El hecho de que en las últimas elecciones presidenciales haya triunfado un candidato como José Antonio Kast, provocó que desde los grupos derrotados brotara una oposición simplemente ciega. Su consigna ha sido la de oponerse por oponerse a cualquier iniciativa que provenga de este nuevo gobierno para, así, hacerlo naufragar y recuperar el poder que perdieron en estas elecciones. De hecho, carecen de todo argumento racional para sustentar esa oposición por lo que apelan a sentimentalismos harto burdos. Es así como, por ejemplo, tildan a Kast y a su gobierno como siendo de “ultraderecha”. De esa manera quieren descalificarlos de entrada, porque en ese término irían encerradas, según ellos, todas las maldades imaginables e inimaginables. ¿Cuáles son, sin embargo, los contenidos que reciben ese nombre para condenarlos después sin matices?
Esos contenidos, simplemente, son los ideales que constituyen la base doctrinal del nuevo gobierno. Por ejemplo, que con la seguridad de las personas no se juega y que, por lo tanto corresponde reforzar nuestras instituciones policiales y de Fuerzas Armadas y dotarlas de todo el respaldo que requieran para cumplir bien con su función. También, que el desarrollo económico se logra liberando las fuerzas de la libertad y de la responsabilidad individuales para lo cual corresponde respaldar la propiedad privada, porque es sobre esa propiedad que se ejercen esa libertad y esa responsabilidad. Que el gasto público sea, en consecuencia, austero, de modo que el grueso de los recursos nacionales permanezca en manos de quienes saben hacerlos producir y crear empleos. Sólo así venceremos la pobreza y garantizaremos una mejor calidad de vida para los chilenos.
También, la necesidad de apoyar a la familia tradicional, formada sobre la base de un matrimonio de por vida entre un varón y una mujer, abierto a la procreación y que, como consecuencia, constituye el lugar privilegiado e insustituible para procurar la formación de las nuevas generaciones. No puede considerarse como normal que la autoridad del padre y de la madre en la educación de los hijos pueda ser sustituida por la de otros agentes. En este mismo sentido, es vital para la sociedad la protección de la vida de sus miembros, desde el momento en que son concebidos como tales hasta el momento de su muerte natural. Rechazo sin reserva, por lo tanto, a crímenes como el del aborto y el de la eutanasia.
En fin, sin querer alargar innecesariamente esta lista de contenidos, no puede dejar de mencionarse el principio de la lealtad a los fundamentos que inspiraron el pronunciamiento militar de 1973. La enseñanza de ese pronunciamiento es vital para orientar nuestro futuro: en esa oportunidad quedó en evidencia que no le basta a un gobierno alegar legitimidad de origen en la forma de adquirir el poder, sino que, además, debe exhibir una rigurosa legitimidad en el ejercicio de este. Con el poder político no se juega como intentaron hacerlo Salvador Allende y el grupo que lo rodeaba. Por el contrario, del ejercicio de ese poder se responde ante el país.
Sin duda, es este último punto el que más urticaria produce a los partidos de la actual oposición. Ellos quieren volver a esos años aciagos, como lo intentó hacer el régimen del anterior Presidente Gabriel Boric. Frente a ese intento, el recuerdo de lo sucedido en 1973 no puede perderse. En Chile, lo hemos de tener siempre presente.
Quienes ahora acusan a sus adversarios de ser “ultraderecha” sólo pretenden volver a un esquema comunista de la sociedad; es decir, marcado por la lucha de clases y por el antagonismo social y, por eso, la descalificación total de quienes se les alzan como adversarios, esto es, de quienes buscan la concordia entre los chilenos como el fundamento del progreso de la patria. Esto es lo que está en juego en el momento político que vive el país. No lo perdamos de vista.

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