El Instituto Nacional fue en otro tiempo la mejor institución educativa del país, de cuyas salas egresaron 17 alumnos que llegaron a ejercer la Presidencia de la República. Los últimos tres: Ricardo Lagos (2000-2006), Salvador Allende (1970-1973) y Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964). Este liceo emblemático ha sido blanco de una sostenida debacle, y cada año se ubica en peor posición en el ranking que se elabora a partir de los puntajes de la prueba de acceso a la educación superior. En el último proceso ocupó el puesto 303.
Los resultados se dieron a conocer el pasado lunes. Y cuatro días después el Presidente Gabriel Boric republicó en sus historias de Instagram un post en el que llama a «hacer un ejercicio para demostrar el análisis sesgado de la información y una tendencia creciente a sepultar la discusión de una educación gratuita y de calidad y, de paso, hundir el rendimiento de los llamados colegios públicos emblemáticos».
El argumento principal de la hipótesis que difundió el Mandatario: «el ranking, tendenciosamente, no considera la variable del número de alumnos en su cálculo, el que se produce, justamente, con mayor preponderancia en los colegios públicos emblemáticos, relegándolos al fondo de la tabla». En el IN rindieron la PAES 644 estudiantes, «en promedio, 14 veces más que los colegios dentro del top en 2025».
Carlos Ominami, exsenador (1994-2010) y ex ministro de Economía (1990-1992) que egresó en 1978 de ese liceo emblemático, ya advertía en 2014, cuando el colegio se ubicaba en la posición 13 del ranking y el gobierno de Michelle Bachelet impulsaba su proyecto de Ley de Inclusión Escolar, que la prohibición del mecanismo de selección de alumnos terminaría matando la calidad del Instituto Nacional.
En entrevista con El Líbero, Ominami lamenta la situación. «Me da mucha pena y mucha rabia, porque era perfectamente predecible que esto iba a ocurrir», señala, advirtiendo que antiguamente el liceo funcionaba como una suerte de ascensor social, y eso se perdió. «Tuve en su momento discusiones con el ministro de Educación de esa época, que era Nicolás Eyzaguirre, que por su propia experiencia no conocía de esto porque él era exalumno del Verbo Divino», sostiene.
«La gracia que tenía el Instituto Nacional era que aseguraba bastante transversalidad»
-En 2014 advirtió que la Ley de Inclusión Escolar y el fin de la selección podría destruir al Instituto Nacional. ¿Qué lectura hace ahora, cuando el liceo pasó de estar en la posición 13 del ranking de los mejores colegios del país en ese año, a ubicarse en el 303 en el 2025?
-No es sorpresivo que el Instituto Nacional tenga finalmente este tipo de resultados, porque la democracia no le ha dado un buen tratamiento a los liceos emblemáticos. Lo que se hizo con la reforma y con el fin de la selección fue un golpe de gracia a los colegios emblemáticos, que venían en un proceso de decadencia con anticipación a la reforma. Se introdujo una confusión absolutamente lamentable entre la selección por el dinero y la selección por el mérito. La gracia que tenía el Instituto Nacional era que aseguraba bastante transversalidad. Uno podía encontrar ahí hijos de familias muy modestas, con otros de familias mucho más acomodadas y eso daba una visión mucho más adecuada del país. Yo me eduqué en el Instituto Nacional, a mucha honra, en una época en que era el mejor colegio del país. Uno sentía mucho orgullo, que además estaba siendo educado para el servicio público. Éramos 43 alumnos, y creo que algo así como 37 o 38 entramos a la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Dentro de los cursos habíamos muchos que éramos puntajes nacionales, porque tuvimos una muy buena educación. Desgraciadamente todo eso se ha ido perdiendo cuando se han generado situaciones tan graves como la instalación de la violencia, con paros indefinidos, que hacen perder días y días de clase. Reitero, es un problema ya no solamente para el sistema educacional chileno, sino un problema para el país, para todo lo que tiene que ver con la generación de su élite gobernante.
-Ahondemos en eso. ¿Por qué es un problema para el país la decadencia del Instituto Nacional?
-Toda la argumentación que se hacía a propósito de la reforma era que había que evitar la selección, de manera que los estudiantes menos aventajados pudieran juntarse con los más aventajados. La discusión sobre ese tema tenía que poner por delante el hecho de que este país requiere que sus élites, los altos funcionarios públicos, tengan una formación que sea pluralista. Hoy día, son básicamente los colegios particulares pagados los que monopolizan esas condiciones y a ellos pueden acceder solamente las familias que tienen mayores ingresos. Entonces estamos en un sistema que es extremadamente inequitativo y que hace que la conducción del país quede en manos de sectores que son poco representativos de la nación. Esto tiene mucho que ver con una disociación entre la política y la ciudadanía, que mira con bastante distancia, muchas veces con bronca, a quienes los gobiernan. Y esto tiene que ver con el hecho de que quienes gobiernan son parte de una élite que está muy concentrada en los sectores pudientes del país que se educan de una cierta manera en los colegios particulares pagados que son los que hoy día tienen los mejores profesores, que tienen las mejores condiciones educacionales y son los que por esa vía también monopolizan los principales puntajes.
