Tras el resultado de José Antonio Kast en segunda vuelta, el mundo de los negocios volvió a hacerse una pregunta crucial: ¿existen hoy condiciones políticas y culturales para retomar una estrategia de crecimiento robusto, con seguridad, inversión y movilidad social? ¿O el sueño de un Chile próspero y para todos se volvió políticamente inviable?
Mi tesis –optimista, pero realista– es que ese sueño sigue siendo posible. Exigente, con restricciones fiscales, políticas y culturales, pero alcanzable si ordenamos la conversación en torno a tres simples ejes: ÉTICA (hacerlo bien), menos EGO (entender que todos nos necesitamos) y más EMPATÍA (ver cómo el aporte de otros es clave para mi propio sueño).
Si cada actor –Estado, empresas, gremios, oposición, academia– y, sobre todo, cada ciudadano, se hace la pregunta “¿cuál es mi rol?” en este proyecto de desarrollo, podemos avanzar hacia un equilibrio político y económico sostenible.
Partamos por el esfuerzo propio. La Encuesta Nacional Bicentenario UC 2025 entrega señales clave: 45% cree que la mejor forma de progresar es esforzarse, emprender, capacitarse y trabajar duro. Solo 34% ve las “garantías del Estado” como vía principal. En bienestar propio, 42% enfatiza la responsabilidad individual, frente a 28% que la atribuye al Estado.
Chile no ha abandonado la ética del esfuerzo. Ese es un activo cultural imprescindible para cualquier agenda procrecimiento. No podemos evadir la pregunta incómoda: ¿exijo más de lo que aporto, o invierto en mi propio capital humano?
Sin embargo, el esfuerzo individual –junto con integridad, sentido de pertenencia, compromiso y productividad– requiere factores habilitantes. Ahí la empresa es parte central de la solución.
El empresariado no es un actor más: es central. Se requiere una narrativa empresarial más rica, que incorpore no solo la pasión por crear valor y la visión de largo plazo, sino también solidaridad intergeneracional, compromiso con la transparencia, la competencia y la innovación.
Las empresas (y la banca, el SII, entre otros) deben crear un entorno que premie las trayectorias laborales reales. Abrir caminos de movilidad para pasar de informal a formal, de micro a pyme, de pyme a empresa mediana, integrando nuevos proveedores, startups y emprendedores locales.
Así, desde la empresa, la pregunta debe ser: ¿ofrezco un entorno donde el esfuerzo tenga sentido, recompensa y horizonte? ¿Se aplica aquí la fórmula de más ética, menos ego y más empatía?
“Un Chile para todos” no es un eslogan amable; es condición de sostenibilidad política del modelo de desarrollo. Si el crecimiento no se traduce en empleo formal, mejores salarios ligados a productividad y oportunidades percibidas como alcanzables, el modelo se vuelve políticamente inviable, aunque los indicadores macro se vean razonables. Y cuando eso ocurre, lo primero que se deteriora es el clima para invertir y emprender.
Por eso, la pregunta “¿Un Chile para todos, también para mí?” deja de ser solo moral y pasa a ser estratégica: ¿estoy construyendo o erosionando las condiciones para un equilibrio procrecimiento y proinversión políticamente sostenible? Porque, sin aumentos de productividad, la única “política social” posible es repartir estancamiento.
Lo anterior requiere de un Estado que promueva la confianza institucional, la modernización y el foco: reglas claras, digitalización, gestión por resultados, evaluación seria de políticas públicas y menos fragmentación que bloquee acuerdos.
Al final, para que un “Chile para todos” deje de ser promesa y se convierta en la base de un desarrollo sostenible, inclusivo y políticamente viable, debemos ser capaces de hacer un chequeo permanente –individual e institucional– de cómo aportamos cada uno.
Solo si trabajamos con respeto, integridad, empatía, mirada de largo plazo y ese ideal compartido se traduce en un equilibrio duradero tendremos, de verdad, ¡un Chile para TODOS y también para mí!
