La serie Adolescencia ha puesto sobre la mesa una realidad insoslayable: el submundo que rodea a las redes sociales cargado de misoginia y violencia de género. Un ecosistema que creímos habitado, ilusamente, por hombres adultos y que, sin embargo, hoy sabemos es seguido por millones de jóvenes adolescentes de todo el mundo. Un espacio virtual que le otorga a los jóvenes el tan deseado sentido de pertenencia y aceptación por parte de sus pares.
Una serie que, si bien es cierto no es un testimonio real, se inspira en hechos similares ocurridos en Inglaterra. Es una dura realidad que ha calado profundo en distintos países, con distintas realidades pero que tienen algo en común: las complejidades que trae la adolescencia.
La serie Adolescencia, a mi juicio, pareciera más bien una discusión elitista en comparación con lo que viven los adolescentes hoy en Chile. Después de todo, el protagonista cuenta con lo que se conoce como factores protectores del bienestar emocional. Asiste al colegio, vive dentro de un contexto familiar donde no se observa violencia intrafamiliar, ni abuso de drogas y otras sustancias. Lo cierto es que, tanto padres como profesores, y como muchos de nosotros también, desconocemos la magnitud de los factores de riesgo a lo que se exponen nuestros jóvenes a través del uso y abuso de las redes sociales.
Sin embargo, en nuestro país nos encontramos con problemáticas mucho más complejas y que afectan directamente los cimientos de una personalidad en construcción. Estudios indican que cerca de un 22,5% de los niños y adolescentes sufren de alguna patología asociada a la salud mental. La OMS estableció que los problemas psicológicos y trastornos psiquiátricos que se inician en la infancia y la adolescencia deben ser una prioridad para la salud pública en Chile (Estimaciones Mundiales de Salud de la OMS 2019, publicado en 2020). De acuerdo a la información entregada por SENDA en la Estrategia Nacional de Drogas 2021-2030, nuestros jóvenes adolescentes son los mayores consumidores de cocaína, marihuana, pasta base y tranquilizantes de las Américas. Otro factor de riesgo gravísimo es la inasistencia a los establecimientos educacionales.
Tenemos la combinación perfecta para detonar una bomba de tiempo combinando factores de riesgo como la salud mental, consumo de sustancias e inasistencia escolar. Si a esto le sumamos la ausencia de padres y madres que deben dejar a sus hijos solos debido a las extensas jornadas laborales ya que en su mayoría no cuentan con redes de apoyo, tenemos un universo de adolescentes altamente vulnerables. Sin un adulto significativo que los guíe, sus referentes se transforman en bandas de narcotráfico, crimen organizado, las redes sociales y el submundo de la manosfera. Un problema sistémico que debe ser abordado en su conjunto: el hogar, la familia, la escuela y las organizaciones deben actuar con urgencia. Estamos en presencia de jóvenes que viven a la deriva. Así lo evidencian los casos ocurridos estos últimos días. Bandas de jóvenes menores de 18 años capaces de asesinar a sangre fría.
La paradoja a la que nos enfrentamos es que nos asombramos con estupor del personaje de tan solo 13 años que asesina a una compañera de colegio, pero acá vivimos ejemplos incluso más duros que el de la serie.
Quiero rescatar lo que el guionista y actor de Adolescencia señala: se requiere de una tribu para criar un hijo. ¿Dónde está entonces nuestra tribu?

Las élites, sobre todo zurdos, pontifician de todas estas situaciones filmadas en Hollewood, lo que se viva en nuestras comunas vulnerables no los afectan ni conmueven, lucran de la ignorancia y dolor ajeno