-¿En 2014 qué le hizo tener esa perspectiva sobre la decadencia en la que iban a caer los liceos emblemáticos?
-Yo conocía la experiencia del Instituto Nacional, tengo el orgullo de ser hijo de la educación pública y me parecía que el hecho de poder establecer una selección a través de exámenes de admisión era un mecanismo totalmente legítimo, por el efecto de que pudieran jóvenes, de familias modestas, acceder a una educación de calidad sin que sus familias tuvieran que ser necesariamente ricas. Era evidente que esto iba a ocurrir, el Instituto Nacional ya no garantiza una educación de calidad, al punto de que está muy mal rankeado, cuando hace 10 años hasta estaba dentro de los primeros lugares. No había que ser demasiado lúcido para darse cuenta que esto iba a ocurrir porque se perdió esta condición de colegio de élite, pero de una élite republicana.
Posibilidad de recuperar el Instituto Nacional: «No he advertido en este gobierno una voluntad política de ir en esa dirección»
-¿Qué lectura le da a que fue precisamente el sector de la clase política chilena que se supone que busca la igualdad el que terminó con esta élite republicana en los emblemáticos?
-Es muy lamentable que esto haya ocurrido en democracia, y que sobre esto haya decidido también los propios gobiernos del mundo político al cual yo pertenezco, que ha tenido muy poca sensibilidad respecto a estos temas. Es una responsabilidad grande la que tuvieron en su momento los gobiernos de la Concertación, también fueron finalmente los gobiernos de la Nueva Mayoría los que hicieron esta reforma educacional.
-Sí, porque la Ley de Inclusión Escolar se terminó aprobando en el gobierno de Bachelet…
-Exactamente, por eso no tengo ningún empacho en hacer una autocrítica. Ahora, soy claramente una de las personas que advirtió esto, y tuve en su momento discusiones con el ministro de Educación, que era Nicolás Eyzaguirre, que por su propia experiencia no conocía de esto porque él era exalumno del Verbo Divino. Él hizo una apuesta que tenía que ver con nivelar al interior de la educación, pero me parece a mí que lo hizo de una muy mala manera y desgraciadamente los resultados están a la vista. Se terminó con un elemento que tenía que ver con el mérito. Es muy importante en una sociedad que no todas las cosas se resuelvan por la capacidad económica de las familias, sino por el mérito que tengan los jóvenes, y el Instituto Nacional daba esa oportunidad. Yo tuve compañeros que eran de familias muy modestas. Esa era una gran riqueza que desgraciadamente se perdió, porque hoy ninguna familia más o menos acomodada va a poner a su hijo en el Instituto Nacional porque sabe que lo está condenando a tener una mala educación.
-Es que ya incluso algunas familias modestas no quieren poner a sus hijos en el Instituto Nacional…
-Es exactamente así y la prueba está. Antiguamente, por cada cupo disponible había por lo menos tres personas que estaban concursando y era muy difícil acceder al Instituto Nacional en esa época. Hoy día sobran las matrículas y eso es una expresión de la debacle del colegio, porque efectivamente es un liceo que no le ofrece a las familias la perspectiva de que sus hijos tengan un futuro mejor.
-¿Y cómo evalúa lo que ha hecho el actual gobierno?
–Yo tengo la sensación de que el actual gobierno se sitúa en una cierta línea de continuidad, no ha hecho ninguna cosa muy importante. A esta altura habría que aplicar una cirugía mayor. Habría que sacar a estos colegios del ámbito de la educación municipalizada. Los municipios no son capaces de garantizarle el trato que le corresponde y habría que intentar hacer un esfuerzo, como por ejemplo, lo que se hizo en alguna época con la Universidad de Chile, que se hizo cargo de algunos liceos experimentales que tuvieron en su momento muy buenos resultados. La Universidad de Chile sería probablemente una mejor instancia administradora de un colegio como el Instituto Nacional, el INBA, el Barros Borgoño, el Lastarria, el Liceo 1, el Carmela Carvajal. Debería hacerse un programa que ponga por delante una recomposición de estos colegios, pero para eso se requiere de mucha voluntad política y yo no he advertido en este gobierno una voluntad política de ir en esa dirección. La prueba está en que el Instituto Nacional y los emblemáticos han continuado cuesta abajo en la rodada en todos estos indicadores, como los resultados de la PAES.
«Es correcto que hayan liceos públicos de excelencia que tengan la posibilidad de seleccionar»
-¿Aparte de la opción de que los emblemáticos pudieran ser administrados por la Universidad Chile, cree que habría que derogar o modificar la Ley de inclusión escolar?
