejor prueba está en la actitud del actual Congreso. El riesgo de replicar eso en la Convención no es menor y no promuevo ni quiero “más de lo mismo”.

Por eso, debemos recordar lo importante que son las convicciones. No se trata de quién grite más fuerte, sino del que habla más firme, más claro y, obviamente, actúa de forma más consecuente.

Por ello, en un momento crucial para nuestra historia y futuro del país, vale la pena tomar las palabras de Margaret Thatcher y reflexionar si nos gusta, y hace sentir cómodos, lo que vemos y por lo que estamos optando. Al final, lo que debe prevalecer, por sobre los eslóganes, son las convicciones. Afirmaba la ex primera ministra británica: “Si te propones agradar, estarás dispuesto a ceder en cualquier cosa en cualquier momento y no lograrás nada”.

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