La situación de la sanidad en Chile es crítica, pese a que el gasto público en Salud se ha duplicado durante la última década. Las políticas públicas recientes fueron diseñadas desde el llamado “segundo piso” del gobierno anterior, bajo el atractivo -aunque simplista- concepto de una “salud igualitaria para todos”. ¿Quién podría oponerse a un eslogan así? Sin embargo, tras esa consigna se impulsó un modelo que tendía a fortalecer el monopolio estatal a través de Fonasa, relegando al sector privado a un rol secundario.
Este escenario se agravó tras la controvertida sentencia de la Tercera Sala de la Corte Suprema, cuestionada en su momento por el Observatorio Judicial, en un contexto de sobrecarga de causas. No hubo liderazgo político capaz de corregir esta anomalía, lo que, en la práctica, terminó alineándose con la orientación del programa gubernamental de entonces.
Las consecuencias son dramáticas: se estima que cerca de treinta mil chilenos mueren cada año mientras esperan una atención especializada, una cirugía o un tratamiento oncológico. A esto se suma la demanda internacional que enfrenta Chile ante el CIADI, con elevados costos potenciales para el Estado.
Las causas de esta crisis son múltiples. En primer lugar, persiste una concepción de salud pública anclada en una visión estatal propia de mediados del siglo XX, que no ha sabido adaptarse a los avances en tecnología, gestión y economía. En segundo término, existió un problema jurídico que no se resolvió oportunamente: la falta de corrección del sistema de reajustabilidad del sector privado que derivó en la judicialización del sistema, iniciada con la resolución del Tribunal Constitucional de 2010 y culminada con el fallo de la Corte Suprema, cuya legitimidad ha sido ampliamente discutida. Finalmente, el factor político ha sido determinante, especialmente cuando se promueven reformas que buscan debilitar o eliminar el sistema privado.
¿Es posible avanzar en salud? Soy escéptico. Tal como ocurre en el sistema de justicia, existe un “establishment” que resiste cambios profundos, junto a gremios con gran capacidad de presión. Se requiere, como bien se ha dicho, una verdadera “ingeniería en salud”. También es legítimo preguntarse por el uso eficiente de los recursos públicos: estudios del Observatorio Fiscal indican que solo mejorando la gestión se podría ahorrar cerca de un 10% del gasto.
Los ejemplos de ineficiencia son numerosos: hospitales que no cumplen estándares sanitarios con inversiones sobre U$ 200 millones, compra de equipamiento de alto costo que no considera las remuneraciones de los operadores y permanece por años en bodegas, licitaciones con deficientes especificaciones técnicas que generan sobrecostos, y políticas comerciales que terminan trasladando los costos al Estado.
En el plano político, el actual “segundo piso” parece responder a una lógica que privilegia la renovación generacional por sobre la experiencia, con el objetivo de redefinir el mapa ideológico. Sin embargo, las sociedades que progresan son aquellas que logran equilibrar juventud y experiencia. La milenaria cultura china, por ejemplo, valora profundamente a sus mayores como fuente de sabiduría. En democracia, el progreso no se construye imponiendo visiones, sino integrando diferencias.
Si queremos avanzar en salud, es imprescindible estructurar una estrategia basada en tres ejes fundamentales:
Primero, una profunda modernización del sector público, incorporando tecnología, rediseñando la estructura del Ministerio de Salud y promoviendo un enfoque multidisciplinario que incluya ingeniería, arquitectura hospitalaria y planificación académica de los recursos humanos en salud.
Segundo, es necesario centrar el sistema en el paciente y no en el Estado. Como establece el juramento hipocrático, la prioridad es aliviar el sufrimiento y mejorar la salud de las personas.
Tercero, se debe fortalecer la educación y la prevención. Los problemas de salud no nacen en los hospitales, sino en el entorno social. Políticas que promuevan la nutrición, la medicina familiar, la actividad física y la salud mental son pilares esenciales de cualquier sistema sanitario moderno.
Me queda agradecer este espacio. Mejorar el sistema de salud es, muchas veces, una lucha quijotesca, especialmente cuando falta liderazgo político y voluntad de escuchar. Aun así, Chile merece un sistema de salud mejor. Esta causa tiene rostro: el de esa mujer humilde que espera atención en un hospital público.
Y como escribió Carlos Pezoa Véliz:
“Y nadie dijo nada…”