-Habría que hacer una modificación a la Ley de Inclusión Escolar, dejar claramente establecido que es razonable, que es correcto y que corresponde que hayan liceos públicos de excelencia que tengan la posibilidad de seleccionar. Ahora, eso a esta altura ya es completamente insuficiente. Se requeriría un programa de mucha mayor envergadura, que le ponga más recursos, que permita además que el Instituto Nacional tenga profesores de excelencia. En la época en que yo fui alumno del Instituto Nacional, nuestros profesores eran también los profesores de los colegios particulares, pero su dedicación principal y lo que les daba prestigio era ser profesores del Instituto Nacional. Creo que eso hoy día desgraciadamente no ocurre. Entonces habría que buscar un programa especial, tratar de poner a los liceos emblemáticos en una senda que les permita recuperar el sitial que tuvieron. El Instituto Nacional era claramente el principal colegio del país. Hoy día está muy lejos de eso.
-¿Cómo se siente, como institutano, al ver la situación en la que cayó el liceo?
–Me da mucha pena y mucha rabia, porque era perfectamente predecible que esto iba a ocurrir. Había que hacer un esfuerzo, mantener al Instituto Nacional y a los colegios emblemáticos en una condición en la que no estuvieran administrados de la manera como lo hacen los municipios. Debían ser objeto de una dedicación particular y, desgraciadamente, ahí fracasamos todos. El costo de esto no lo paga solamente un determinado conjunto de fuerzas políticas, lo paga el conjunto del país.
La violencia en el Instituto Nacional
-Pasando al tema de la violencia que ha tomado los liceos emblemáticos, ¿cree que el tema de la instalación de la violencia en estos colegios, incluyendo el Instituto Nacional, también ha influido en esta baja del rendimiento académico?
-No cabe la menor duda, porque estos han sido factores de conflicto al interior del colegio que han producido incidentes graves. El más grave fue el que tuvo lugar en el INBA, donde se puso en peligro la vida de varios jóvenes. Yo creo que la violencia obedece a múltiples factores, el hecho de que se haya perdido el carácter de excelencia, esta cosa meritocrática que tenía el Instituto Nacional, esta idea de que se estaban formando grandes servidores públicos, de que el Instituto Nacional era el colegio de los presidentes de Chile. Eso es lo que a uno se le inculcaba desde chico, que estaba ahí para servir a la patria. Todo eso se fue perdiendo, esos mecanismos psicológicos, esa sensación de responsabilidad para con el país. Esa pérdida ha sido también la generadora de un caldo de cultivo para la violencia, para actitudes antisociales, que tienen mucho que ver con un cierto resentimiento.
-Con respecto al tema de la violencia en los liceos emblemáticos, ¿cree que hay una participación de adultos o de organizaciones externas a los colegios que impulsan y financian estas cosas o solo vienen de los alumnos?
-Tengo la impresión de que eso es así. No conozco todos los detalles, pero tengo la impresión de que sería muy difícil que un grupo puramente interno de estudiantes pudieran estar permanentemente entorpeciendo el desarrollo del colegio, protagonizando incidentes violentos, si no contaran con apoyo de algunos apoderados y también de algunos profesores, lo que hace que la situación sea particularmente delicada. Creo que, desgraciadamente, las cosas son de esa manera y muestran ya que lo que se ha ido construyendo en el Instituto Nacional es una especie de resentimiento que no solamente abarca a los estudiantes, sino que abarca también a algunas fracciones de los apoderados y quizás también a algunos profesores.
La principal consecuencia del fin de la selección de los alumnos: «la peor segregación, que es la que es por el dinero»
-¿Qué pierde Chile al perder la excelencia del Instituto Nacional?
-Se pierde la posibilidad de tener una élite gobernante mucho más plural y mucho más conectada con la realidad, una élite de jóvenes que vivan en los distintos sectores de la ciudad, en este caso de la Región Metropolitana. Dificulto que haya muchos jóvenes de familias que viven de Plaza Italia para arriba que vayan al Instituto Nacional. Hoy día, yo creo que es claramente un colegio para jóvenes de familias modestas que viven de Plaza Italia para abajo. Y eso es parte también de una segregación que me parece a mí la peor segregación, que es la que es por el dinero, una especie de apartheid social. Hay muchos jóvenes que terminan el Instituto Nacional y que acaban en cualquier parte, porque con los puntajes que obtienen sus posibilidades de acceder a una buena carrera universitaria son bastante bajas. Todo eso genera una especie de círculo vicioso de la frustración.
-Ahora que habla de la segregación, ¿no era precisamente evitar la segregación la bandera con la cual fue llevado al Congreso el proyecto de Ley de Inclusión Escolar?
-Exactamente eso no funcionó, porque terminamos con una segregación por el poder económico, por el origen de clases, de las familias.
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