¡Qué odioso debe haber sido para los sectores de izquierda que dominan la Convención Constitucional los resultados de las elecciones del domingo 21 de noviembre! Tanto a nivel parlamentario como presidencial ha de haberse sentido como un soberano portazo ciudadano en sus narices. Y es que no es menor lo que sucedió. Fue un vaivén electoral que nuevamente parece centrar la mirada ciudadana en el sentido común y la sensatez, después de dos años de vivir al borde de la cornisa, siendo espectadores de los efectos radicales del mal llamado “estallido social” que se transformó en un prisma insustituible para analizar cualquier comportamiento posterior.
En efecto, la moderación que inspiraba hasta entonces en nuestro sistema político fue puesta en jaque por el estallido de violencia. Desde ahí una nueva élite de izquierda impuso su narrativa crítica sobre la transición sin contrapesos, flagelando las conciencias de los actores del mundo de la centroizquierda por no tener un comportamiento hegemónico, como ellos estimaban que deberían haberlo hecho. Muchos terminaron por convencerse que durante las últimas décadas se había construido un Chile injusto y desigual. Esa nueva izquierda radical -amalgama entre un novel frenteamplismo universitario y añosos comunistas- habiéndose apoderado del diagnóstico trágico sobre estos últimos treinta años, se dedicó a horadar nuestras instituciones. Más tarde no tuvo óbices para obtener una amplia mayoría de los escaños de la Convención Constitucional y un abultado triunfo en la elección municipal.
La Convención Constitucional, ya instalada, se ha venido comportando como un tribunal jacobino, debilitando el Estado de Derecho, desconociendo las reglas del juego fijadas en la reforma constitucional que hizo viable el proceso constituyente, pretendiendo encarnar la soberanía, negando la libertad de expresión a quienes disienten, haciendo lo posible por saltarse los quórum e inventando procedimientos, como los plebiscitos dirimentes, todo para avanzar en escribir una Constitución a la exclusiva pinta de la extrema izquierda y de paso, olvidar la construcción de la “casa de todos”, tan pregonada durante la época de propaganda.
La ciudadanía fue tomando nota de todo esto, con cierta distancia y perplejidad, observando este comportamiento avasallador que parecía querer hacer tabla rasa con cualquier institución que limitara a la Convención en sus afanes refundacionales. Y paulatinamente le fue quitando el respaldo a esas intenciones porque fue entendiendo de qué se trata y en qué consiste el camino de incertidumbre hacia el que pretenden conducirnos los pregoneros del “octubrismo”. Por cierto, aunque anecdótico, también contribuyeron los excesos de algunos de sus pintorescos constituyentes.
Esto tuvo un correlato en los recientes resultados electorales. La gente podrá aceptar ciertos momentos de inestabilidad, pero no una de carácter permanente; podrá considerar que hay abusos, pero no que vive en la injusticia; podrá querer cambiar algunas cosas, pero no arriesgar todo lo que ya ha logrado. Por decirlo en simple, la percepción ciudadana es que el maximalismo revolucionario, el dogmatismo, el afán de sustituirlo todo y la improvisación de la Convención son una suerte de premonición de lo que sería un futuro gobierno de las fuerzas políticas de izquierda que allí predominan. Y eso puede explicar el traspié de Boric y Provoste y también el avance electoral (comparado con las votaciones previas) de quienes predican la estabilidad de las instituciones, el orden y la gradualidad de las reformas, tanto en la elección presidencial como en la parlamentaria, y sobre todo en esta última. Considérese al efecto que nunca, ni siquiera cuando estaba vigente el sistema electoral binominal (tan vilipendiado), la centroderecha en su conjunto había logrado obtener la mitad de los escaños del Senado. ¡Qué mejor ejemplo de que lo que la ciudadanía espera es equilibrio, diálogo y acuerdos!

El portazo definitivo lo dará el Plebiscito de Salida. Mientras tanto vamos gastando recursos. Los entusiastas del Apruebo 78%, estarán recapacitando?